República Checa: el triángulo de las aguas curativas

Las aguas que brotan de las entrañas de Karlovy Vary, Mariánské Lázne y Františkovy Lázne son ricas en minerales que sanan el cuerpo y la mente. Por eso este rincón de Bohemia es una potencia balnearia mundial.

Noelia Ferreiro
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Foto: letty17 / iStock

La escena resulta cuando menos curiosa. Gente en albornoz, en plena calle, portando en sus manos una jarrita de porcelana y aguardando pacientemente una larga cola para rellenarla con agua de una fuente. No es, claro, un agua cualquiera, sino un agua mineromedicinal rica -según su ubicación- en sal, calcio, bicarbonato o magnesio.

Es el agua que mana de este rincón de la República Checa, agraciado con manantiales subterráneos que tienen la capacidad de sanar. Y que son por ello la mejor expresión del llamado turismo médico, aquel que, más allá de unas vacaciones, lo que busca es un baño de salud, un bálsamo de bienestar para el cuerpo y la mente.

Karlovy Vary, Mariánské Lázne y Františkovy Lázne son conocidas como el triángulo de las Bermudas de las aguas curativas. Tres encantadoras ciudades de Bohemia, a unos 120 kilómetros de la bella Praga, donde todo gira en torno a las bondades de sus aguas. Las mismas que ayudan a recuperarse de cirugías delicadas, así como de problemas digestivos, óseos o musculares. De trastornos metabólicos e incluso de gota, obesidad o diabetes.

No es algo nuevo, claro. En un país donde la sanidad pública subvenciona los tratamientos termales, y donde los médicos, en las propias recetas, prescriben estas prácticas saludables, la tradición viene de muy lejos. Estos balnearios que cautivaron a figuras de la talla de Beethoven, Liszt y Chopin, que atrajeron a estos parajes a Goethe, Tolstói o Turguéniev, que fueron un remanso de paz para Karl Marx y Sigmund Freud, son aún hoy un auténtico imán para la jet-set europea.

Karlovy Vary | Xantana / iStock

Karlovy Vary

La más grande y famosa de este trío de ciudades curativas se jacta de una belleza impoluta que bebe de la arquitectura rococó, de apacibles avenidas flanqueadas de fachadas en tonos pastel, de esa sensación que parece dilatar el tiempo y menguar las preocupaciones. Luego están sus fuentes, decenas de fuentes concebidas casi como sagradas: bautizadas, reverenciadas, ornamentadas con columnas corintias o enmarcadas con detalles románticos. Por algo esta ciudad, que fue pionera en explotar tan preciado tesoro, hasta ha dado el nombre de Carlos IV a uno de sus manantiales: Carlsbad, en pleno centro. Cuentan que fue este rey quien descubrió sus propiedades cuando, en una de sus cacerías, su perro cayó sobre un charco.

A Karlovy Vary se viene a entregarse sin contemplaciones al wellness. El que proporcionan las aguas medicinales, pero también el del concepto de spa propiamente dicho, con sus chorros y sus piscinas. Para esto está junto al río Tepla el lujoso Grandhotel Pupp, que es toda una referencia (dicen que fue la inspiración para el filme El Gran Hotel Budapest) Pero también se viene a maravillarse con las piezas del Museo de Cristalería Moser (sí, el famoso cristal de Bohemia) e incluso, si la visita coincide en julio, a disfrutar de uno de los mejores festivales internacionales de cine, por detrás, es cierto, de los tres grandes europeos (Cannes, Berlín y Venecia), pero con un repertorio que arrastra cada año a todo un elenco de celebrities.

Mariánské Lázne | Borisb17 / iStock

Mariánské Lázne

Sus frondosos parques, todo un alarde de romanticismo, la convierten en una de las ciudades-jardín más bellas de Europa, un rincón de elegante decadencia que invita a colocarse bajo sus arcadas neoclásicas e imaginar la vida siglos atrás, con personajes como Chopin o Goethe deambulando por sus calles. También hay un castillo medieval con elementos de palacio renacentista, donde la historia ha quedado enredada entre sus muros.

Pero Mariánské Lázne (los baños de la Virgen María, en checo) sigue siendo ese lugar mágico que vive al ritmo de la energía que palpita bajo la tierra. Tanto es así que fue el lugar elegido por el rey británico Fernando VII para montarse su propia cabina imperial, que se mantiene intacta desde 1897 y que aún hoy puede visitarse. Además de este hecho, más de cincuenta manantiales fríos favorecidos por una óptima composición mineral se desperdigan por esta ciudad que ha erigido en símbolo a una de sus fuentes: la Fuente Cantarina que, cada dos horas, se enciende en luces y música desde Verdi hasta Celine Dion.

Františkovy Lázně. | iStock

Františkovy Lázně

La palabra sosiego nunca cobró tanto sentido como en esta pequeña e idílica villa que fue mandada construir por el emperador Francisco I en 1793 (de ahí el nombre) bajo la premisa de que todos los edificios lucieran el mismo estilo y los colores blanco y amarillo. Coqueta, elegante, silenciosa, solo hay que caminarla para sumergirse en un remanso de paz al que, además de sus 23 fuentes, contribuyen sus hoteles con cuerpo médico propio. Aquí lo que se brinda con insólito éxito son los tratamientos de fertilidad femenina a base de barro o turba, un revolucionario método que atrae a mujeres de toda Europa. Menos científico, aunque no menos esperanzador, es el rito que se lleva a cabo con Francisquito, la simpática escultura de un niño a la entrada de la localidad: dicen que hay que tocarle el pene para tener al menos un hijo en la vida.