La estación de metro más bonita del mundo

Se llama Toledo, está en Nápoles y es un auténtico museo subterráneo con obras de prestigiosos artistas mundiales.

Noelia Ferreiro
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Stendhal lo dejó claro en uno de sus apuntes viajeros: “No olvidaré jamás la Vía Toledo ni todos los otros barrios de Nápoles”. Poco imaginaba el autor más sensibilizado con la belleza que, siglos después, bajo esa misma calle que tanto le había marcado, se abriría un espectáculo visual único, seguramente capaz de potenciar su síndrome.

La estación de Toledo viene a hacer literal la definición de arte underground en esta ciudad italiana tan caótica como hermosa. Porque esta parada de la línea 1 del metropolitano es un auténtico museo a 50 metros de profundidad. No en vano, el diario británico The Daily Telegraph la ha encumbrado recientemente como “la estación más bonita del mundo”.

Inaugurada en el año 2012, se trata de uno de los accesos a los Barrios Españoles (Quartieri Spagnoli), el distrito más popular, donde se condensa la más auténtica esencia napolitana: la ropa tendida, las calles laberínticas, las motorinos que se cruzan anárquicas… todo muy al estilo neorrealista, como una película de los años 50.

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Bajo tierra, sin embargo, todo cambia de repente. Nada de ruido, nada de caos y, a cambio, todo un torrente de ingenio, toda una explosión de arte. Empezando por la salida Montecalvario, con un inmenso cráter que conecta el nivel de la calle con el hall que da paso a las profundidades. Aquí, iluminado con luz natural que se vierte desde la claraboya, el transeúnte se encuentra con un paisaje marino compuesto por miles de mosaicos de Bisazza que revisten las paredes en una degradación de azules. Un diseño que tiene autoría española: la del arquitecto Oscar Tusquets Blanca, que lo ideó como una representación del movimiento del mar, con el que dieron las excavaciones al perforar la tierra. Y que, además, queda perfectamente integrado con los restos de una muralla del periodo aragonés que también fueron encontrados en las entrañas.

Pero si descender por las escaleras mecánicas como quien desciende al fondo de los océanos es una experiencia onírica, igual de gratificante resulta acceder al metro por su segunda entrada. Aquí encontramos Engiadina, un gigantesco panel de cerámica de Francesco Clemente, y pocos pasos más adelante la colorida obra El Vuelo, del matrimonio formado por Ilya y Emilia Kabakov.

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Pero con esto no acaba todo. En esta suerte de exposición subterránea como si de una prestigiosa pinacoteca se tratara, también aparece la serie de Shirin Neshat con fotos de Luciano Romano, que lleva por título una curiosa sentencia: El teatro es vida. La vida es teatro. No preguntes dónde se ha ido el amor. Y en un largo pasillo, mientras se salva la distancia sobre una pasarela mecánica, el viajero puede entretenerse con los múltiples rostros de Oliviero Toscani en su pieza Razza Humana. Dicen que son rostros de la gente corriente napolitana.

La de Toledo no es la única estación de la ciudad agraciada con diseño especial. En realidad forma parte del programa Estaciones de Arte, encargado a arquitectos de renombre tanto locales como internacionales. Así, mientras en Vanvitelli hallamos las luces de neón de Mario Merz, en Dante sorprende una inquietante instalación de zapatos de Jannis Kounellis. Y ello por no citar la estación Municipio, alumbrada por Alvaro Siza y Eduardo Souto de Mura, que incluye su propio museo. ¿Hay alguna manera más bonita y estimulante de emprender el camino al trabajo?

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