Transtibetano: el tren del techo del mundo

DE PEKÍN A LHASA. Su fama no alcanza las cotas del Orient Express o del Transiberiano, pero realiza uno de los viajes más espectaculares del mundo, desde la imperial Pekín hasta Lhasa, la capital del Tíbet. Recorre más de 3.700 kilómetros por las tierras uniformes del campo chino, los desiertos que anuncian la Ruta de la Seda y las laderas del Himalaya. 

Pedro Ceinos
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Foto: Ángel López Soto

En los últimos años, casi sin hacer ruido, se ha abierto paso en las agendas de los aficionados a los trenes la última de las grandes rutas continentales: un largo viaje a través de más de tres mil kilómetros que conduce desde las suaves planicies de la capital de China hasta las nevadas cumbres del Himalaya. Se trata del ferrocarril Transtibetano, que cuenta con razones suficientes para formar parte del selecto club de los Grandes Expresos.

Angel López Soto

Unos ferrocarriles que tienen como característica común partir del mundo conocido e irse adentrando en otro cada vez más exótico, atravesando paisajes inhóspitos y regiones ignotas para acabar llegando a las cumbres de las civilizaciones más legendarias para los viajeros occidentales de la época: el Estambul del Orient Express, el Pekín del Transiberiano o la Lhasa del Transtibetano. Estos grandes trenes son la última oportunidad de recuperar la magia de los grandes viajes y a la vez constituyen una excepcional adaptación anímica para descubrir destinos que parecen surgidos del mundo de los sueños.  

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El ferrocarril Transtibetano es una ocasión sin igual para viajar a través de los distintos paisajes y culturas de China. Fue lanzado con mucha fanfarria en el año 2006 por un gobierno todavía ansioso por demostrar al mundo los logros de los que su tecnología era capaz. Y no era para menos pues en su construcción los ingenieros del país oriental se enfrentaron a un buen número de retos que pusieron a prueba el desarrollo de la ingeniería nacional: los tres retos principales a los que se enfrentó el proyecto fueron construir por primera vez un ferrocarril por encima de territorios donde el suelo está helado de forma permanente (permafrost), trabajar en los frágiles ecosistemas de la meseta de Qinghai-Tíbet y resolver los problemas que el déficit de oxígeno provocaba entre los trabajadores y las máquinas que utilizaban. 

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EL RETO DEL OXÍGENO

Como la mayor parte del tramo entre Qinghai y Tíbet está a más de 4.000 metros de altitud y su atmósfera solo tiene un 50-60% de la cantidad de oxígeno que en las tierras bajas, los lugares de construcción estaban equipados con puntos de producción y administración de oxígeno y con hospitales de campaña para atender a los casos más graves, trabajando los obreros en algunos tramos con bombonas de este gas.

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Para proteger en lo posible el frágil ecosistema se construyeron numerosos túneles y puentes, así como pasos para animales. Los 550 kilómetros de línea que atravesaban el permafrost supusieron un reto técnico sin precedentes que los ingenieros solucionaron con mil y una respuestas imaginativas, a veces construyendo puentes sobre el hielo, estabilizándolo con rocas o ideando sistemas que lo mantuvieran estable. 

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Aparentemente los trenes que realizan este recorrido son semejantes a otros trenes en China, tal vez un poco más limpios y cuidados que otros expresos, pero de hecho ellos también han sido acondicionados para viajar por esa gran altitud y hasta se ha creado una categoría nueva de trenes, la Z, para realizar este recorrido. Entre sus peculiaridades destacan que las locomotoras tienen un sistema de turboalimentación para combatir la escasez de oxígeno en el aire. Además, los vagones están presurizados como los aviones, creando a la vez un ambiente agradable y aislando los vagones de las temperaturas extremas del exterior y de la atmósfera enrarecida, con dos sistemas de suministro de oxígeno. Uno general, que se pone en marcha por los empleados del tren una vez que se pasa la parada de Golmud, y otro individual, que cada pasajero puede conectar con un tubo desechable proporcionado por los empleados. 

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Una vez en marcha los trenes, finalizado el asombro por los logros de la técnica, el recorrido no ha recibido toda la justicia que se merece por parte de las publicaciones y los agentes de turismo, debido en parte a la lejanía de China, a las dificultades del trayecto y a las trabas administrativas para viajar al Tíbet de forma independiente. Intentaremos ahora hacer justicia a este tren.

LA RUTA

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Actualmente hay dos trenes operando diariamente entre Pekín y Lhasa. En su camino atraviesan ocho estaciones intermedias, en las que se realizan paradas de entre 10 a 20 minutos, suficiente para estirar las piernas, pero no para conocer siquiera los alrededores de las estaciones. La capital de China, Pekín, donde arranca el viaje, no necesita más presentación. Baste recordar que es una de las ciudades más monumentales del planeta, conservando los palacios y templos de las dos últimas dinastías chinas. La salida de Pekín por la estación oeste sorprende al viajero cuando el tren se adentra en kilómetros y kilómetros de tierras fértiles, de una huerta exuberante solamente interrumpida por los rascacielos que surgen aislados como en mitad de la nada.

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Mejor pasar con rapidez Shijiazhuang. Es una ciudad de escasa fama y la poca que tiene la debe a encabezar sistemáticamente la lista de las ciudades más contaminadas de China. Taiyuan es la capital de la provincia de Shanxi, una gran desconocida fuera de China que conserva, no obstante, una cantidad asombrosa de reliquias de los tiempos pasados. Un poco al norte de la ciudad se encuentra la montaña Wutaishan, una de las cinco montañas sagradas para los budistas de China, pues se dice que es la residencia de Manjusri, el bodhisattva (ser supremo) de la sabiduría, uno de los más venerados por los Dalai Lama, que hicieron de esta montaña un peregrinaje obligado durante sus viajes a Pekín. Un poco más al norte se encuentra Datong, capital de un reino nómada sinizado, con sus ciclópeas esculturas de las grutas de Yungang.

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Si uno se dirige en cambio al sur de Taiyuan, se encontrará la antigua ciudad de Pingyao, la mejor conservada con la estructura y edificios tradicionales de China. Zhongwei es la única parada en la región autónoma de los musulmanes de Ningxia. Las tierras secas, amarillas, barridas por el viento, indican al viajero que se aleja del mundo chino. En el camino a Lanzhou el paisaje cambia por completo. Los vagones se abren paso entre territorios casi desérticos, y a pesar de que el tren avanza por terrenos que pueden sostener algunos cultivos, la sequedad y la soledad anuncian que nos encontramos en la puerta de la Ruta de la Seda. Una ruta plagada de sorpresas que se abandona cuando el tren se dirige al sur, hacia Xining.

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El gran lago Ginghai

Xining es una ciudad china, pero es una encrucijada de culturas única en Asia. A su alrededor se abren territorios poblados por tibetanos, mongoles y musulmanes pertenecientes a distintas minorías. Justo en las afueras de la ciudad se encuentra el monasterio de Taer, uno de los más importantes para los creyentes tibetanos, y un poco más lejos el magnífico lago Qinghai, que con sus 4.317 km2 es el más grande de China. El ferrocarril rodea el lago por el sur y ofrece buenas vistas de sus aguas azules, para adentrarse luego en medio de soledades cada vez más estremecedoras. Entre los puros paisajes de estas regiones pretibetanas, solo animados por la presencia ocasional de algún asentamiento nómada o unos pastores que dejan que el tren se lleve sus sueños, destacan los que se descubren en el valle de Chaidam. Antes de llegar a Golmud todavía se puede vislumbrar el tenebroso desierto en la lejanía. 

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Golmud era el Non Plus Ultra de la ruta por tierra hacia Lhasa. La puerta a una inmensidad helada de belleza estremecedora que solo los muy osados podían disfrutar. Un nudo de comunicaciones donde coches y camiones se preparaban para afrontar los peligros del frío y la altura que ha ido creciendo lentamente hasta convertirse en una pequeña ciudad. Hay que estar atento en las cercanías de Golmud pues en la Reserva Natural Kekexili hay veces que se pueden ver los antílopes tibetanos. Si el tiempo es claro, también se puede ver el pico Yuzhu, que con una altitud de 6.178 metros es la estribación oriental de los Montes Kunlun. 

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Según el tren se encamina hacia el paso de Tanggula, el más elevado del mundo (ver recuadro), uno descubre que la impresión que proporciona a veces la multiplicación de las rutas de comunicación por tierra, mar y aire, de que nuestro mundo se hace cada vez más pequeño y que hasta los rincones más remotos del mismo están ahora al alcance de la mano, es una sensación errónea. El tren avanza en medio de la nada, rodeado por miles de kilómetros de tierras salvajes e inexploradas de las que apenas se saben cuatro características básicas. 

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Al llegar a la estación de Ngachu uno se da cuenta de que se aproxima a Lhasa. Este es el extremo más favorable a la vida de la gran Meseta Tibetana. Una meseta que ocupa cientos de miles de kilómetros cuadrados, que soporta las condiciones más extremas de temperatura del planeta y fuertes vientos continuos. Es el hogar de varios miles de pastores nómadas tibetanos que se mueven estacionalmente con sus rebaños de yaks, ovejas y cabras en busca de las mejores oportunidades que ofrece la naturaleza. 

La ciudad de los dioses

Lhasa es la ciudad sagrada, el destino por excelencia de toda peregrinación, es el final óptimo para un viaje tan sorprendente como este. Su llegada convierte el recorrido en una gran experiencia espiritual que habrá contribuido a liberar al viajero de los anhelos y preocupaciones del mundo de los mortales antes de arribar a la residencia de los dioses. La visita a Lhasa tras el recorrido por las soledades majestuosas que atraviesa el ferrocarril cobra otro sentido. La llegada en tren a Lhasa convierte al viajero en un peregrino más, en un alma sencilla dispuesta a dejarse deslumbrar por los esplendores de la gran ciudad. El continuo dinamismo de la calle Barkor adquiere dimensión propia en el contraste con las desiertos páramos del mundo helado situado más al norte. Las exuberantes decoraciones de los templos y palacios de la capital enfatizan la grandeza de una ciudad constantemente enriquecida con la devoción de un mar de creyentes que se dejaron atrás con los monótonos paisajes del tren. 

Angel López Soto

En los grandes viajes en tren, el transporte es protagonista destacado del viaje. Recomendamos que se reserven literas blandas (en un compartimento de cuatro, cerrado) si se quiere disfrutar de la máxima comodidad, o las duras (en compartimentos de seis, abiertos) si se desea lo contrario. La vida social del tren se desarrolla en torno al vagón restaurante situado en el centro del convoy –que solo cuenta con platos de estilo chino a un precio razonable– y durante los paseos a lo largo de los vagones que ayudan a pasar la inactividad de las horas muertas. 

Ángel López Soto

Así se descubre que el propio tren es un microcosmos durante el recorrido. La composición de su pasaje varía según la región que recorre, y es un reflejo de las costumbres, los vestidos y la gente de ese territorio. Como si de un juego se tratara, el viajero puede ver que la composición étnica de los viajeros del interior del tren se corresponde con las variaciones geográficas del exterior. Esto es especialmente palpable en el último tramo del viaje, cuando la abundancia de tibetanos (algunos de ellos monjes), sentados en la mayor parte de los asientos, anuncia que se acerca el final del viaje: Lhasa. La aproximación gradual a los objetivos a visitar es una de las grandes ventajas que proporcionan los viajes en tren. Solo tras haber recorrido cada uno de los kilómetros que separan Pekín y el límite de las tierras de cultura china de las heladas soledades de las planicies tibetanas y Lhasa puede uno entender correctamente la historia y el pensamiento de estos pueblos. 

Angel López Soto

Un recorrido único

Tras haber atravesado los hostiles ambientes que todavía hoy son el hogar de cientos de miles de pastores tibetanos puede el viajero entender sus largas peregrinaciones en dirección a la ciudad santa. Ahora, cuando en las calles peatonales de Lhasa rompa el cerco del desconocimiento con un “Tashi delek” (buena suerte, en tibetano), estará dando a la palabra todo su sentido y deseando al peregrino que su largo y difícil viaje le sea afortunado. Las transformaciones que el viajero experimenta durante el viaje en este tren, en el aspecto paisajístico, cultural y humano, le proporcionan una visión única de un mundo, de un continente, llevándole a través de un singular calidoscopio geográfico y humano.

D.R

De los fastuosos monumentos de la capital imperial atravesará las tierras siempre uniformes trabajadas por el eterno campesino chino, los desiertos que anuncian la Ruta de la Seda, ese mundo de los nómadas tibetanos y mongoles inaprensible en toda su grandeza para todo el que no sea ellos mismos y, por fin, la ciudad santa de Lhasa. El Transtibetano tiene el interés suficiente para sumarse al selecto grupo de legendarios recorridos como el Orient Express o el Transiberiano, pues al igual que ellos condensa durante su recorrido la esencia del viaje.