Tokio: dónde confundirse con las mareas humanas

Frenética, obsesiva, hipermoderna, la capital nipona es capaz de engullir las más tremendas aglomeraciones, pero siempre de manera ordenada, como manda el civismo japonés.

Noelia Ferreiro
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Foto: Nikada / GETTY

Puede parecer un caos hiperurbano, pero en realidad esconde una maquinaria bien engrasada donde todo encaja a la perfección. Así es Tokio, la ciudad que combina la vanguardia tecnológica con los destellos de una cultura ancestral, el consumismo feroz con el orgulloso latido imperial. Y en la que se mueve gente, gente y más gente, pero sin que esto ocasione una vorágine.

Cruce de Shibuya, muchedumbre perfecta

Bienvenidos a una de las escenas más famosas de la ciudad, repetida incansablemente todos los días del año. Se trata del cruce de Shibuya, un paso de cebra en forma de cruz que permite el paso exclusivo de los peatones en cualquiera de las direcciones posibles. Lo que se llama un scramble crossing. Dicen que es la intersección por la que más personas pasan al día en todo el mundo: más de un millón de viandantes. Pero lo sorprendente es que lo hacen en ordenada muchedumbre, sin descuidar el espacio vital. Una aglomeración robótica que avanza sincronizadamente, hacia delante o en diagonal, rauda y a paso firme, pero sin choques ni empujones. Por encima de ellos, el parpadeo de los semáforos, el desquicio de los neones y el estridente rugido de cinco pantallas gigantescas que compiten en vomitar publicidad.

Yongyuan Dai / GETTY

Akihabara, electrónica y manga

Es uno de los barrios más conocidos por ser el centro de la electrónica del país. Y también por su locura de ruidos y destellos de luces de colores: carteles estridentes, letreros abigarrados, altavoces que no escatiman en decibelios y, por si fuera poco, en cada tienda, un hombre-mujer anuncio subido sobre una escalera y cantando desde un megáfono las virtudes de sus productos. Una curiosa forma de atraer clientes en un barrio donde el consumo salvaje y acelerado es la marca de la casa. En Akihabara todo fluye a un ritmo desenfrenado, como la propia electrónica de la que se nutren los miles y miles de comercios que se dedican a su venta masiva: cámaras digitales, vídeos, computadoras, robots... pero también toda clase de placas, cables, chips y demás objetos relacionados con la tecnología. Pero también, en los últimos tiempos, este distrito se ha convertido en la gran meca de la cultura otaku. Cómic, películas, juegos, disfraces, muñecos, camisetas... todo lo concerniente al manga, ese invento cien por cien japonés.

Roppongi Hills, modernidad de artificio

Otras mareas humanas también se hallan es esta miniciudad futurista que, como en un fichero zip, comprime trabajo, ocio y hogar. Todo en un mismo espacio, a un tiro de piedra, en lo que supuso un experimento novedoso que serviría para incrementar -o no- el tiempo libre, y con ello la calidad de vida. El constructor Mori Minoru tardó 17 años en levantarlo. ¿Pero qué es exactamente? Una ciudad dentro de la ciudad, es decir, un complejo arquitectónico que concentra espacios de oficinas, departamentos residenciales de lujo, cafés, restaurantes, salas de cine abiertas las 24 horas los fines de semana, un hotel, un estudio de televisión, un anfiteatro al aire libre, varios parques y un museo, el Mori -en la planta 53 de la torre del mismo nombre-, donde, además de interesantes exposiciones sobre arte contemporáneo, se puede asistir a la impresionante panorámica de la ciudad que proporciona el mirador Tokio City. También, por la noche, es uno de los rincones más marchosos, plagado de infinitos locales que enloquecen de gente joven.