Laos, la aventura del Mekong

Montañas afiladas, torrenciales cataratas, ciudades imperiales, gentes amables que preservan sus tradiciones… Laos atesora la esencia espiritual y paisajística del sureste asiático. Este viaje se adentra en la nación a través del legendario río Mekong.

Carlos Hernández de Miguel
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Foto: ISTOCK

En sus más de 4.300 kilómetros de recorrido desde el Himalaya tibetano hasta morir en el fértil delta ubicado en territorio vietnamita, el río Mekong cambia numerosas veces de nombre y de rostro. En Laos se le conoce como Mènam Khong, “la madre de todas las aguas”. Una madre que se presenta furiosa ante el recién llegado que remonta su cauce desde la frontera camboyana. Solo hemos penetrado unos metros en territorio laosiano y nos topamos con un muro de aguas blancas. Una sucesión de cascadas se extiende de este a oeste creando una barrera infranqueable. Ya durante la época colonial, la administración francesa trató de buscar un lugar por el que abrir una vía fluvial.

Tras incontables fracasos, París tuvo que rendirse y construir una costosa y poco práctica alternativa para sortear el obstáculo por tierra. Los buques eran subidos en enormes vagonetas, transportados por vía férrea a través de dos pequeñas islas y devueltos al agua más allá de las cascadas. Don Det y Don Khon, las islas que permitieron a los barcos franceses burlar al indómito Mekong, son hoy uno de los reclamos turísticos de Laos. Cada año, miles de viajeros, muchos de ellos jóvenes, recalan en sus económicas casas de huéspedes para descansar en una hamaca con vistas al río. A pie o en bicicleta deambulan por los verdísimos campos de arroz, visitan sus aldeas o contemplan las salvajes cascadas de Somphamit. Toda esta belleza, unida al ambiente apacible con un leve aroma a marihuana que se respira en el pueblo de Don Det, puede llegar a hacer olvidar que el mayor de los espectáculos continúa estando aguas adentro.

Hacia el corazón de Laos

En este tramo, conocido como “las 4.000 islas”, el río se bifurca en infinitos ramales, creando islotes de todos los tamaños; en ellos se libra un duelo permanente entre el agua y los árboles, que batallan para no verse arrastrados por la intensa corriente. El que perdió definitivamente fue el escurridizo delfín chato del Mekong, que antaño reinaba en estas latitudes; apenas queda medio centenar de ejemplares tratando de sobrevivir en territorio camboyano. Como pequeño consuelo, el sobrecogedor paisaje y la abundante presencia de aves convierten el viaje hacia el norte, hasta el corazón de Laos, en una experiencia única. Tras más de cinco horas de navegación, la ciudad de Pakse surge en el margen oriental del gran río y anima a desembarcar para conocer la cercana y brumosa meseta de Bolaven. La agradable frescura del aire es una de las características de este altiplano rodeado y jalonado por montañas cársticas. Observando sus escarpados e irregulares picos, es inevitable pensar en Halong; si el mar invadiera estas tierras, el paisaje se asemejaría mucho al de la célebre bahía vietnamita. Sin embargo, Bolaven no necesita imitar a nada ni a nadie. Los innumerables ríos que surcan la jungla se precipitan desde la meseta en torrenciales cascadas. Entre plantaciones de café y té, se pasa por poblados donde las tribus mon-jemer compaginan sus ancestrales tradiciones con la utilización del móvil. Son aldeas como Kok Pung Tai. Hook es uno de sus pocos vecinos que maneja con fluidez el inglés. Esa ventaja le permite ejercer de improvisado guía y desvelar las tradiciones de su etnia, los katu. Bajo algunas casas pueden verse ataúdes de madera y cemento: “Cada vecino tiene que construir su propio ataúd y tenerlo listo antes de su muerte –afirma Hook–. Si muere antes de fabricarlo, su espíritu nunca descansará en paz”. Mientras fuma sin parar en una pipa de bambú de medio metro, el joven se detiene a charlar con un grupo de niños que también están fumando: “Dos de ellos están casados. Es muy habitual que los padres casen a sus hijos cuando tienen 8 o 9 años”.

No es la única tradición que cumplen sin rechistar unos jóvenes que, paradójicamente, ya disponen de perfiles en Facebook: “Las mujeres deben dar a luz en la selva, lejos del poblado. Las que fallecen durante el parto son enterradas en un cementerio aparte”. Antes de despedirse, Hook confiesa la kafkiana situación en que él mismo se encuentra en pleno siglo XXI: “No puedo entrar en ninguna casa del poblado, ni siquiera en las de mis hermanos. Tampoco puedo salir de la aldea. Mi delito fue mantener relaciones sexuales sin estar casado. Yo nunca lo confesé, pero el chamán lo descubrió realizando un ritual mágico con arroz y me castigó por ofender a los espíritus. No podré salir de aquí en toda mi vida”. Las palabras de Hook aún resuenan en la mente al reiniciar la travesía. Por delante, 800 kilómetros en los que el Mekong va dibujando la frontera entre Laos y Tailandia hasta llegar a Vientián, la capital del país. Es un paisaje que alterna los arrozales con tramos de selva tropical casi inmaculada. En el trayecto nos detenemos en Savannakhet, una ciudad que compite en belleza con la monumental Luang Prabang. Sus imponentes y deteriorados edificios coloniales convierten su centro histórico en un emplazamiento perfecto para detenerse unos días a explorar sus rincones, disfrutar de sus coquetos cafés, darse un masaje y visitar su curioso Museo de los Dinosaurios. La decadencia es bella en Savannakhet.

Viaje al centro de la Tierra

La siguiente parada, la ciudad de Thakhek, es la base de operaciones para realizar un recorrido legendario para los amantes de la aventura y de las dos ruedas: el Círculo. A lomos de una motocicleta se cabalga durante 500 kilómetros por paisajes cársticos salpicados de lagos, cuevas y paredes verticales por las que trepan grupos de avezados escaladores. La guinda la encontramos en Tham Kong Lo, una gruta de siete kilómetros surcada por un río que es posible recorrer en lancha. Un verdadero viaje al centro de la Tierra en medio de la oscuridad más absoluta y de un silencio solo roto por las gotas de agua que se precipitan desde las estalactitas.

Finalizada esta mítica ruta, nada detiene el viaje hasta llegar a Vientián. La capital de Laos atesora el encanto de otras ciudades del sureste asiático como Bangkok o Kuala Lumpur, pero manteniendo unos niveles de tráfico, ruido y polución muy aceptables. El paseo fluvial junto al Mekong es el corazón de la urbe. Allí se dan cita sus habitantes para hacer aerobic, visitar el mercado nocturno o pasear contemplando las vistas de Tailandia al otro lado del río. Las banderas rojas con la hoz y el martillo ondean por doquier, recordándonos que nos encontramos en una nación comunista. Paradójicamente, el comunismo capitalista de inspiración china que marca su economía ha atraído a numerosos ejecutivos occidentales. Ello, unido al auge del turismo y al surgimiento de una clase alta entre la élite comunista, ha hecho que la ciudad se llene de suculentos restaurantes, modernos bares y animadas salas de fiesta. Vientián es el mejor lugar para probar la gastronomía laosiana en todas sus versiones; por poco más de un euro se puede comer en un puesto ambulante unos pinchos de carne a la brasa, la tradicional ensalada picante (lahp) o una sopa de vegetales con fideos de arroz; si se prefiere, uno puede fundir su tarjeta en algún local donde se fusiona la cocina autóctona con la francesa.

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Desde Vientián, el Mekong lleva al este, brevemente, para después girar decididamente hacia el norte hasta alcanzar la villa imperial, Luang Prabang, ciudad de reyes desde hace más de 600 años, cuando se convirtió en la capital del poderoso imperio de Lane Xang: El reino de un millón de elefantes. Sus calles esconden innumerables casas de estilo colonial, un grandioso palacio real y un sinfín de templos budistas. A pesar de la masiva presencia de turistas y de que cada edificio se ha convertido en una tienda de recuerdos o en un restaurante, aún es posible encontrar en Luang Prabang rincones en los que sentir el ambiente apacible y espiritual que antaño se respiraba en toda la ciudad. 

La riqueza étnica del norte

La última etapa de este viaje conduce, lentamente, hacia la frontera con Myanmar y Tailandia. Hay que atravesar el Triángulo de Oro, otrora el mayor centro de producción mundial de opio. Una región hoy tranquila que permite desembarcar para conocer la zona de mayor riqueza étnica: el norte de Laos. La vieja carretera que conduce hacia el este lleva hasta la tranquila localidad de Muang Sing y las interesantes aldeas que la rodean. A la entrada de una de ellas se alza una inquietante estructura vertical, fabricada con bambú, de la que cuelgan extraños amuletos y una macabra cabeza de perro; se trata de la puerta de los espíritus con la que los akha tratan de frenar el paso a las ánimas perversas. En otros poblados se puede ver a las ancianas yao lucir sus grandes turbantes azules mientras se dejan la vista bordando coloridas figuras. En las aldeas hmong, las mujeres cuelgan mazorcas de maíz rojo de sus puertas para impedir la entrada de los malos espíritus.

Como colofón se visita el que probablemente sea el mercado más auténtico de Laos, Nambark, una cita que tiene lugar cada 15 días y que comienza de madrugada. Las vendedoras suplen la falta de luz natural con linternas frontales. Apenas han dormido. Pasada la medianoche cargaron con las raíces, especias y verduras recolectadas y partieron a pie desde sus aldeas ubicadas en las montañas cercanas. El mercado es una pequeña Torre de Babel en la que, visualmente, destacan las negras túnicas y los plateados tocados de las mujeres akha. Los primeros rayos de sol se reflejan en las pequeñas esferas metálicas y las antiguas monedas de la Indochina francesa que conforman sus llamativos casquetes. Sus bocas y dientes están teñidos de un color rojo vampírico. Es el efecto más evidente de su afición al betel, ancestral tradición y pequeño vicio consistente en mascar una mezcla de nuez de areca, hoja de betel, lima y tabaco que provoca una suave narcosis. Poco antes de las ocho de la mañana, buena parte de las mujeres emprenden el camino de regreso  hacia las montañas.

Es hora de volver al Mekong y retomar la ruta hacia el norte. El gran río abandona Laos y penetra en China, donde, vuelve a cambiar de nombre y de rostro para ofrecer al viajero un nuevo abanico de aventuras.

La Ruta Ho Chi Minh y los túneles de la guerrilla

Cuatro décadas de paz no han sido suficientes para cicatrizar las heridas de una cruenta guerra. Entre 1964 y 1973 la aviación estadounidense arrojó dos millones de toneladas de bombas sobre Laos. Los expertos calculan que un tercio de ellas no detonó, convirtiéndose en una amenaza letal para la población. Desde entonces, más de 20.000 laosianos, entre ellos 8.000 niños, han perdido la vida o sufrido amputaciones por la explosión de alguno de esos artefactos. Las zonas turísticas en su totalidad y la mayor parte de las áreas pobladas han sido limpiadas de estos mortíferos enemigos; aun así, es recomendable no salirse de los senderos. Los amantes de la Historia podrán caminar por los restos de la mítica Ruta Ho Chi Minh y visitar los túneles de Vieng Xai, donde la guerrilla se refugiaba de los bombardeos. Pero, además, el viajero encontrará restos de bombas que han sido reconvertidas en vigas, abrevaderos para el ganado, barbacoas o en simples elementos decorativos. Quizás la iniciativa más loable surgió en la pequeña aldea de Ban Napia; sus vecinos funden el aluminio de la chatarra bélica para fabricar pendientes, broches y cubiertos. Su lema parafrasea el mítico eslogan pacifista: “Haz cucharillas y no la guerra”.

Carlos Hernández

Las misteriosas sepulturas de la Llanura de las Jarras

Un inquietante silencio reina permanentemente en los ondulados campos que rodean la ciudad de Phonsavan. El aire azota estas colinas cubiertas de un verde perenne y de centenares de gigantescas vasijas de piedra diseminadas caprichosamente. Estas jarras milenarias, que llegan a alcanzar los tres metros de altura, despiertan la curiosidad de los escasos turistas y levantan pasiones entre los arqueólogos llegados de todo el planeta. Los aborígenes les atribuyen orígenes mágicos y relatan cómo, algunos días, se escuchan las voces de los gigantes que las fabricaron para degustar el tradicional low-low, un aguardiente de arroz que sigue siendo demasiado popular entre los laosianos. La realidad no es menos turbadora que la leyenda. Una civilización desconocida que habitaba la zona en la Edad de Hierro las construyó con fines funerarios. Los cadáveres eran introducidos en su interior hasta que se descomponían por completo. Posteriormente se recogían los huesos, que eran enterrados directamente en un hoyo o dentro de unas pequeñas urnas de cerámica. La trascendencia y singularidad de estas misteriosas sepulturas megalíticas llevó a la Unesco a declararlas Patrimonio de la Humanidad.

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