Marsella, la vanguardia de la Costa Azul

Mediterránea, multicultural y vanguardista, la ciudad más importante del sur de Francia, capital de la Provenza y la Costa Azul, seduce por sus barrios, plazuelas, estrechas calles y su activo puerto, que ya descubrieron los griegos hace 2.600 años. La nueva Marsella del siglo XXI, impulsada por la capitalidad europea de la cultura de 2013, transmite un nuevo y sorprendente dinamismo económico y arquitectónico. En 2017 es protagonista además por ser la Capital Europea del Deporte.

Javier Carrión
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Foto: Eduardo Grund

Cada vez queda menos de esa antigua Marsella conflictiva y poco limpia que reflejada la película French Connection, protagonizada por Fernando Rey y Gene Hackman en los años 70 del pasado siglo. Desde el año 2013, coincidiendo con la capitalidad cultural europea, Marsella muestra una nueva cara, con una arquitectura a la última en la que destacan los nuevos museos de la bocana del Puerto Viejo y la flamante marquesina de Norman Foster, ubicada también en este punto donde se asentaron los griegos en el siglo VII a.C. Marsella cuenta con 111 barrios y pueblos donde se aloja una población cercana al millón de habitantes, siendo el Vieux Port su gran referente urbano. Como antaño, los pescadores instalan todas las mañanas sus puestecillos para vender las capturas frescas de un Mediterráneo muy vivo en esta esquina francesa, y los restaurantes, colocados casi en hilera a lo largo del paseo, muestran la estampa más pintoresca y marinera de la ciudad. Viejos y jóvenes trabajadores de la mar siguen anclando sus viejas naves en el malecón de este puerto con una llamativa forma de U y muestran sus pescados todavía con vida en ese mismo lugar histórico. Hace cuatro años se les ofreció para su trabajo diario la posibilidad de utilizar el espacio protegido por el Pabellón de Espejo, la marquesina de 46 metros de largo por 22 de ancho que proyectó Norman Foster en 2013 empleando acero inoxidable pulido, pero los marineros rechazaron esa oferta, a pesar de que el nuevo espacio se concebía pensando expresamente en los peatones. Ni siquiera fue un acicate para ellos la colocación de unas nuevas farolas levantadas con forma de mástil y corteza luminosa que suponían un claro guiño a la vocación marinera de la ciudad. Dijeron simplemente "no".  Sin embargo, la instalación de este techo, que refleja en su parte superior los colores y movimientos de la gente que lo atraviesa, ha permitido la reducción de las vías de circulación de los coches, al tiempo que ofrece una evidente protección cuando el sol aprieta, sin robar ninguna vista del puerto. Los ciudadanos están contentos en general y mucho más los fotógrafos, aficionados y profesionales, que disfrutan disparando sus cámaras desde este lugar, pues se toman imágenes fuera de lo común.

Transformación urbana

La recuperación económica de Marsella se inició en los años 90 con el Proyecto Euromediterráneo, que proyectaba la transformación de los muelles, hoy ya convertidos en una atractiva sucesión de centros comerciales y de ocio. Los marselleses vuelven a sentirse muy orgullosos de la nueva arquitectura que adorna su renovada ciudad. Los focios, griegos de Asia Menor, que ya se percataron hace siglos de la posición estratégica de la ciudad y establecieron una colonia comercial a la que llamaron Massalia. Y lo hicieron en el ala norte del puerto, en la misma zona desde la que parten en la actualidad los barcos a Córcega o Argelia y donde en la actualidad se pueden encontrar los restaurantes más exquisitos para probar la bouillabaisse, el exquisito guiso local preparado con pescados de roca y mariscos, acompañándolo de entrada con el pastis, el popular aperitivo anisado mezclado con agua. Siempre ante la imponente fachada del Ayuntamiento, terminado en 1673 en estilo barroco genovés y presidido por el busto de Luis XIV, símbolo del poder real. Un icono más de este Vieux Port, hoy uno más de los catorce puertos de recreo de la ciudad, con 3.500 puntos de amarre. Todos ellos han contribuido de manera decisiva para que Marsella sea considerada hoy como uno de los más importantes complejos de barcos de recreo en el continente europeo.

Dentro de la ciudad quedan pocos restos de su rico pasado histórico. Se pueden ver unas ruinas griegas en el Jardín de los Vestigios (s. II y III a.C), descubiertas al construir un centro comercial al lado del actual Museo de la Historia de Marsella, y el Panier, el barrio más antiguo, repleto de calles serpenteantes, escaleras, muestras del nuevo arte callejero y plazas tranquilas como la de los Molinos, por donde los marselleses tenían acceso al agua potable, y también monumentos emblemáticos como el Hospital de la Caridad, levantado en el siglo XVII para elevar el nivel social de los muchos indigentes que poblaban la urbe.

Arquitectura a la última

Solo queda ya una pequeña parte de ese viejo Marsella ya que casi dos mil edificios fueron dinamitados en febrero de 1943, durante la Segunda Guerra Mundial. Los nazis destruyeron una gran parte de este casco antiguo en una operación de limpieza que buscaba reducir las posibilidades de ocultación de los miembros de la Resistencia. Algún edificio del siglo XVI, como el Hotel de Cabre (de estilo gótico y renacentista, datado en el año 1535), se libró milagrosamente de la destrucción completa, así como la Casa del Diamante (1570), que fue sede del Museo de la Vieja Marsella, pero otros quedaron muy dañados, como  la Iglesia des Accoules, desde la que se avisaba a la población de la llegada de cualquier peligro a la ciudad (la peste, ejércitos extranjeros, piratas…). La nueva apuesta arquitectónica de Marsella es la que ha empezado a atraer a turistas y a seducir a los propios vecinos de la ciudad, en un principio muy escépticos cuando los antiguos y desolados fuertes fueron objeto de una radical transformación. El Fuerte de San Juan, por ejemplo, pasó a ser la sede del MuCEM, Museo de las Civilizaciones de Europa y el Mediterráneo. Una singular pasarela de 130 metros de largo, con una arquitectura única, mezcla de modernidad y patrimonio, une la fortaleza con el museo. Es muy visible en el edificio J4, un cubo con elegantes encajes de hormigón construido por Rudy Riccioti, llamado ahora popularmente la mantilla de Marsella, con una clara orientación hacia el mar. No faltan en su interior un espacio dedicado a los niños, un auditorio, una librería y un restaurante, Le Mole, dirigido por el chef Gérald Passédat y galardonado con tres estrellas Michelin.

Espacios de arte y deporte

A este antiguo malecón portuario que combina todo tipo de colores en su exterior en función de la hora del día se han unido otros espacios como la Villa Mediterránea, concebida por Stefano Boeri con forma de grúa portuaria para mostrar las formas de expresión de la cuenca mediterránea, y el ya existente Museo de las Miradas de Provenza, con su excelente colección de pinturas, esculturas, fotografías y dibujos relacionados con Marsella, o, ya algo mas alejado, el nuevo Velódromo, el estadio del equipo de fútbol Olimpique de Marsella, reformado para la Euro 2016 –se disputaron en él siete partidos del campeonato–, con comercios, oficinas, restaurantes y hoteles. El segundo estadio más grande de Francia, tras el de Saint Dennis en París, destaca por su espectacular cubierta de formas circulares y en su interior ya no se disputan competiciones ciclistas, pero sí de fútbol y rugby, además de algunos conciertos musicales. Su capacidad supera los 67.000 espectadores. El deporte es protagonista en Marsella durante todo este año por ser la Capital Europea del Deporte 2017.

El santuario de las alturas y el edificio de Le Corbusier. Hay algo que no ha cambiado en la ciudad, pese a su nueva imagen moderna. La gran atracción turística de Marsella continúa siendo la Basílica de Nuestra Señora de la Guarda, alzado a 154 metros de altitud en la colina de la Garde, con la estatua de la Virgen María y su hijo en brazos que vigila toda la urbe. También la Corniche, el hermoso paseo entre la Ensenada de los Catalanes y el Parque Balneario del Prado, y, cómo no, sus islas más cercanas (Frioul) y el castillo de If, donde Alejandro Dumas situó parte de la trama de El Conde de Montecristo. Dentro de la Basílica de Nuestra Señora de la Guarda, de estilo neorrománico y neobizantino, destaca su iglesia alta, donde abundan los mosaicos con fondo dorado y los mármoles policromados en una atmósfera con motivos marineros. Desde cualquier rincón marsellés se divisa la imagen dorada de la Virgen en este santuario, que tiene sus orígenes en 1214. Existe un templo todavía más antiguo en las proximidades del mar, la abadía da Saint Victor, muy próxima al santuario y dedicada a este mártir desde el siglo IV. Un poco más alejado destaca otro templo: la Catedral, de 1850, que curiosamente no goza de mucha popularidad entre los habitantes a pesar de sus enormes dimensiones. También ha ganado muchos visitantes, a raíz de su inscripción en la lista del Patrimonio Mundial de la Unesco en julio 2016 la Cité Radieuse, un curioso monumento histórico  ideado por el arquitecto suizo Charles-Édouard Jeanneret-Gris, Le Corbusier, entre 1947 y 1952 para satisfacer las necesidades de algunas familias marsellesas tras la Segunda Guerra Mundial. El edificio, una construcción de 165 metros de largo por 24 de ancho y 46 de alto, estaba anclado en un parque, disponía de 337 apartamentos y fue considerado una especie de laboratorio de un nuevo sistema de hábitat colectivo con viviendas muy confortables y modernas que se complementaban en sus nueve plantas dotadas de servicio de tiendas, restaurante, librería y hotel. Hoy, estos apartamentos, de entre 15 y 200 metros cuadrados, han alcanzado un valor en el mercado inmobiliario de entre 300.000 y 600.000 euros, pero cualquiera puede visitar esta original construcción reservando en la Oficina de Turismo y de Congresos.

Excursión a Les Calanques

Con el buen tiempo lo más aconsejable para los visitantes de este rincón mediterráneo es tomar algún barco desde el Viejo Puerto para disfrutar de las calas que esconde el Macizo de Les Calanques a lo largo de 20 kilómetros de costa, entre Callelongue y Port Pin, con magníficos acantilados blancos que se desploman hacia el mar. Les Calanques (calas rocosas de pared abrupta) surgieron hace 120 millones de años de la erosión progresiva de la roca calcárea, que parece tomar el cielo por asalto en compañía de los pinos que se precipitan al vacío, formando un paisaje embaucador. La zona está repleta de cuevas submarinas, algunas de ellas con pinturas, y guarda ejemplos de flora y fauna excepcionales y protegidas. El Parque Nacional de Les Calanques constituye un lugar único para los escaladores. Asimismo, quien quiera tomar el sol en alguna de las explanadas rocosas o darse un chapuzón en sus aguas vive una experiencia singular, aunque no lo haga en la temporada más calurosa.

Cassis y el famoso jabón

Otra opción recomendable para recorrer este Parque Nacional es partir del puerto de Cassis, uno de los más bellos en esta esquina mediterránea. A finales del siglo XX Cassis era el destino turístico a mano de los marselleses. Está a unos 30 kilómetros de la vieja ciudad y no ha perdido un ápice de su encanto como pueblo marinero. Desde el puerto, el casco antiguo asciende entre pequeñas calles que llegan hasta la cima del macizo rocoso Cap Canaille, punto ideal de la ruta de las crestas por sus escalofriantes vistas hacia el mar. En lo más alto se encuentra el castillo de Cassis, también llamado castillo de les Baux, que surge como una idílica postal. Esta ciudad fortificada, de 4.850 metros cuadrados, acogía en la Edad Media a 250 personas. Hoy es un hotel privado con habitaciones de lujo que no bajan de los 200 euros por noche en temporada baja. El recorrido por Cassis no debe quedar concluido sin pasear por las calles y por el malecón de su puerto. Es un sitio pequeño y todo está a un paso. La oferta de restaurantes presume de sus bondades, con los mariscos y las recetas marineras a la cabeza, y la de tiendas es también atractiva, con recuerdos, ropa, perfumes y los famosos jabones de Marsella. Un mercado típicamente provenzal completa la propuesta turística en las inmediaciones del Museo de la Ciudad, junto a su tranquila playa, la más grande en el entorno de Les Calanques.

La prisión de “El Conde de Montecristo”


En 1516 el rey Francisco I valoró la importancia estratégica de Marsella y ordenó que se construyera una fortaleza para defender la ciudad de los ataques enemigos. Así se levantó el castillo de If, que se convertiría no mucho tiempo después en una cárcel con cientos de protestantes a partir del siglo XVII. El prisionero más famoso fue José Custodio Faria, que inspiró el personaje del abate Faria en la novela El Conde de Montecristo. El libro de Alejandro Dumas obtuvo tanto éxito que enseguida empezaron a llegar visitantes para ver el túnel excavado por Edmundo Dantès antes de escaparse y descubrir un tesoro en una isla de Toscana. Posteriormente, tras haber encerrado a los insurrectos de 1848 y a los comuneros de 1871, el castillo perdió su vocación carcelaria y se abrió al público en 1890. Hoy se puede visitar tomando un barco desde el Puerto Viejo en dirección a las islas Frioul. La fortaleza se alcanza en menos de 15 minutos. El billete cuesta 10,80 euros con la compañía If Frioul Express