Xuanzang, en busca de la sabiduría budista

Peregrinaje a la India cruzando el desierto del Gobi. El célebre bonzo (monje budista) chino fue un personaje de inteligencia y audacia mítica que en el año 629 puso rumbo al oeste en un viaje de dieciséis mil kilómetros por la ruta de la Seda. Sediento de conocimiento, arriesgó su vida en el Taklamakán y al atravesar las cadenas montañosas más altas de Asia para beber de las fuentes del budismo en India.

Meritxell-Anfitrite Álvarez Mongay
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Foto: Viajar

Xuanzang (c. 602-664) tuvo un sueño profético: iba montado sobre una flor de loto y surcaba los cielos, impulsado por una brisa sagrada hasta la cima del monte Meru. Al despertar, el joven monje emprendió un proyecto que le llevó mucho más lejos: se fue a India para estudiar los libros canónicos del budismo, porque en su China natal estaban mal traducidos. Partió de Xi’an con alevosía y nocturnidad, desobedeciendo un decreto que le prohibía salir al extranjero sin permiso imperial. Viajar indocumentado fue el menor de los contratiempos cuando se quedó sin agua y sin comida en pleno desierto del Gobi. Por fortuna, el dharma le protegía... También el rey de Turfán, que le aprovisionó con cartas de recomendación, oro, caballos y criados; se le murieron unos cuantos por avalanchas, frío y cansancio al cruzar las montañas Tian hacia el Kirguistán. Pasó por Taskent, Samarcanda, Bamiyán... Le atacaron bandidos y piratas, pero llegó entero a Nalanda, la universidad donde los sabios de Asia se formaban en filosofía, sánscrito, medicina, magia... Recorrió el subcontinente indio antes de regresar al Reino del Medio cargado de erudición y fama, además de 150 reliquias de Buda y 657 sutras. No le dio la vida para traducirlos todos. Poco antes de morir vio en sueños una flor blanca de loto.

Las fuentes sagradas del Ganges. | Viajar

El mono, el cerdo y el ogro

Xuanzang visitó más de cien reinos durante los dieciséis años que duró su peregrinaje. Dio cuenta de ellos en unas memorias que escribió por encargo del emperador, y cuyas descripciones sirvieron siglos después a arqueólogos como Aurel Stein. Sus aventuras se convirtieron en un mito y fueron la inspiración de Viaje al oeste, un clásico chino de la literatura universal publicado de forma anónima en 1590. El texto a continuación pertenece a esta novela en la edición de Siruela, donde Tripitaka es el monje budista y viaja protegido por tres discípulos: un mono (Wu-Kung), un cerdo (Ba-Chie) y un ogro (Bonzo Sha) con poderes sobrehumanos.

Escena de la novela “Viaje al Oeste”. | Viajar

"Como bien afirma el proverbio, no hay montaña capaz de poner freno a un camino"

Decíamos que no existía hombre más piadoso ni más sincero que Tripitaka Tang. Por eso, era protegido en todo momento por los dioses. Hasta los espíritus de las plantas y los árboles se ofrecían, gustosos, a custodiar su marcha. Tras una noche de discusión poética, consiguió escapar a la amenaza de los abrojos y las espinas y al enmarañamiento homicida de las enredaderas y los zarcillos de las vides. Fortalecidos por tal magnífica experiencia, continuaron su camino en dirección al Oeste. Pronto tocó a su fin el invierno y la primavera volvió a dejarse sentir por doquier. Adondequiera que se dirigiera la vista podía apreciarse la pujanza de la vida. ¿Cómo podía ser de otra forma, si la vara del carro de la Osa Mayor marcaba la dirección del yin? (…) Toda la montaña aparecía sumida en un juego de luces y sombras, que hacía pensar en las pinturas de Wang-Wei. Nadie, sin embargo, se deleitaba en tanta belleza, a excepción de las mariposas y las abejas. El maestro y sus discípulos preferían el lánguido aroma de las flores y el blando mullido de los prados. No tardaron en divisar a lo lejos una montaña tan alta que parecía tocar el cielo.

Las montañas Tian, en la frontera entre China y Kirguistán.  | Viajar

—¿Sabes qué altura tiene esa montaña? –preguntó Tripitaka a Wu-Kung, señalándola con la fusta–. Jamás había visto nada igual. Es como si perforara el azulado techo de los cielos.

—Ahora que lo mencionáis –respondió el Peregrino–, recuerdo un antiguo poema que decía: "El cielo todo lo cubre y ninguna montaña es capaz de igualar su altura". Pensándolo bien, esos versos debían de referirse a esa mole que tenemos delante. No creo que exista otra como ella. ¿Cómo es posible, de todas formas, que se adentre en los cielos?

—Si eso es tan raro –replicó Ba-Chie–, ¿por qué dice la gente que el Monte Kun-Lun es el sostén de lo alto?

—¿No has oído comentar que el cielo presenta un gran vacío en el noroeste? –contestó el Peregrino–. Como bien sabes, el Monte Kun-Lun se eleva precisamente en ese punto y ha hecho creer a muchos que es él el que llena ese hueco. De ahí que se afirme que es el sostén de lo alto.

—No le des tantas explicaciones, por favor –exclamó el Bonzo Sha, soltando la carcajada–. ¿No comprendes que las usará después para dárselas de listo ante los demás? Cuando hayamos escalado esa montaña, sabremos realmente la altura que tiene.

Las Cuevas de los Mil Budas de Bezeklik, en las Montañas Flameantes, cerca de Turfán. | willyseto / ISTOCK

Furioso, Ba-Chie trató de echarle mano, pero el maestro no le dio importancia. Espoleó al caballo y no tardaron en llegar a las estribaciones de la montaña. (…) La ascensión resultaba tan peligrosa, que podía afirmarse con toda seguridad que jamás se había atrevido nadie a poner los pies en aquel lugar. (…) De pronto se oyó el rugido de un tigre, tan estremecedor que les puso los pelos de punta a los caminantes, y apareció en el camino una manada de lobos y leopardos. Al verlos, Tripitaka sintió que el cuerpo se le quedaba sin fuerzas. Solo el Peregrino conservó la compostura. Sacudió ligeramente la barra de hierro y lanzó un grito tan espeluznante, que al instante huyeron, despavoridos, todos aquellos animales salvajes. Para evitar otro encuentro como aquel, abrió un nuevo camino que les llevó directamente hasta la cumbre. Después de trasponerla, iniciaron el descenso en dirección Oeste, que les condujo hasta una pequeña meseta bañada por una luz espiritual que emitía destellos de muchos colores. En uno de sus extremos se levantaba un espléndido edificio, del que salía una música de campanas tan armoniosas como la que se escucha en el palacio del Señor de Jade.