Théophile Gautier, la pasión por los viajes

El poeta y periodista francés fue uno de los escritores que más viajó en su tiempo. Amaba impregnarse de otras culturas y no necesitaba ninguna excusa para errar por el Mediterráneo y la Europa del siglo XIX.

Meritxell-Anfitrite Álvarez Mongay
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Foto: Maison de Balzac / Roger-Viollet

Théophile Gautier (1811-1872) visitó España en mayo de 1840. Apenas había salido de Francia antes de esta fecha –una breve escapada a Bélgica no cuenta–, pero desde entonces no tuvo otra cosa en la cabeza: reunir algo de dinero y partir adonde fuera.

El parnasiano nació en Tarbes; sin embargo, se trasladó a París cuando tenía tres años. “Viajo por viajar. (...) Fui a Constantinopla para ser musulmán a mis anchas; a Grecia, por el Partenón y Fidias; a Rusia, por la nieve, el caviar y el arte bizantino; a Egipto, por el Nilo y Cleopatra; a Nápoles, por el golfo y Pompeya; a Venecia, por San Marcos y el palacio de los Dogos..”. Como muchos de sus contemporáneos, se pasó la vida escribiendo y viajando; aunque, de hecho, iba para pintor, hasta que se mudó a la Place Royal nº 8 y tuvo como vecino a Víctor Hugo. La influencia del romántico fue tal que decantó su carrera hacia las letras: empezó escribiendo poemas, luego libretos y novelas; pero se ganaba el sueldo como crítico de arte y espectáculos, publicando artículos –miles de artículos– en revistas y diarios como aquel que le envió a cubrir la inauguración del Canal de Suez en 1869.

Italia la recorrió en 1850... Después Grecia... En Turquía aprendió a comer con los dedos y sin servilleta; en Granada se vistió de majo y se aficionó a las corridas... “No hablaré de mis excursiones fugaces a Inglaterra, Holanda, Alemania y Suiza...”. Nizhni Nóvgorod es lo más lejos que llegó. Sus múltiples peripecias viajeras las puso por escrito en trabajos periodísticos y en libros. “Si hubiera tenido fortuna, hubiera vivido siempre errante”. El trotamundos está enterrado en el cementerio de Montmartre.

Un voyage en Espagne apareció en 1843 bajo el título Tras los montes. El libro es una recopilación de los artículos que Gautier escribió durante los seis meses que estuvo recorriendo Castilla y Andalucía. La escapada se la propuso su amigo Eugène Piot, un coleccionista rico a quien el literato asesoraba cuando quería comprar obras de arte y libros antiguos. La Primera Guerra Carlista acababa de terminar y esperaban encontrar buenas gangas. “Hacía siete u ocho años que la Península estaba prácticamente cerrada y yo era el primer viajero que se atrevía a ir”. El texto a continuación hace referencia a su estancia en Córdoba.

Theophile-Gautier

“Sabemos dónde queremos ir, pero ignoramos cuándo, cómo, por qué camino llegaremos. Es inútil preocuparse por adelantado...”. Theophile Gautier

No conocíamos más que la galera de varas; nos faltaba conocer la galera de cuatro ruedas. Precisamente uno de estos hermosos vehículos iba a salir para Córdoba, casi lleno por una familia española. Este coche es un carrito bastante bajo, sin más fondo que un enrejado de estera, en el que van los equipajes, sin que nadie se preocupe mucho de sus ángulos y esquinas entrantes y salientes. Encima de todo ello echan dos o tres colchones, o, mejor dicho, dos sacos de tela donde existen algunos vellones de lana mal cardada, y sobre estos colchones se extienden atravesados los viajeros, en posturas bastante parecidas –y perdonad lo vulgar del ejemplo– a las de las reses que conducen al matadero.

La familia con la que hacíamos el viaje era la de un ingeniero muy instruido y que hablaba perfectamente el francés. Les acompañaba un antiguo bandido, de extraña fisonomía, que estuvo en la cuadrilla de José María y que a la sazón era guardián de minas. Este individuo seguía la galera a caballo, con el puñal en la faja y la carabina en el arzón de la silla. El ingeniero le prestaba mucha atención; elogiaba su honradez, a pesar de su antiguo oficio, cuyo recuerdo no le inspiraba al ingeniero inquietud alguna. Bien es cierto que al referirse a José María me dijo varias veces que era un hombre valeroso y honorable. Esta opinión, que me pareció un tanto paradójica tratándose de un salteador de caminos, es muy corriente en Andalucía entre las gentes más distinguidas. Al anochecer hicimos un alto de varias horas en un caserío de tres o cuatro casas, para que el ganado descansase y poder nosotros tomar algún alimento. En el patio de la posada me llamaron la atención unos cuadros muy toscos, pero muy espontáneos, que representaban corridas de toros con una sencillez de primitivo. Debajo de las pintadas se leían coplas en honor a Paquiro Montes y su cuadrilla. El nombre de Montes es tan popular en Andalucía como en nuestro país lo es el de Napoleón.

Aleccionados por el hambre que pasamos la víspera compramos algunos comestibles, entre ellos un jamón, que nuestro hostalero nos hizo pagar a precio extraordinario. Por mucho que se hable de los salteadores de caminos, no es en el camino donde está el peligro, sino al borde de él: en la posada. Allí es donde os despojan a mansalva, sin que podáis recurrir a las armas y darle un tiro al posadero que os presenta la cuenta. Los bandidos son dignos de compasión; sus competidores, los hostaleros, no les dejan nada, pues les entregan ya a los viajeros como limones exprimidos. Después de la siesta volvimos a la galera. La comarca que atravesamos no tenía nada de pintoresca, a pesar de su salvajismo: torrentes pedregosos, olivares polvorientos, laderas agrietadas y barrancos de yeso, algunas matas blanqueadas por el calor, huellas de culebras y víboras por el camino y, sobre todo esto, un cielo abrasador, como el techo de una caldera, sin el menor soplo de aire ni la más pequeña agitación en la atmósfera. […]

La distancia que tuvimos que recorrer para llegar a Córdoba fue de unas veinte leguas españolas, que vienen a ser treinta francesas. El viaje fue lento y tan penoso, que nos dejó un magnífico recuerdo. No cabe duda que la rapidez excesiva en los medios de comunicación quita todo el encanto al camino. Se va como arrastrado por un torbellino, sin poder detenerse a ver nada. Para llegar enseguida de un punto a otro más vale quedarse en casa. Para mí el placer de viajar consiste en ir, no en llegar.

David Roberts

Un puente sobre el Guadalviquir, bastante ancho en aquella parte, sirve de entrada a Córdoba por el lado de Écija. El aspecto de Córdoba es más africano que el de las demás poblaciones de Andalucía. Allí se anda por entre interminables tapias blancas, sin apenas rejas ni balcones, y únicamente podemos esperar encontrarnos de vez en cuando con algún mendigo, alguna beata o algún majo que pasa rápidamente sobre su caballo enjaezado de blanco y arrancando chispas a las piedras del pavimento. […]

El exterior de la catedral nos sedujo poco, y creímos sufrir un desencanto a pesar de los versos de alabanza que le dedicó Víctor Hugo. En tiempos de Abderramán, si hemos de creer a los historiadores, Córdoba contaba con 200.000 casas, 80.000 palacios y 900 baños, teniendo como arrabales 1.200 pueblos. Ahora sus habitantes no llegan a 40.000 y la ciudad parece desierta. Fue entonces cuando empezó a construirse la Mezquita de Córdoba, hacia fines del siglo VIII, quedando terminada a principios del IX. El edificio tiene siete puertas. Al entrar nos encontramos con el Patio de los Naranjos, que es soberbio, con naranjos contemporáneos de los moros; todo el espacio está rodeado de galerías con arcos, enlosadas de mármol, y a un lado se yergue un campanario poco interesante. Bajo el suelo de este patio parece que hay, según afirman, una inmensa cisterna. La impresión que se experimenta al entrar en aquel viejo templo del islamismo es indescriptible y no se parece en nada a las demás emociones que nos produce la arquitectura.