La Virgen Orante, por Espido Freire

"Ha pasado una década, y muchos de ellos habrán fallecido ya, pero no he olvidado a ninguno de ellos"

Espido Freire
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Foto: Carlos Alvarez / GETTY

De todo lo que nos traemos en los viajes hay recuerdos efímeros y certezas que no imaginamos que varíen nunca: son esos lugares que no visitamos en una primera ocasión por falta de tiempo o de información, pero que postergamos sin demasiada pena, porque no se moverán de ahí. Cuando visité Kiev y Dnipropetrovsk, con Juande Ramos, que entonces entrenaba el equipo de fútbol Dnipro, como amabilísimo anfitrión, no podía imaginar que aquello que entonces no veía quedaría suspendido en mi imaginación durante muchos años.

Juande abandonó aquella ciudad del este de Ucrania, a orillas del Dniéper, en mayo de 2014, tras la crisis de Crimea, que parecía hasta hace unas semanas contenida y olvidada. En aquel viaje fantaseé con que en algún momento pudiera adentrarme en la zona de exclusión de Chernóbil, tras varias entrevistas con samoselys de la zona, personas que han decidido, por varias razonas, vivir en esa zona: mentes curiosas, a menudo al borde de la razón, con una manera de ver el mundo y el momento absolutamente original. Ha pasado una década, y muchos de ellos habrán fallecido ya, pero no he olvidado a ninguno de ellos.

Raquel Marín

Pensé, tras ver los monumentos al Holodomor en Kiev, que algún día debía recorrer Járkov, donde la hambruna provocada por las políticas despiadadas y la represión política alcanzó las proporciones de genocidio; el sufrimiento de algunos territorios en el pasado nos permiten una ojeada a su presente. No solo la historia construye un carácter nacional, sino que los mitos fundacionales, los de resistencia, lucha u opresión lo moldean con enorme fuerza.

Pero, más allá del turismo de catástrofes, que entonces me parecía fascinante y que ahora veo de una manera completamente diferente, callejeé como una turista más por las calles y por las tiendas, compré bayas y conservas en los mercados locales, que mantenían las pesas romanas y la desconfianza mutua entre comprador y vendedor, que se vencía pronto.

Visité, como era obligado, la maravillosa catedral de Santa Sofía, pero un poco a la carrera, como entonces pasaba por los sitios e incluso por la vida, más fascinada por los detalles puntuales que por la complejidad y la belleza de este lugar, Patrimonio Mundial de la Unesco. Aún puedo evocar con una precisión milimétrica las cúpulas verdes y doradas, los ojos enormes y fijos de la Virgen Orante que nos mira atrapada entre sus pliegues azules en su fondo de mosaico; pero me pregunto si de saber que esta maravilla pudiera estar, unos años más tarde, en peligro de ser destruida por una ocupación rusa, no me hubiera detenido de otra manera, no hubiera valorado con otro cuidado aquello que estaba viendo y que no sé si podré admirar en lo que me quede de vida.

Hay un vínculo insondable entre la gente y su tierra, el que lleva a vivir y a morir defendiéndola: y otro por parte del viajero que ha rozado ese misterio y ese país, que lleva a querer lo mismo: la vida, la paz, el regreso.