Bath, la ciudad más bonita del Reino Unido

Una joya victoriana a menos de dos horas de Londres.

Noelia Ferreiro
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Elegante, señorial, exquisita, Bath es el epicentro de la arquitectura georgiana, una ciudad británica conocida por sus aguas termales y sus vestigios romanos, pero también por sus tiendas sofisticadas, sus refinados restaurantes y sus deliciosos rincones donde trasladarse al escenario de una novela romántica pero en versión contemporánea.

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Por todo ello esta metrópoli del suroeste de Inglaterra, declarada por la Unesco Patrimonio de la Humanidad, tiene fama de ser la más bella del Reino Unido. Algo imposible de contradecir a tenor de su estampa impecable, perfectamente conservada. Bath destila esplendor en sus mansiones palladianas, en su piedra de color miel y en el fotogénico puente sobre el río Avon, animado siempre por los transeúntes. Un irresistible encanto de postal por el que se ha ganado el título de ser, además, una de las ciudades más visitadas del país. 

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También Bath, con su halo de tiempo detenido, evoca el ambiente refinado de las novelas de Jane Austen, su hija predilecta, cuya estela se puede palpar por todos los rincones. Tanto que, incluso cada mes de septiembre, tiene lugar en sus calles un festival monográfico sobre la autora de Orgullo y Prejuicio. Literario también es el recorrido guiado que explora los lugares relacionados con Mary Shelley, que alumbró precisamente aquí su obra más universal: Frankenstein, de cuya publicación se ha cumplido este año el bicentenario. 

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Pequeña, coqueta, diseñada a la medida del hombre, a esta hermosa ciudad que fue, durante el siglo XVIII, el lugar de veraneo de moda entre los aristócratas, hay que descubrirla a pie, sin prisas, para deleitarse largo rato con sus tesoros arquitectónicos. Empezando por la Abadía, la última gran iglesia medieval levantada en Inglaterra, y después el Pump Room, un suntuoso restaurante del siglo XVIII que se jacta no solo de ofrecer magníficos tés sino también de servir las cenas más distinguidas del lugar, eso sí, para bolsillos desahogados. 

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El Theatre Royal y la plétora de museos que jalonan las callejuelas antiguas –Holburne, Museo de la Indumentaria, Museo del Trabajo de Bath, Sally Lunn’s Kitchen, Victoria Art Gallery, Royal Photographic Society...– proporcionan entretenimiento cultural antes de abordar The Royal Crescent y The Circus, las joyas de la corona. La primera es una suntuosa residencia con forma de curva elíptica y ecos cinematográficos. La segunda, una perfección circular de casas aristocráticas, cuyas placas rememoran a inquilinos tan ilustres como David Livingstone. 

Pero si algo sobresale en Bath es su complejo de termas del tiempo de los romanos. Las propiedades terapéuticas de sus aguas fueron, durante siglos, el secreto de su afluencia turística. Su balneario, en pleno corazón de la ciudad, fue reabierto hace un puñado de años con la novedad de una piscina al aire libre en el punto más alto. Este baño sobre los tejados, más allá de curar las dolencias, completa el recorrido histórico por los túneles, las cámaras y el pavimento que fueron erigidos, hace ya más de dos mil años, alrededor de un manantial sagrado. 

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Con ello sólo quedará recorrer la ciudad al atardecer, ya sin el trasiego incansable de los turistas, para admirar cómo los rayos del sol iluminan la piedra dorada y los músicos callejeros comienzan a entonar sus melodías a la orilla del río. En ese momento, más que nunca, Bath parecerá sacada de un cuento.