Fronteras

Las fronteras son lugares antipáticos e inquietantes. Burlan la naturaleza libre de nuestras almas.

Javier Reverte
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Foto: Raquel Aparicio

Las fronteras han sido, y son a menudo, lugares antipáticos, y casi siempre inquietantes. No me gustan, como tampoco me gustan los pasaportes. Ambos burlan la naturaleza libre de nuestras almas; las primeras porque detienen el movimiento natural de los seres humanos, y los segundos porque certifican nuestra diferencia con los otros, con los no nacidos a nuestra vera. La Historia ha sido casi siempre cruel cuando ha alzado murallas –en cierta forma, la frontera es un vallado– y en estos días estamos escandalizados de ver fotografías de tantas gentes que son detenidas ante alambradas y fosos que marcan la raya a partir de la cual se extiende otro país. En cuanto al pasaporte, también podemos verlo como una suerte de muro de papel.

Cuando yo crecía en mi juventud bajo el sistema franquista, los pasaportes incluían una lista de países a los que estaba prohibido viajar, todos ellos de la órbita comunista. Era una majadería muy propia de aquel régimen, ya que quien tenía que vetarte la entrada no era tu país sino aquel en el que podías pretender entrar. Recuerdo que aquella estupidez desapareció a finales, más o menos, de los años 60 del pasado siglo, cuando ya se concedían visados para el Este europeo. Y no he olvidado tampoco el rostro adusto de los agentes de aduana de los países de régimen comunista, los que se ocultaban tras el conocido entonces como telón de acero: su manera de observarte, de mirarte a los ojos, de estudiar con detalle tus rasgos faciales... Te hacían sentirte un criminal y se te quitaban casi por completo las ganas de visitar su tierra. Viajando entre España y Hungría, por ejemplo, ibas desde la última frontera alemana de dictadura a dictadura. Como decía así un viejo amigo mío de aquel tiempo: “Me cisco en la diferencia”.

Los sobornos existían, por fortuna. Una vez, ya periodista, viajando en coche al Este de Europa con mi viejo y añorado amigo Manu Leguineche, hubo que pasarle 20 dólares a un aduanero polaco porque Manu se confundió y, al entregarle su pasaporte, le dio uno en que no estaba recogido el sello del visado. Por aquel tiempo, los periodistas teníamos dos pasaportes, porque había países en donde no te dejaban entrar si había sido sellado antes en otro considerado enemigo (Israel y las naciones árabes, entre otras). Y había diferentes formas, no demasiado sutiles, de burlar las restricciones de las fronteras. Si ibas a Argelia en avión, por ejemplo, ya sabías que los agentes de aduana iban a registrar a fondo tu equipaje, por la cuestión de establecer claramente su autoridad sobre un periodista occidental. Pero existía una manera infalible de evitarlo. Consistía en colocar, encima del resto del contenido de tu equipaje, una revista Interviú o de parecido jaez con la portada bien a la vista. Como la publicación era considerada pornográfica y la pornografía estaba perseguida por las estrictas leyes del país, el aduanero la confiscaba por el sistema de rasgar levemente un borde en un extremo del ejemplar, guardándola en un cajón a mano. Y ahí concluía la inspección de la maleta.

Hoy las fronteras son a menudo un purgatorio. Y aunque los sistemas de control de los documentos se han informatizado y los trámites son en teoría más ligeros, los registros resultan muchísimo más minuciosos. Las maletas que embarcas se escanean, las de mano lo mismo, los líquidos envasados tienen un límite que creo recordar es de 100 mililitros y hay que desprenderse de chaquetas, ordenadores, botas si las llevas y cinturones.

Por fortuna, por ahora nadie te controla las muelas postizas. Pero al tiempo.