Los pueblos más bellos de La Provenza

Estas tierras del sur de Francia rebosantes de sol y lavanda esconden deliciosas localidades de piedra que fueron el hogar de los impresionistas, atraídos por la luz más pura del Mediterráneo.

Noelia Ferreiro
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En los lienzos de Cezanne y Van Gogh quedaron atrapados los colores de esta región francesa cuya primavera tardía tiñe de malva los campos ondulados. Es el alma mediterránea del país vecino, de belleza y luminosidad única, allí donde también a Picasso se le disparó la nostalgia. Y es que en sus encantadoras villas medievales tocadas por todas las artes no queda más remedio que enamorarse. Aquí van sólo algunas de las más bonitas:

Aix-en-Provence

Es la capital de La Provenza y el pueblo natal de Cezanne, donde la piedra color miel reviste los palacetes y donde el esplendor del barroco se expresa de forma fastuosa en la calle Cours Mirabeau. Una localidad tranquila y elegante, repleta de avenidas arboladas, pintorescas placitas y fuentes monumentales, en la que es imprescindible dedicar unas horas al Museo Granet: un interesante recorrido a través de los siglos desgrana la historia del arte. Tampoco hay que perderse la ruta dedicada a su hijo predilecto, padre de la pintura moderna, en los barrios donde vivió. 

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Arlés

La más hispánica de las ciudades francesas (corridas de toros, baile flamenco…) fue fundada por Julio César en el año 46 a de C y tiene el honor de ser la urbe con mayor número de monumentos romanos después de Roma: termas, criptopórticos, un teatro y hasta un anfiteatro para 20.000 espectadores. Además, no sólo es toda ella Patrimonio de la Humanidad sino que también ostenta el record de monumentos clasificados como tal. Por todo ello, y porque descubrirla es una lección de buen vivir, nada extraña que aquí alumbrara Van Gogh sus grandes obras en el que fue su periodo más fecundo: 300 cuadros en 15 meses, uno de ellos Terrasse du Café Le Soir, inspirado en una cafetería que se mantiene intacta en la Plaza de la República.

Les Baux-de-Provence

Asentado sobre un promontorio a 245 metros, desde donde domina dos misteriosos valles, este pueblo pequeño e impecable (quizás demasiado turístico) conoció su apogeo pasada la Edad Media, cuando el arte del renacimiento revistió su arquitectura urbana. Hoy se puede visitar su castillo o admirar los múltiples palacetes que albergan fantásticos museos o simplemente pasear por sus callejuelas repletas de tiendas típicas que venden lavanda. Muy cerca, además, es muy recomendable acercarse a las Canteras de Luces, donde tiene lugar un espectáculo multimedia que se renueva cada temporada: Llamativas proyecciones sobre pantallas naturales en roca de unos 5.000 m2 de superficie.

Aviñón

Esta ciudad famosa por su puente sobre el río Ródano, que dio origen a una canción infantil, fue una inagotable fuente de inspiración para Pablo Picasso, que pintó aquí grandes obras, algunas de las cuales descansan en el Museo Angladon dentro de la colección de Jean Doucet. Fue precisamente este mecenas quien compró Las Señoritas de Aviñón que, pese al nombre, nada tiene que ver con La Provenza. Más allá del rastro del artista malagueño, Aviñón se jacta de ser el mayor conjunto gótico de Europa, que tiene su máxima expresión en el descomunal Palacio de los Papas. Menos solemne es la plaza de l’Horloge, centro social de la ciudad, animada siempre con sus cafés y terrazas donde es obligatorio tomar un aperitivo.

Gordes | ISTOCK

Gordes

Rodeado por campos inmensos de lavanda y amapolas, este pueblo de casas de piedra con tejados de terracota corona la cima de una colina, brindando así una panorámica sublime del paisaje. El imponente castillo, que puede ser visitado, confirma el valor estratégico de la que fuera una aldea fortificada durante toda la Edad Media y parte del Renacimiento. Pero es perdiéndose en sus callejuelas empedradas hasta dar con la sombreada plaza donde mejor se aprecia la belleza de esta otra joya provenzal.

L’Isle sur la Sorgue

Atravesado por el río Sorgue, su gran atractivo es precisamente dar un paseo en bote siguiendo su curso, la actividad más demandada de los turistas. Eso y disfrutar de la deliciosa gastronomía de la región en uno de los muchos restaurantes que se extienden a ambas orillas. También, si se llega en domingo, uno puede deleitarse con las baratijas inverosímiles que se exponen en los mercadillos de antigüedades.

L’Isle sur la Sorgue. | ISTOCK

Cassis

Aunque en el periodo estival puede resultar desconcertante dada la afluencia de gente, no se puede negar el encanto de esta pequeña localidad que da nombre a un licor dulce semejante al pacharán. Un coqueto puerto pesquero desde el que las casas ascienden sobre un macizo calcáreo como si se tratara de las gradas de un anfiteatro. Todo en él resulta mágico, sereno, relajante, bañado por la inigualable luz de La Provenza.