Púlpito y mito

Los turistas preguntaban por el púlpito de Orson Welles en la Capilla de los Marineros. Hubo que fabricar una réplica.

Javier Reverte
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Foto: Raquel Aparicio

"En invierno me marcho al sur", escribía el poeta y Premio Nobel angloamericano T.S. Eliot en su legendario libro La tierra baldía. Y la verdad es que son muchos, entre aquellos que tienen el bolsillo hondo para afrontarlo, que gustan en invierno de irse a territorios meridionales. Sin embargo, yo le daría la vuelta a la elección y señalaría, vistas las asfixiantes olas de calor que nos acometen en los temibles estíos, que en verano me gusta irme al norte, pues en agosto disfruto mucho más durmiendo con una manta ligera por las noches, al pie de una montaña boscosa, que admirando los top-less que se exhiben en las playas. Reconozco que son muchos los escritores a los que les tienta, como a Eliot, bajar el sur en tiempo invernal. El novelista neoyorquino Herman Melville escribía al inicio de su monumental Moby Dick que Ismael, el protagonista de su novela, sentía unas enormes ganas de partir rumbo a mares tropicales todos los meses de noviembre, cuando notaba que se detenía mucho más tiempo de lo debido ante los escaparates de las tiendas de ataúdes y que sentía deseos de quitarles el sombrero de un golpe a los transeúntes con los que se cruzaba. De modo que se embarcó en el Pequod en busca de la ballena blanca y vivió una de las más imponentes aventuras de todos los tiempos.

A mí, que soy un mitómano, siempre me encandiló la historia de la ballena y, de ese modo, partí un mes de noviembre de hace unos años hacia New Bedford y la isla de Nantucket, los escenarios en donde se inicia la novela de Melville. No soy yo el único que lo ha hecho, desde luego. Por ejemplo, por allí anduvo –y creo que vive en la isla– Nathaniel Philbrick, el autor del libro El corazón del mar, en cuyo trabajo se basó la película del mismo nombre. Y también recuerdo un artículo publicado hace unos meses del director de esta revista, Mariano López, sobre su visita a New Bedford, en donde recordaba la Capilla de los Marineros (Seamen’s Bethel), que cita Melville en su libro y que aún sigue en pie en la localidad. Pero ni Philbrick ni López repararon en un detalle muy peculiar de la capilla: su púlpito. Tiene la forma del castillo de proa de un buque, con airosa quilla y mascarón, y se asciende a lo alto por una escalerilla interior y la ayuda de una soga. Desde allí, en la película Moby Dick de John Huston –todo un clásico–, un majestuoso y profético Orson Welles lanza su sermón sobre Leviatán y Jonás, en una de las escenas más brillantes del filme.

Naturalmente, como a cualquiera, el asunto me asombró. ¿Un castillo de proa convertido en estrado religioso? Por fortuna, el día de mi visita andaba por allí el párroco del templo y, después de tirar algunas fotografías a la altiva proa, le pregunté si era un ingenio original de los días de Melville. Se rió con ganas y respondió:

-No. Lo que sucede es que los turistas venían a visitar la capilla y preguntaban por el púlpito de Orson Welles. Así que hubo que fabricar una réplica para contentarles. Y no imagina la cantidad de fotos que se hacen aquí cada año y los jugosos donativos que nos quedan.

A mi alrededor, varios visitantes disparaban sus cámaras sobre el mítico estrado. Y nadie hacía caso de las losas de mármol, que, en las paredes del templo, recordaban a los verdaderos marineros muertos hace casi un siglo, cuando los mares estaban llenos de ballenas y reinaba Moby Dick.