Roma, los caminos del arte

Las calles, barrios, plazas, iglesias, palacios y museos de Roma albergan innumerables obras cumbre del arte mundial. Javier Reverte, que vivió varios meses en Roma y ha publicado “Un otoño romano” (2014),   propone un recorrido por la capital con los sentidos siempre alerta.

Javier Reverte
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Foto: fazon1 / iStock

Decir Roma significa casi lo mismo que decir Arte. Y decir arte remite a una forma de ver y comprender el mundo. ¿Verlo y comprenderlo en qué sentido?. No hay otro posible: desde la perspectiva de la belleza en sus expresiones más plásticas. Cualquiera que vaya a visitar la anciana metrópoli tiene que llevar ese propósito viajero, la conciencia de que va a pasar unos días rodeado de belleza, a disfrutar del placer de lo estético en múltiples rincones de una ciudad que es única en el mundo y que siempre lo fue. Cada cortinaje que se descorre en esta urbe revela una pieza de hermosura. Y en todas las épocas sucedió lo mismo, porque sin duda ha sido –como sigue siendo– la primera ciudad turística del orbe. Estando en Roma sientes, además, que habitas un palacio que es tuyo: porque puedes recorrerlo a tu antojo, como quien disfruta paseando por los aposentos de su propia casa.

Dicen las leyendas que Roma fue fundada por Rómulo –su primer rey– y su hermano Remo en el 753 antes de Cristo, y que todos los monarcas posteriores, antes de la fundación de la República en el 509 a.C., eran etruscos. Los romanos tenían la costumbre, cuando entraban en guerra y vencían, de no dejar ni rastro de la nación derrotada, como aconteció con Cartago, y lo mismo hicieron con Etruria. De modo que no se conserva ni siquiera la lengua de aquel pueblo. No obstante, Roma guarda un tesoro: la mejor colección del mundo creado por esta civilización, en el museo Villa Giulia, una verdadera maravilla arqueológica que muestra piezas traídas de todos los lugares por donde se extendió Etruria. Y sus sarcófagos, sus esculturas, sus joyas, sus cerámicas y sus bronces nos dejan ver no solo el grado de refinamiento que alcanzaron los etruscos sino el carácter hondamente hedonista de su sociedad. Sabemos, por ejemplo, que las mujeres gozaban de enormes derechos que los romanos les arrebataron y que el amor ocupaba una parte muy importante en sus representaciones artísticas, como muestran las esculturas de dos esposos del bello sepulcro de terracota policromada, del 530 a.C, exhibido en Villa Giulia, una pieza de apabullante sensualidad. Resulta insólito que una obra de carácter mortuorio celebre a tal punto la alegría de vivir.

De la Roma republicana queda poco y lo que resta de la ciudad de tiempos clásicos pertenece a los días grandiosos del Imperio. Y el ejemplo más asombroso de arquitectura imperial se sitúa en la barriga misma de Roma: el Panteón, un edificio hecho construir en el 27 a.C. por el emperador Agripa. Rodeado de tanta ruina, ¿cómo ha podido llegar en tal estado de conservación este monumento único en el mundo, una singular representación de lo que fue el arte clásico? Pues gracias a un emperador bizantino, Foca, quien se lo cedió a un Papa, Bonifacio IV, para que lo convirtiera en iglesia. Y el Pontífice tuvo la feliz idea de respetar su estructura y tan solo cambiar las estatuas de dioses viejos por deidades cristianas. Uno siente que vuela a la antigüedad por el agujero abierto en la espléndida bóveda del Panteón.

La grandeza del Coliseo

Y si este templo expresa todo el refinamiento del mundo clásico, la monumentalidad queda en poder del imponente Coliseo, que cierra la Vía de los Foros Imperiales. No hay edificio de la antigüedad que pueda competir con el Coliseo, salvo quizás el Partenón de Atenas. Y ambos representan mejor que ningún otro esa grandeza que siempre atribuimos a la edad clásica. Todos los grandes estadios deportivos de hoy en día están inspirados en este asombroso estadio que tenía capacidad para unos 80.000 espectadores, construido por los emperadores Vespasiano y Tito entre los años 72 y 80 d.C. Más de cien mil gladiadores, soldados enemigos, esclavos, delincuentes y cristianos fueron ejecutados o murieron en señuelos de combates –incluso navales, pues la arena podía convertirse en estanque– a lo largo de los años que permaneció activo, además de miles de tigres, leones, leopardos, elefantes, toros y osos que completaban los sangrientos espectáculos. Solo en las fiestas celebradas en honor de Trajano, cuando el Imperio alcanzó la cumbre de poder, durante los 117 días que duraron las celebraciones murieron en el circo más de diez mil animales y nueve mil hombres. Pero las palabras del monje San Beda nos consuelan de los viejos pecados: “Mientras exista el Coliseo, existirá Roma. Y si existe Roma, existirá el mundo”.

El Medievo pasó de puntillas sobre Roma. De todas formas, en la orilla izquierda del río Tíber, en la actual judería y a la altura de la isla Tiberina, quedan algunos templos de aquellos “siglos oscuros”, en particular la iglesia de Santa María in Cosmedin. Aquí está la famosa boca de la verdad, en donde Audrey Hepburn introdujo la mano, en la famosa película Vacaciones en Roma, para comprobar si mentía o no, delante de Gregory Peck. Los turistas forman largas colas para hacer la misma prueba que la actriz, en tanto que los romanos aconsejan a los maridos no acudir al lugar con sus esposas.

Pero Roma no termina ahí, sino que más bien empieza de nuevo. Por excelencia es una ciudad renacentista y, más todavía, barroca. Estos dos enormes movimientos tuvieron sus más señalados exponentes, en el Renacimiento italiano, en varios geniales artistas. Leonardo da Vinci, Rafael y Miguel Ángel en el Renacimiento. Y en cuanto al barroco, Bernini, Caravaggio y Borromini. A excepción de Leonardo, que apenas vivió una temporada en Roma, todos los otros dejaron una impronta enorme en la ciudad, inconcebible todavía hoy sin su presencia y su obra.

En Roma, al contrario que ciudades como París o Madrid, el arte está diseminado, no se concentra en unos pocos museos. Y así, se hace necesario recorrerla, buscar su arte en muy diversos lugares e incluso en ocasiones, dejarse sorprender por encuentros casuales con los grandes artistas. Así, por ejemplo, hay que estar atento cuando se visita la iglesia de Santa María sopra Minerva, para que no se nos escape la visión de un Cristo Resucitado de Miguel Ángel junto al altar; o en la iglesia de San Agustín, en donde hay un fresco en una columna que representa al profeta Isaías, de Rafael; o en una plazuela de la judería, en la que se alza una fuente de Bernini llamada de las Tortugas; o en las callejuelas que rodean el Quirinal, en donde se encuentra la iglesia de San Carlos de las Cuatro Fuentes, una delicada obra del atormentado Borromini; o, en fin, en la misma iglesia de San Agustín, donde puede admirarse el lienzo La Virgen de los Peregrinos, de Caravaggio, en donde la madre de Cristo –se dice– tuvo como modelo a una mujer de las que se dicen “de la calle”, en las que solía buscar sus rostros femeninos el vesánico pintor, rey indiscutido del claroscuro.

Los lugares de Miguel Ángel

El genio de lo rotundo y del vigor fue, en el Renacimiento, Miguel Ángel Buonarroti. Intrigante, orgulloso y antipático, sacudió Roma como una suerte de terremoto artístico. Y ni siquiera sus más poderosos rivales, como Bramante, lograron rendirle. Era arquitecto, pintor y escultor, un genio sin igual. Nadie se sentía capaz de superar, y ni siquiera igualar, la grandeza de la cúpula del Partenón de Agripa y, sin embargo, él lo logró con la Basílica de San Pedro, en el Vaticano, construyéndola con una altura de 136 metros desde el suelo del templo.

Pareciera que Miguel Ángel hubiese declarado San Pedro como su particular atelier de artista porque, junto a su magnífica cúpula, allí se guarda su principal obra pictórica, la Capilla Sixtina, con sus inigualables frescos, entre los que se representa el turbador Juicio Final, en el que señorea la implacable figura de un Cristo vengador. También en el interior de la basílica, junto al altar principal, se exhibe una de sus principales obras escultóricas, La Pietá, una escultura de enorme delicadeza y dramatismo. En sus obras, Miguel Ángel parece convertir a los humanos en dioses y a los dioses en hombres.

Pero a Miguel Ángel hay que buscarle en más lugares. En la plaza del Campidoglio, que él diseñó y en donde dos de los tres edificios que la enmarcan albergan importantes museos de escultura. O en la fachada del Palacio Farnese, obra suya. O en la iglesia de San Pedro en Vincoli, donde la fatigosa escalinata que hay que trepar queda compensada con creces por la visión del Moisés, tenida por una de las mejores esculturas de su creador.

Rafael Sanzio, Raffaello, era delicado, alegre, simpático, generoso y querido por todos. Murió muy joven y su obra es escasa. Pero en Roma está la más hermosa de todas ellas, en la Pinacoteca Vaticana, una soberbia pintura llamada La Escuela de Atenas, que representa a los filósofos de las edades anteriores, a los que Rafael puso el rostro de contemporáneos suyos, como Leonardo, Miguel Ángel y Bramante. Fue tenido en vida por el más grande de los artistas de su tiempo. Y en su tumba, en el Panteón, aparece grabado uno de los epitafios más hermosos con que podría soñar un creador: “Cuando nació, la Naturaleza temió ser vencida por él. Y cuando murió, temió morir con él”.

Exhibición de barroquismo

Al Renacimiento le sucedió una época no menos gloriosa: el barroco. Y a tal punto impulsó Roma este movimiento que casi puede decirse que la ciudad es una exhibición del mejor barroquismo del mundo. Los Papas se lanzaron a embellecerla y, de paso, a dignificar su propia gloria, y la urbe se llenó de artistas atraídos por ricos mecenas. Las familias ricas, como los Barberini, Doria, Farnesio, Borghese –semilleros de pontífices– gastaron fortunas en construirse estupendos palacios. Algunos de ellos son hoy espléndidos museos con sus colecciones privadas.

Es un viejo dicho aquel que asegura que “lo que no hicieron los bárbaros (con sus saqueos de la Roma clásica) lo hicieron los Barberini”. Y es cierto que demolieron una buena parte de la vieja Roma para utilizar sus mármoles y basaltos en la construcción de sus suntuosas mansiones y monumentos. Pero de la belleza derruida surgió la belleza nueva, la Roma barroca, y ahí está la obra en escultura y arquitectura de Gian Lorenzo Bernini: sus fuentes –la de los Cuatro Ríos, en la Piazza Navona, por ejemplo, o la del Tritón, cerca del Palacio Barberini–, la Columnata y el Baldaquino del Vaticano y las numerosas estatuas desperdigadas por un puñado de iglesias y museos: Dafne y Apolo, El rapto de Proserpina, los Éxtasis de Santa Teresa y la beata Ludovica, el elefante de la plaza en donde se encuentra Santa María dopo Minerva...

Caravaggio fue el pintor de este movimiento. Fue un tipo violento y asesino probado, pero un pintor genial. Su obra es una de las más desperdigadas de Roma e, incluso, del mundo. Y pueden encontrarse cuadros suyos en los museos capitolinos, villa Borghese, palacio Barberini, galería Doria Pamphilj, los museos vaticanos y San Luis de los Franceses y Santa María in Popolo. Pintó la vida tal y como la veía, no como a algunos les gustaría que fuese.

Como con Caravaggio y Bernini, hay que patear mucha Roma para admirar en toda su dimensión a Francesco Borromini. Si Bernini fue el genio de la escultura barroca y de la pintura, Borromini lo fue de la arquitectura. Sus iglesias y palacios son únicos. Cito algunos: Santa Inés de la Agonía, San Juan de Letrán, Oratorio de San Felipe Neri, Palacio Barberini... Pero la obra de este artista que más llama, quizás, la atención es la más insignificante en apariencia: la Perspectiva del Palacio Spada, una galería que lleva a un patio y que ofrece a la vista una exacta regularidad de tamaños y formas cuando, en realidad, todos los tamaños y formas están trucados para parecer regulares y proporcionados, de tal modo que la obra se corresponde a una realidad visual, no física. La Perspectiva es un juego de la razón que causa impresión de realidad a base de artificio.

Y quizás Roma sea solo eso: un artificio construido por el genio de muchas generaciones de artistas que nos dejan ver el mundo no como es sino como debería ser, si lo queremos bello.

Mis siete paradas en Roma

1. Estatuta de Marco Aurelio
Es la única que resta de cuantas se erigieron en la antigüedad. El original está dentro de uno de los museos del Campidoglio y la copia en el centro de la plaza, plaza que fue diseñada por Miguel Ángel. En el rostro del monarca se leen la grandeza y la gloria del Imperio Romano.

2. Santa María en Trastevere
La iglesia medieval, que es algo así como el corazón del barrio del Trastevere, se adorna en su altar mayor con bellísimos frescos de paneles de oro de estilo bizantino. Casi siempre hay una boda celebrándose allí.

3. Café Canova
El café es tan bueno como disparatadamente caro, pero merece la pena sentarse a degustar un expresso en este que fuera el atelier del escultor Antonio Canova –en la calle Babuino–, uno de los maestros de la escultura romana del neoclasicismo del XVIII y XIX.

4. Gueto judío
Es el barrio que se extiende la norte del río Tévere, al otro lado del puente Garibaldi. No acoge grandes monumentos, salvo los restos de un antiguo teatro romano, el de Marcelo, pero en sus restaurantes sirven unas magníficas alcachofas fritas, carciofi alla giudia.

5. Retrato de Inocencio X
No hay retrato en el mundo que pueda competir con el de este, cuya autoría pertenece a Diego Velázquez, que se guarda en la galería Doria Pamphili. Inteligencia y maldad se conjugan en la mirada de este Pontífice. “Dopo vero” (demasiado verdadero), dicen que dijo al verlo.

6. “Éxtasis de Santa Teresa” en Santa María de la Victoria
Esta obra del gran Bernini pasa por ser la representación de un éxtasis mítico de la santa y, sin embargo, muchos visitantes lo han tomado como un orgasmo. Hay numerosos estudios sobre el asunto.

7. Tempietto de Bramante
El “templito” de Donato di Angelo de Bramante, tío de Rafael, se considera la obra fundacional del Renacimiento. La encargaron los Reyes Católicos y se alza en un pequeño patio entre la Academia Española y la iglesia de San Pietro in Montorio, en el Gianicolo.