Últimas plazas turísticas antes de la catástrofe, por Carlos Carnicero

El siglo XXI puede ser el de los sepultureros de nuestra civilización. La pugna será por ser los últimos en asistir a la agonía de un sistema.

Carlos Carnicero

Se me ocurrió la idea observando la oscura nube de humo que irradiaba el tubo del escape del colectivo, en la calle Paraguay antes de desembocar en la 9 de Julio, en Buenos Aires. Caminando por las calles me acordé de los combustibles sólidos: son escasos, pero no lo suficiente como para evitar el temido cambio climático. ¿O no es tan temido? Seguiremos quemando combustibles hasta que se acabe el último yacimiento. No falta mucho, pero sí lo sufi ciente para que el daño sea irremediable. El cambio climático no es otra cosa que el tránsito a la desaparición del mundo tal y como lo conocemos.
Las grandes catástrofes a plazo fijo no motivan ninguna voluntad de soslayarlas. En realidad, hay demasiados intereses en nuestro suicidio colectivo: nuestro modelo de economía global exige este holocausto ecológico. No tiene remedio sólo porque nadie le ha puesto, al plazo, fecha fija. Si Al Gore, en su campaña para salvar el planeta, hubiera señalado, por ejemplo, el 14 de abril de 2035 como el encuentro con el cataclismo, por lo menos algunos creyentes estarían haciendo novenas a San Francisco de Asís.
En estas cábalas se me ocurrió mixturar la preocupación con el negocio. No tengo noticia de que a nadie se le haya ocurrido explotar el nicho de mercado que significa conocer muchas de las cosas que ya no podrán observar nuestros descendientes. Un negocio redondo basado en el reclamo de la última oportunidad.
Empecemos por especies animales. Existe un catálogo de fauna en proceso de desaparición: se calcula que en 2035 habrá desaparecido el 30 por ciento de las especies. El reclamo para este tipo de turismo podría ser sencillo: apresúrese a despedirse de las víctimas de nuestro desarrollo. Podemos elaborar también una lista de lugares que serán sumergidos por las aguas. Y ni siquiera todos son remotos; los hay al alcance de casi todos los bolsillos. Un crucero por Hawai debiera incluir la visita a las islas que desaparecerán próximamente. Pero más cerca, al lado de casa, en el Levante español están la Albufera valenciana y el Mar Menor. No les queda nada. Incluso quienes tienen chalé adosado cerca del agua no han intuido el negocio a su alcance. ¡Pasen los últimos días al borde del lago marino antes de que todo lo inunde nuestra estulticia! ¡Últimas oportunidades a los escenarios naturales de Cañas y Barro; Blasco Ibáñez nunca imaginó que sus atmósferas desparecerían; aproveche la oferta!
Los bosques de hayas y castaños de Asturias tienen sus días contados. ¡Últimos recorridos por parajes que pronto serán desérticos! ¡Se acaban las plazas para bañarse en playas que serán inundadas por la subida de los mares! Dentro de poco, en muchas playas del Cantábrico habrá que zambullirse desde un pantalán en donde la arena estará sumergida.
Mientras se trabaja para ampliar la eslora y la manga del Canal de Panamá, los automóviles de todo el mundo inundan de CO2 la atmósfera para hacer que las crisis migratorias no busquen prosperidad sino supervivencia. Los ríos de Asia no podrán alimentarse del deshielo del Himalaya; el arroz, el maíz, muchos cultivos serán escasos. Es ocasión de apresurarse para viajar al Tíbet antes de que las cumbres nevadas sean unas rocas recalentadas al sol. Ni siquiera ha habido imaginación para sacar benefi cio a la catástrofe: un viaje al Estrecho de Magallanes debe tener el incentivo de ver los últimos pingüinos mientras las focas marinas empiezan a dudar del futuro que les aguarda. Todavía están a tiempo los afortunados en asistir a las últimas eclosiones del Perito Moreno. En la próxima campaña de esquí, en las estaciones españolas el reclamo puede tener el carácter dramático que tanto gusto da a los consumidores cuando la exclusividad es por próxima desaparición del producto; una especie de liquidación por cierre o por fi nal de existencias.
Si el siglo XIX fue la época de los grandes exploradores que encontraron lugares cuya existencia no se imaginaba, el siglo XXI puede ser el de los sepultureros de nuestra civilización. La pugna no será por descubrir nada nuevo sino por ser los últimos privilegiados en asistir a la agonía de un sistema. En realidad, es una magnífica idea que brindo para los especialistas en reality shows: un Gran Hermano en el que los elegidos disfrutarán los últimos días del Atolón de Mururoa, darán de comer a los últimos urogallos o acariciarán a las últimas tortugas caribeñas. El asunto tiene morbo y, por lo tanto, la audiencia está asegurada. A esta catástrofe todavía se le puede sacar rendimiento turístico.