Sídney es espectacular

Arquitectura de vanguardia, barrios multiculturales y soleadas playas salpicadas de tablas de surf. La ciudad más grande de Australia es una combinación perfecta de placer y sofisticación, una urbe que vive de cara al mar al abrigo de sus mil bahías.

Noelia Ferreiro

Su relación de amor con la naturaleza, su culto al sol y su clima benévolo le llevaron a colocarse de cara al mar para erigirse en uno de los entramados urbanos más modernos y cosmopolitas del mundo. Atrevida, hedonista, extravagante, Sídney es la vanguardia de las antípodas, la ciudad que mejor ha sabido conjugar la sofisticación de una megalópolis con un ritmo de vida alegre y desenfadado, una sensación de perpetuas vacaciones. De esta simbiosis perfecta nació una urbe excéntrica como ninguna, con una población capaz de devorar con fruición la más alta cultura, pero también de rendir un exigente culto al cuerpo que hace del deporte su religión. Será por eso por lo que Sídney se cuela cada año entre los primeros puestos de las ciudades con mayor calidad de vida.

Cimentada con la llegada de inmigrantes procedentes de todo el mundo, la multiculturalidad es tal vez su faceta más reconocible, la misma que hace que en una misma calle se pueda degustar un humeante capuchino, disfrutar de un auténtico kebab libanés o darse un atracón de sushi. La ciudad más grande de Australia tiene a veces un toque europeo, con sus coquetos cafés y sus terrazas de verano; otras recuerda a Estados Unidos, con su frenético downtown y sus barrios residenciales de casas bajas con jardín; y otras tantas no puede ocultar la exótica influencia que le llega de Asia, especialmente en los restaurantes tailandeses, vietnamitas, malayos... que se suceden en sus barrios de moda. Eso y, por supuesto, las playas, que marcan el ritmo de la vida local y dibujan con su brillo diario su imagen más arquetípica. Porque Sídney es también lo que se espera de ella: las tablas de surf cabalgando sobre las olas, los implacables rayos de sol y los esculturales cuerpos bronceados que abrazan esa filosofía despreocupada de contacto íntimo con el mar. No es raro encontrarse con ejecutivos descalzos que hacen un alto en su jornada laboral para escaparse un rato a la playa a surfear.

La huella de los convictos

Capital del Estado de Nueva Gales del Sur, Sídney, que tiene una extensión veinte veces más grande que la de Madrid y apenas los mismos habitantes (su densidad de población es una de las más reducidas del planeta), es, sin embargo, la ciudad australiana más poblada. Y aunque nada parezca indicarlo, es también la más antigua y la primera que asistió sin remedio al asentamiento de los convictos ingleses e irlandeses que, junto con sus guardianes, llegaron desde la remota Gran Bretaña en 1778. Allí donde reinaba el hogar ancestral de los eora, una comunidad aborigen entregada a la pesca, la caza y la recolección, llegaron en barco los primeros habitantes blancos para resolver así los problemas de hacinamiento que se daban en los penales británicos. De aquello tan solo queda una huella en The Rocks, el barrio con más solera. Un conjunto de callejones, plazas y casitas de piedra arenisca, que fue el epicentro de la vida portuaria cuando se instalaron los europeos, y que hoy es una de las zonas más turísticas y está plagada de pubs, cafés e incongruentes tiendas de souvenirs donde se venden peluches de koalas y llaveros con forma de bumerán.

Por suerte, la Sídney de hoy nada tiene que ver con sus orígenes carceleros. Y además del agradable desahogo que permite su población dispersa (rara vez se perciben en sus calles descomunales agobios), lo que más sorprende de la ciudad es el descarado idilio que mantiene con el mar. Todo gira en torno a esas bahías que definen su alocada geografía. Contemplar su silueta en un mapa es perderse entre sus promontorios, entrantes y curvas sinuosas, decenas de recovecos que esconden playas salvajes, acantilados con vistas a la inmensidad, pequeños puertos deportivos con yates primorosamente alineados o zonas ajardinadas en las que la gente de a pie improvisa picnics de fin de semana a la orilla del eterno océano.

De entre todas estas bahías, la más famosa es Port Jackson, el indiscutible alma de la ciudad, en cuyos extremos se asientan los dos grandes iconos: el Harbour Bridge y la Sydney Opera House, dos gigantes entre los que se sitúa Circular Quay, el punto nodal de las comunicaciones marítimas y terrestres. El primero, apodado La Vieja Percha, conecta el corazón financiero del CBD (Central Business District) con el norte de la urbe, en un carismático paseo a menudo frecuentado por los ciudadanos que lo cruzan caminando, en coche, bicicleta o patines, siempre con las mejores vistas. También los más osados pueden animarse a escalarlo: la experiencia Bridgeclimb permite ascender al arco (eso sí, sujeto con arneses) en una excursión en grupo que ronda los 150 dólares.

A la Ópera poco puede definirla mejor que el hecho de encarnar la imagen de la identidad australiana. Calificada por los expertos como una brutal orgía arquitectónica, su rompedora cubierta es fuente de interpretaciones sin fin: que si los gajos de una naranja, que si el balanceo de las hojas de palma, que si un encuentro sexual entre tortugas... Aunque tal vez nadie como el arquitecto Louis Kahn ha logrado dar con su esencia: "El sol no sabía lo bella que era su luz hasta que se vio reflejado en este edificio", dijo, aludiendo a su degradación de color en las distintas horas del día. Más allá de su icónica estética, la Opera House, diseñada por el danés Jorn Utzon, es uno de los más prestigiosos templos musicales del mundo. En sus cinco auditorios tienen lugar nada menos que 2.400 eventos anuales en los que la acústica, según los entendidos, es sencillamente soberbia. Asistir a un espectáculo implica, además de largas lista de espera, rasgar sin piedad el bolsillo, aunque siempre quedarán los tours guiados que se ofrecen por las mañanas a través de sus entrañas vacías.

Bahías de gente guapa

Pero la ciudad también cuenta con otras muchas bahías con un perfil diferente. Está Wooloomooloocon su wharf, un antiguo muelle de madera que ha sido reciclado en apartamentos residenciales en cuyos bajos se cobijan los restaurantes más finos. Y está la bahía de Watson, mucho más accidentada, con sus bellos acantilados que marcan la salida definitiva al mar abierto. Y también la de Pyrmont, donde se emplaza el Fish Market, una interesante visita si se quiere asistir a la subasta de pescado para después degustar un sushi fresquísimo. Ninguna, sin embargo, resulta tan encantadora, tan frívola, tan glamourosa, como la bahía de Cokle, donde se asienta Darling Harbour. Será por la luz que tiñe el puerto a la caída de la tarde y que refleja en la cubierta de los barcos el amasijo de acero y cristal que proyectan los rascacielos. O tal vez por el monorraíl futurista que cruza por las alturas. O por esas hordas de gente guapa que se deja ver en las terrazas a la hora del afterwork. El caso es que el Darling, donde también se encuentra el museo Madame Tussauds, el Acuario y un interesante Wildlife donde hartarse a contemplar canguros, es el lugar al que ir para saber lo que es el ocio.

Puertas adentro del entramado urbano, otro paseo imprescindible es el que recorre el Jardín Botánico, por detrás de la Ópera. Y no solo porque se trata de un remanso de paz para los urbanitas sino también porque en esta zona exuberante se concentran más de 4.500 árboles de diferentes ecosistemas, donde conviven zorros voladores, cacatúas y aves acuáticas a los mismos pies del asfalto. Al final del parque, ya rozando el mar, se erige la silla de Mrs. Macquaries, que ejerce de perfecto mirador del entorno.

Sídney, que no tiene propiamente un centro, adopta múltiples personalidades en los barrios desperdigados por aquí y por allá. Hay quienes consideran que lo más parecido al centro neurálgico que exhibe toda ciudad que se precie podría ser Martin Place. En esta anchísima calle peatonal se aglutinan los edificios financieros, los grandes almacenes, las tiendas de moda y los museos, además del Ayuntamiento y el Centro Comercial Queen Victoria, catalogado entre los más bonitos del mundo. Pero es, como decíamos, en sus barrios donde hay que lanzarse a perseguir los distintos latidos urbanos. El alternativo Newtown tiene un aire al Malasaña madrileño, con sus garitos de rock en vivo frecuentados por estudiantes; Surrey Hills expone la vena más artística con sus múltiples talleres y galerías; Paddington exhibe elegantes casas adosadas y tiendas de diseñadores independientes, y finalmente en King Cross se despliega la juerga más sórdida, con los locales de striptease, los clubes y las discotecas gays. Mucho más sosegada es la famosa Oxford Street, donde se da una sucesión de cafeterías, bares y terrazas que enlazan los dos grandes parques a donde se acude a hacer deporte: Hyde Park y Centenial, dos pulmones en los que llama la atención, una vez que anochece, el revoloteo de murciélagos de tamaño descomunal.

Playas legendarias

Pero faltan las playas legendarias, que son la guinda de la ciudad. ¿Tiburones? Sí, aunque en muy contadas ocasiones. Por algo están los helicópteros que sobrevuelan las orillas para desalojar a los bañistas si ven alguna sombra sospechosa en el mar. Bondi Beach, la más famosa, está siempre atestada de jóvenes chamuscándose en su arenal con forma de media luna. Hacia el mar la vista se pierde entre olas y tablas de surf, mientras que tierra adentro el ambiente se concentra en un pintoresco paseo con tiendas de ropa deportiva y bares con bebidas orgánicas. Desde Bondi, vale la pena caminar hacia el acantilado de Coogee a lo largo de una ruta de bellas panorámicas y calas más recoletas, como Tamarama, Bronte y Clovelly. Manly, al norte, resulta más familiar, aunque tampoco escasean los surferos. Lo más atractivo, sin embargo, es acceder a esta playa a pie, a través de un sencillo camino que tiene su salida en Split: diez impagables kilómetros en los que se suceden calas de agua esmeralda arropadas por bosques de pinos.

Sídney, con su combinación de playas de día y diversión de noche, con su vanguardia arquitectónica y su sabor colonial, con su agenda de eventos en la calle y su mimo a la naturaleza, puede parecer tan frenética como sosegada, tan cuerda como desquiciada. Múltiples facetas para la ciudad más carismática de las antípodas.

Las Montañas Azules

Sídney es el contrapunto urbano a los escenarios naturales que se suceden a lo largo y ancho del Estado de Nueva Gales del Sur. Un viaje de poco más de cien kilómetros hacia el interior conduce al impresionante paisaje de las Blue Mountains, un parque natural de 218.000 hectáreas cuajadas de formaciones de roca arenisca, valles profundos, cascadas y bosques de eucaliptos. Es precisamente el revestimiento aceitoso de las hojas de este árbol el que confiere el tinte azulado que adquieren las montañas y que da nombre a la reserva. Katoomba, la población principal, es la base de los numerosos senderos que atraviesan el parque, entre los que destaca el Cliff Drive, que pasa por las cataratas de Wentworth y Leura. Inexcusable es también subir al mirador Echo Point para divisar las bellas rocas de las Three Sisters, el icono del lugar cargado de mitología aborigen. Tres pináculos que sobresalen del frondoso valle a más de 900 metros de altura.

Los viñedos de Hunter Valley

En este valle famoso por sus bodegas desperdigadas entre sinuosas carreteras se despliega una encantadora alfombra de viñas que, gracias a la fertilidad del suelo y al clima generoso, devuelven algunos de los mejores vinos del mundo. Hay que llegar hasta Newcastle, población famosa por su exportación de carbón, para adentrarse después por el Down y Upper Hunter Valley y saltar de bodega en bodega realizando catas de esos caldos elaborados con uvas shiraz, semillon, chardonnay y merlot, que pueden degustarse la mayoría de las veces gratuitamente a cambio de la pseudo-obligación de comprar alguna botella. Algunas cellars (bodegas) famosas como David Hook o Audrey Wilkinson Vineyard ofrecen visitas guiadas. Los más sibaritas también pueden optar por sobrevolar los viñedos en avioneta o en helicóptero.

Las playas coralinas de Coffs Harbour

Siguiendo rumbo norte por la Pacific Highway, la autopista que une las ciudades de Sídney y Brisbane, el paisaje empieza a acusar los primeros atisbos de selva tropical, extendiéndose paralelos a la línea de costa y conformando así un marco idílico de deslumbrantes playas. Es lo que encontramos en los alrededores de Coffs Harbour, donde vale la pena adentrarse por la carretera secundaria de la Waterfall Way para llegar a ríos anchos y caudalosos que se desploman en gargantas rodeados de vegetación. Pero, sobre todo, vale la pena embarcarse en su costa cristalina para acceder al Parque Natural de las Islas Solitarias, cuyas aguas templadas son el hábitat de una biodiversidad apabullante: corales, tortugas, mantas, peces subtropicales... e incluso los llamados tiburones enfermera gris.