Cristóbal Colón, almirante de la Mar Océana

El navegante fue un emprendedor obstinado que imaginó rumbos nuevos y se dejó llevar por los alisios hacia un destino incierto. Hace 525 años ensanchó el mundo sin pretenderlo en la mayor aventura de todos los tiempos.

Meritxell-Anfitrite Álvarez Mongay
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Foto: Viajar

Su plan era tan descabellado como genial: llegar a Oriente en dirección opuesta, largando velas hacia el oeste por la desconocida Mar Océana; solo que calculó mal la circunferencia de la Tierra y por el camino se encontró –más que descubrió– América. Cristóbal Colón tenía amplia experiencia a bordo: “De muy pequeña edad entré en la mar navegando, y lo he continuado hasta hoy. El propio oficio inclina a quien lo prosigue a desear conocer los secretos de este mundo…”. Del Mediterráneo a la costa occidental de África; pudo haber llegado hasta Islandia, acompañando a flotas comerciales como corsario-escolta. Muchos sospechan que nació en Génova; la fecha no se sabe con certeza; igual de dudosa es su ascendencia: aunque nunca lo reveló, se cree que su padre era un tejedor. Él ejerció de cartógrafo.

El mapa de Toscanelli lo hinchió de intuición para llevar a cabo su propósito; allende la lectura de los clásicos y de Marco Polo. Tardó en conseguir financiación; al final se la otorgaron los Reyes Católicos, aunque el Almirante tuvo que apoquinar buena parte para que el trío de carabelas zarpara de Palos de la Frontera, a tres días del mes de agosto de 1492. Fue un desengaño no encontrar al Gran Kan en las Bahamas, convencido como estaba de que Cuba era Cipango y de que regresaría cargado de oro. El negocio se torció cuando perdió el monopolio de exploración y le cesaron de gobernador por déspota y mal gestor.

Litigó por recuperar las mercedes regias para sus hijos –uno era legítimo, otro bastardo–; hasta que en 1506 murió en Valladolid aquejado de artritis, sin completar el proyecto de su vida: desembarcar en la codiciada India (la genuina).

Viajar

La bitácora que Colón escribió en el primero de sus cuatro viajes constituye el primer registro de un mundo nuevo y extraño para los europeos. “En toda esta comarca hay montañas altísimas que parecen llegar al cielo, que la de la isla de Tenerife parece nada en comparación de ellas en altura y en hermosura, y todas son verdes, llenas de arboledas que es una cosa de maravilla”. El diario original se perdió; el texto a continuación es una versión de fray Bartolomé de las Casas publicada por la editorial Verbum, y hace referencia a la jornada en que avistaron tierra tras 33 días de singladura por el Mar Tenebroso.

"Crean Vuestras Altezas que es esta tierra la mejor y más fértil y temperada y llana y buena que haya en el mundo"

Y porque la carabela Pinta era más velera e iba delante del Almirante, halló tierra e hizo las señas que el Almirante había mandado. Esta tierra vio primero un marinero que se decía Rodrigo de Triana; puesto que el Almirante, a las diez de la noche, estando en el castillo de popa, vio lumbre, aunque fue cosa tan cerrada que no quiso afirmar que fuese tierra; pero llamó a Pero Gutiérrez, repostero de estrados del Rey, y díjole que parecía lumbre, que mirase él, y así lo hizo y viola; díjole también a Rodrigo Sánchez de Segovia, que el Rey y la Reina enviaban en el armada por veedor, el cual no vio nada porque no estaba en lugar do la pudiese ver. Después de que el Almirante lo dijo, se vio una vez o dos, y era como una candelilla de cera que se alzaba y levantaba, lo cual a pocos pareciera ser indicio de tierra. Pero el Almirante tuvo por cierto estar junto a la tierra. Por lo cual, cuando dijeron la Salve, que la acostumbraban decir y cantar a su manera todos los marineros y se hallan todos, rogó y amonestólos el Almirante que hiciesen buena guarda al castillo de proa, y mirasen bien por la tierra, y que al que le dijese primero que veía tierra le daría luego un jubón de seda, sin las otras mercedes que los Reyes habían prometido, que eran diez mil maravedís de juro a quien primero la viese.

A las dos horas después de media noche pareció la tierra de la cual estarían dos leguas. Amañaron todas las velas y quedaron con el treo, que es la vela grande sin bonetas, y pusiéronse a la corda, temporizando hasta el día viernes, que llegaron a una islita de los Lucayos, que se llamaba en lengua de indios Guanahaní. Luego vinieron gente desnuda, y el Almirante salió a tierra en la barca armada, y Martín Alonso Pinzón y Vicente Yáñez, su hermano, que era capitán de La Niña. […]

El Almirante llamó a los dos capitanes y a los demás que saltaron en tierra, y a Rodrigo de Escobedo, escribano de toda el armada, y a Rodrigo Sánchez de Segovia, y dijo que le diesen por fe y testimonio cómo él por ante todos tomaba, como de hecho tomó, posesión de la dicha isla por el Rey y por la Reina sus señores, haciendo las protestaciones que se requerían, como más largo se contiene en los testimonios que allí se hicieron por escrito. Luego se ajuntó allí mucha gente de la isla. Esto que se sigue son palabras formales del Almirante, en su libro de su primera navegación y descubrimiento de estas Indias.

Viajar

Yo –dice él–, porque nos tuviesen mucha amistad, porque conocí que era gente que mejor se libraría y convertiría a nuestra Santa Fe con amor que no por fuerza, les di a algunos de ellos unos bonetes colorados y unas cuentas de vidrio que se ponían al pescuezo, y otras cosas muchas de poco valor, con que hubieron mucho placer y quedaron tanto nuestros que era maravilla. Los cuales después venían a las barcas de los navíos adonde nos estábamos, nadando, y nos traían papagayos e hilo de algodón en ovillos y azagayas y otras cosas muchas, y nos las trocaban por otras cosas que nos les dábamos, como cuentecillas de vidrio y cascabeles. En fin, todo tomaban y daban de aquello que tenían de buena voluntad. Mas me pareció que era gente muy pobre de todo. Ellos andan todos desnudos como su madre los parió, y también las mujeres, aunque no vi más de una harto moza. Y todos los que yo vi eran todos mancebos, que ninguno vi de edad de más de treinta años: muy bien hechos, de muy hermosos cuerpos y muy buenas caras: los cabellos gruesos casi como sedas de cola de caballo, y cortos: los cabellos traen por encima de las cejas, salvo unos pocos detrás que traen largos, que jamás cortan. De ellos se pintan de prieto, y ellos son de la color de los canarios, ni negros ni blancos, y de ellos se pintan de blanco, y de ellos de colorado, y de ellos de lo que hallan, y de ellos se pintan las caras, y de ellos todo el cuerpo, y de ellos solos los ojos, y de ellos solo el nariz. Ellos no traen armas ni las conocen, porque les mostré espadas y las tomaban por el filo y se cortaban con ignorancia. No tienen algún hierro: sus azagayas son unas varas sin hierro, y algunas de ellas tienen al cabo un diente de pez, y otras de otras cosas. Ellos todos a una mano. Son de buena estatura, de grandeza y buenos gestos, bien hechos. Yo vi algunos que tenían señales de heridas en sus cuerpos, y les hice señas qué era aquello, y ellos me mostraron cómo allí venían gente de otras islas que estaban cerca y les querían tomar y se defendían. Y yo creí y creo que aquí vienen de tierra firme a tomarlos por cautivos. Ellos deben ser buenos servidores y de buen ingenio, que veo que muy presto dicen todo lo que les decía, y creo que ligeramente se harían cristianos; que me pareció que ninguna secta tenían. Yo, placiendo a Nuestro Señor, llevaré de aquí al tiempo de mi partida seis a Vuestras Altezas para que aprendan a hablar. Ninguna bestia de ninguna manera vi, salvo papagayos, en esta isla”. Todas son palabras del Almirante.