24 horas en Santander

Manuel Mateo Pérez
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Setecientas mil pesetas costó construir uno de los palacios más bellos de España. Setecientas mil pesetas del año 1912, todo un capital por entonces para un edificio de tono afrancesado y victoriano, muy al gusto de la época, que sirvió durante largos años de estancia estival para la familia real española. Antes de que la Segunda República mandara a Alfonso XIII a veranear fuera de España, Santander era su cita obligada durante los largos y ociosos meses de julio y agosto. En un alarde de generosidad, el pueblo regaló el palacio de la Magdalena a sus reyes, o más exacto sería decir que las obras fueron costeadas por la acaudalada burguesía de la ciudad. A cambio, la Corona cumplió fielmente con lo único que se le pedía: que cada verano llegara puntual a Santander con toda su corte de nobles aristócratas, funcionarios y consejeros.

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Hoy el palacio de la Magdalena no es la estancia veraniega para ningún miembro de la familia real. En cambio, es la sede de los cursos estivales de la Universidad Internacional Menéndez Pelayo, una de las instituciones académicas de más renombre en Europa. Los cursos de la UIMP y el Festival Internacional de Música de Santander, que se celebran desde principios de los años '90 en el Palacio de Festivales imaginado por Sáenz de Oiza, han hecho de la capital cántabra el más universal epicentro de la cultural del norte peninsular. No está lejos el recientemente inaugurado Centro Botín, que promete ser una de las grandes instituciones culturales de la ciudad.

Desde la península de la Magdalena Santander queda dividida en dos flancos. A la izquierda, se extiende la bahía, el paseo marítimo y la vieja ciudad decimonónica. A la derecha, el sol broncea la selecta playa del Sardinero, moteada por exclusivas urbanizaciones o instituciones sociales como el Casino.

Desde la Magdalena, además, se divisan las islas de Mouro, la Torre y Horadada. Pasado el mediodía es hora de bajar a la zona portuaria para comer. Los restaurantes ofrecen una carta muy marinera. Pero no conviene levantarse de ellos sin pedir las anchoas, quintaesencia de los pueblos que rodean la capital cántabra.

Del puerto parten barcos de recreo que dibujan una raya en el agua a la entrada de una bahía adornada por el paseo Pereda, el gran logro estético de la ciudad burguesa. A los pies de donde se alzan las más lujosas villas, morada de altos empresarios y banqueros, Santander se hace atrevida y mundana.

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La tarde es para dedicarla a andorrear por las calles comerciales. El comercio más exclusivo se cita entre las calles Hernán Cortés y avenida Calvo Sotelo, donde una gran mole de piedra se alza a modo de iglesia catedral. La plaza del Ayuntamiento, un edificio con cierto regusto neoclásico queda próximo a la biblioteca Menéndez Pidal, en cuyas estanterías de noble madera se atesora la sapiencia que ha ido forjando esta tierra a lo largo de muchos siglos de inspiración, laboriosidad y un incuestionable gusto por el buen vivir.

El Santander más animado suele reunirse a la noche entre sus plazas más famosas: de Pombo a la plaza Porticada. Todas las callejas que quedan en torno a estos dos grandes salones de estar están moteadas por tabernas y restaurantes de cocina tradicional. Saciado el estómago conviene volver al puerto por ver cómo las luces de la bahía se reflejan en sus quietas aguas.