24 horas en Granada

Una ruta de una día por Granada en la única compañía que uno mismo. ¡Qué lujo!

Carolina Oubernell
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Foto: ISTOCK

Granada es una de las ciudades más bellas de España. O quizá nos quedemos cortos: Quizá sea, bien pensado, una de las ciudades más bellas del mundo. Una cree no exagerar cuando desde bien temprano, cuando el sol despunta de entre las cumbres de Sierra Nevada, las montañas más altas de la península, asiste al inenarrable espectáculo de ver despertar a la Alhambra desde el mirador de San Nicolás, que a esta hora está silencioso y solitario.

He querido comenzar mi día en Granada de un modo diferente a cómo lo hace el resto de viajeros y turistas que llegan hasta aquí. Contemplar la Alhambra en el instante que despunta el alba tiene algo de mágico y revelador. Tanta belleza me deja hambrienta y decido desayunar en alguno de los bares que a primera hora de la mañana abren en plaza Larga, el corazón del Albayzín alto, donde hay una animación incesante de vecinos que van y vienen por las tiendas del barrio y los puestos de ultramarinos.

Barrio del Albaycín. | ISTOCK

Lo mejor de Granada es dejarse vencer por su belleza y pasear sin rumbo por los  barrios más simbólicos de la ciudad. El Albayzín es blanco y está tapizado de cármenes que esconden deliciosos jardines con vistas inesperadas a la colina de la Alhambra. La Carrera del Darro divide el Albayzín del Sacromonte, el otro barrio más famoso de la ciudad, conocido por sus casas cuevas y sus zambras, fiestas flamencas que la población gitana celebra a la caída de la noche y que nunca terminan antes de la medianoche. Hay, por cierto, un sendero que trepa hasta la ermita de San Miguel Alto. Es la vista más bella de toda Granada. Pero hay que tener paciencia y pulmones hasta subir aquí. Eso sí: el esfuerzo habrá merecido la pena.

A media mañana necesito un segundo café y decido poner rumbo al paseo de los Tristes. Es la deliciosa plaza a los pies del Albayzín y a orillas del río Darro. Desde aquí la Alhambra se muestra imponente, oculta entre el bosque de altas copas que tapiza la colina roja. Desciendo luego por la Carrera del Darro, flanqueada de palacios barrocos y hoteles con encanto donde reservo habitación para la noche. De plaza Nueva, ese rectángulo irregular al que asoma la Real Chancillería y que evoca las ágoras romanas, parte la Cuesta de Gomérez que conduce hasta la Puerta de las Granadas. Ya estoy en la Alhambra. Entro por la Puerta de la Justicia, visito el palacio de Carlos V y sus dos museos y hago cola antes de penetrar a los palacios de Comares y de los Leones, las residencia de los sultanes nazaríes donde se resume la quintaesencia de los ocho siglos de presencia hispanomusulmana en la península ibérica.

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El Generalife es la última parte de la visita y salgo de sus jardines reales a la hora del almuerzo. Decido entonces bajar hasta el barrio del Realejo por las calles en cuesta que descienden próximas al Carmen Blanco, la sede de la Fundación Rodríguez Acosta que siempre presume de exposiciones interesantes. En el Campo del Príncipe, frente a la Escuela de Arquitectura, hay decenas de restaurantes y sugerentes terrazas donde pedir una colorista ensalada elaborada con frutos y verduras de la Costa Tropical y pescaíto frito de aquel litoral.

La tarde la tomaré con más calma. El Realejo merece un paseo tranquilo. Visito la Casa de los Tiros, en la calle Pavaneras, donde un sello en piedra incrustado en la fachada recuerda que ‘El corazón manda’. La Casa de los Tiros es un museo de la ciudad y de su historia. Salgo de ella con ganas de hallar la inspiración que decenas y decenas de viajeros románticos encontraron aquí. En la plaza de Isabel la Católica está la escultura en bronce cincelada por Mariano Benlliure evoca el momento en que la reina recibe a Cristóbal Colón en Granada y le dice sí a su empresa descubridora. Y con solo poner un pie en la Gran Vía, en la perpendicular y bella calle Oficios, aguardan mis próximas dos visitas: la Catedral y el Centro José Guerrero.

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La primera es la gran apuesta de los reyes católicos tras la conquista de la ciudad el 2 de enero de 1492. En la Capilla Real están enterrados Isabel y Fernando, y su hija Juana la Loca y el esposo Felipe el Hermoso. La Catedral es una soberbia fábrica renacentista, diseñada por Diego de Siloé, con techos de un paradójico estilo gótico y una única sólida torre campanario inconclusa cuya figura cúbica es como un faro en mitad de la ciudad cristiana.

El Centro José Guerrero es otra cosa. Es una suerte de deliciosa caja de cerillas frente a la Capilla Real y la Lonja de Mercaderes que acoge la obra del pintor granadino, adscrito al expresionismo abstracto. Aquí se expone lo mejor de su obra, fechada en la segunda mitad del pasado siglo, y sus brochazos rojos y envalentonados son una metáfora maravillosa de la pasión que despierta esta ciudad.

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Ha caído la tarde y es hora de cenar. Y en compañía de algunas amistades que he hecho este largo día nos encaminamos hacia la plaza de las Romanillas donde abre sus puertas el Centro Federico García Lorca, que acoge el legado de uno de los mayores poetas españoles de todos los tiempos. En las Romanillas hay tabernas y restaurantes para todos los gustos. Pero como el tiempo es grato y la noche fresca decidimos tapear en una de las muchas terrazas que rodean el ágora. Es medianoche y me proponen tomar la última copa en los pubs del centro. No sé decir no. Pero a una hora prudencial decido retirarme a mi hotel. Camino sola por una plaza Nueva casi desértica y una Carrera del Darro que reverbera el sonido del agua en el lecho del río. Antes de entrar en el hotel decido echar un último vistazo a la Alhambra desde el paseo de los Tristes. Lo tengo decidido: Mañana volveré a despertarme temprano para ver amanecer desde la plaza de San Nicolás. Quién sabe si no prolongo un par de días más mi estancia aquí…