Viaje alrededor de una copa de ‘gin and tonic', por Carlos Carnicero

Servido en copa alta de cristal fino con todo su ritual, tomar un gin tonic mientras se conversa es lo más parecido a un viaje.

Carlos Carnicero

El gin tonic es esencialmente una bebida respetable. A esta conclusión terminante llegué una noche tórrida del verano madrileño, en la calle de la Reina, donde mejor se rinde culto a esta bebida de origen y tradición británica. Hay tres establecimientos que cuidan esta mixtura como nadie. El Gin Club, habilitado como espacio alcohólico dentro de El Mercado de la Reina, un establecimiento honesto para comer ligero: tiene unos barman que miman hasta lo sublime la preparación del gin tonic. Hay casi una docena de referencias de ginebra, desde las más usuales hasta las británicas y francesas más sofisticadas. Algunas muy secas, otras afrutadas; las hay con aroma de vainilla, de avellana y de cardomo, desde luego.

La ceremonia alcanza el éxtasis en la forma de exprimir el jugo de la corteza de lima con dos pinzas contrapuestas para dejar el aroma en el borde de la copa, antes de dejarla suspendida sobre el gin. Después, el toque mágico al deslizar la tónica británica por el borde del agitador para que el gas no desaparezca en su mezcla final con el alcohol.

Al lado del Gin Club se encuentra también otro establecimiento emblemático de la noche madrileña: el Coq. En realidad es la trastienda histórica de Chicote, cuyas paredes han sido testigos del paso de la historia, desde que los brigadistas internacionales bajaban del frente de la Ciudad Universitaria para echar un trago y darse un revolcón. Sigue siendo refugio de periodistas, de actores de madrugada y de nostálgicos que tratan de aparentar que el tiempo no destruye nada.

Por último, pero no menos importante, está Del Diego, en donde un gin tonic en condiciones se puede alternar con una de las mejores croquetas de la noche de Madrid. Dicen las enciclopedias que transcurrieron muchos años desde que se dieron las condiciones iniciales para el nacimiento del gin tonic y su naturalización. Las crónicas dan cuenta de que en el año 1783, Johann Jacob Schweppe, joyero de origen alemán residente en la ciudad suiza, ideó un sistema para introducir anhídrido carbónico en el agua embotellada, dando origen a las bebidas gaseosas.

La malaria ayudó al nacimiento de la tónica por el sencillo procedimiento de inyectar quinina en el agua gaseosa. Luego los militares británicos, aficionados a las bebidas alcohólicas, decidieron que la mezcla de tónica con gin o ginebra era la forma más generosa de cuidar el cuerpo e inspirar el alma. Del gin tonic se afirma que es digestivo y sobre todo refrescante, porque siendo una bebida ligera no es dulce y tampoco excesivamente seca, admitiendo proporcionar la tónica y la ginebra para escalonar los tragos decidiendo la velocidad del derrumbe o sólo del entretenimiento. Servido en copa alta de cristal fino, de acuerdo al ritual descrito, es un viaje iniciático recorriendo los bordes de las emociones; mientras se conversa, a sorbos delicados y lentos, es lo más parecido a un viaje.

Dicen que en los fumaderos de opio se encontraba la forma más ligera, desdramatizada y lenta de conducirse voluntariamente a la muerte. En la calle de la Reina de Madrid, un día entre semana, cuando los locales no estén desbordados, se puede hacer un viaje lento, mesurado y tranquilo a la vida, porque al final, el lujo no tiene relación directa con el precio sino con la sensibilidad para encontrar un camino recorriendo el borde de una copa fina de cristal que contiene la pócima mágica de una excelente ginebra, agitada con cuidado su mezcla con la tónica. Y todo ello gracias a una eminencia, el señor Johann Jacob Schweppe, que a pesar de ser suizo y joyero descubrió que el gas y el agua provocan un milagro sencillo pero sofisticado para los tiempos de crisis. Con la dosis precisa de ginebra, desde luego.