La llamada de África

Javier Reverte
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A menudo me preguntan, y yo me pregunto a mi vez, qué creo que es eso que nombran como La llamada de África. No tiene nada que ver, desde luego, con el apabullante grito de Tarzán –más que llamada lo suyo era un berrido–, ni es algo nuevo en el tiempo.  Los romanos ya decían, según Plinio El Viejo, aquello de semper aliquid novi Africa (siempre hay algo nuevo sobre África). Y a los emperadores persas, antes que a los romanos, ya les interesaba extender sus dominios mucho más allá de los desiertos del sur del Magreb.

La llamada de África es, sobre todo, una emoción. Y como tal ha sido tenida, por lo menos, a lo largo de los últimos tres siglos, desde mucho antes de que, editado el XIX, el niño Joseph Conrad, según cuenta en El espejo del mar (una suerte de libro de memorias), pusiera un dedo sobre un gran globo terráqueo que había en su casa materna, apuntara con el dedo el centro del continente, ese lugar por entonces vacío, “el gran espacio en blanco”, y se juramentase: “Cuando yo sea mayor, iré allí”. Como bien sabe el lector, acabó por ir, navegó uno de los territorios más tenebrosos del planeta y escribió una de las novelas fundamentales de principios del siglo XX: El corazón de las tinieblas.

Yo creo que la expresión sobre la que hablamos ahora remite a ese ser primitivo que casi todos alentamos en nuestro interior. Los europeos, o mejor, los occidentales, hemos abandonado hace miles de años el taparrabos, pero en nuestro corazón sobreviven los instintos y las pasiones que alentaban los corazones de los primeros homínidos que abandonaron, al ponerse en pie, su hermandad con los primates. Y de alguna forma, nuestra conciencia de un tiempo lejano y olvidado, pero presente aún en nuestra sangre, nos remite a aquellas edades de terror animal, en el que las fuerzas naturales eran superiores a nosotros y las bestias mucho más poderosas que el frágil ser humano. Al mismo tiempo, nos devuelve en forma inconsciente a ese sentimiento de fe en lo primitivo, en lo primigenio, que todavía no hemos sido capaces, quizás, de arrancar de nuestros espíritus. Así pues, la emoción que nos despierta tiene algo de misteriosa evocación.

Ya lo conté en mi libro Vagabundo en África, hace ahora casi veinte años. Pero allá va de nuevo la historia. Viajaba solo y a bordo de un viejo todoterreno que, en Europa, ya hubiera ido al desgüace al menos un lustro antes. Iba recorriendo la costa del Índico, desde Dar-es-Salaam, la antigua capital de Tanzania, en dirección sur, a la isla de Kilwa, a unos doscientos cincuenta kilómetros de distancia, y en absoluto tenía previsto asomarme al parque de Selous. La carretera era desastrosa, pero llevaba tres ruedas de repuesto en previsión de más que seguros pinchazos. Y a mitad del recorrido no había sufrido ninguno. Y de repente, al lado derecho del camino, vi un cartel que no era en realidad otra cosa que un pedazo de madera pintado a mano que colgaba de un árbol. Una flecha indicaba hacia una pista de tierra que salía de la carretera y un sendero ancho y, debajo, se leía: Selous. Ni lo dudé. Me olvidé de inmediato de Kilwa y enfilé hacia el parque. Desde hace tiempo tengo comprobado que la esencia de viajar reside en lo imprevisto y que, de ahí, de lo espontáneo e impensado, nacen las mejores aventuras y las más intensas experiencias. Y a fe que las tendría en las horas y días siguientes.

Selous, con sus 35.000 kilómetros cuadrados –casi el doble que Cataluña–, es la reserva natural más grande de África y la segunda más extensa de la Tierra, tras la canadiense de World Buffalo, al sur del lago Great Slave. No hay establecimientos humanos en su interior, salvo tres o cuatro lodges de lujo, a los que se llega casi únicamente por avión. Alberga la mayor concentración de animales salvajes de África, sobre todo elefantes, aunque es mucho más difícil verlos allí que en el surafricano Kruger o en el keniano Tsavo, pues el furtivismo les hace muy precavidos.

Naturalmente, el camino no era el ideal para un coche como el mío. Y comencé a pinchar y a cambiar ruedas. Entré en el extenso parque con tan solo una de repuesto cuando se acercaba el atardecer. En mi primitivo mapa –siempre llevo cuantos puedo encontrar a las zonas adonde viajo– figuraba un camping. Y ya casi a oscuras, o bien me equivoqué de ruta o el lugar de acampada ya no existía. Y pinché una vez y pinché dos y la noche se desplomó sobre mí como caen las noches en el trópico: de súbito, sin tregua y a falta de una rueda.

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La noche más intensa

Y así entendí, o más bien sintió mi corazón, lo que significa la llamada de África. Rodeado por el tenebroso manto de la noche, bajé las ventanillas un par de dedos para dejar entrar los sonidos nocturnos en el automóvil. Y la algarabía africana comenzó a atronar muy pronto: chillidos de pájaros, rugidos de felinos, ladridos de chacales, risas de hienas, barritos de elefantes, relinchos de ñues y galopes de antílopes asustados bajo un cielo sin Luna. Tenía algunas galletas para comer, agua en abundancia y ningún miedo, pues sabía bien que los animales salvajes contemplan los coches como un objeto impenetrable. De modo que me quedé esperando al día, a ratos en duermevela y acunado por el sonido del África eterna.

Al despuntar el alba vi que, unos cientos de metros delante de mí, había unas charcas de agua. Y que en esos momentos bebían de ellas una familia numerosa de elefantes. Distinguí a un leopardo estirando los músculos en la cercanía del vehículo y un jabalí verrugoso escapó apresurado de los bajos de mi coche cuando abrí levemente la puerta.

Y entonces percibí que había vivido la noche africana más intensa, la más primitiva y bella, un regalo único que lo imprevisible me había deparado. Nunca olvidaré el perfume de aquella alborada. Ni esa llamada que, mientras viva, sé que escucharé a menudo en mi ánimo y de la que, esté en donde esté, siempre sentiré nostalgia.