Siempre Italia, por Javier Reverte

Se me hinca el alma al comprobar cómo Italia no cambia, cómo se aferra a su carácter único, cómo se empeña en seguir siendo ella misma, en mantener una parte de su corazón anclada en el pasado mientras que sus ojos no esquivan la mirada hacia el presente.

Javier Reverte

Tras más de cuatro años de ausencia, he vuelto a realizar, durante las últimas Navidades, un breve viaje a Italia, a las ciudades de Venecia y Roma. Y una vez más se me hincha el alma al comprobar cómo Italia no cambia, cómo se aferra a su carácter único, cómo se empeña en seguir siendo ella misma, en mantener una parte de su corazón anclada en el pasado mientras que sus ojos no esquivan la mirada hacia el presente. Alguien dijo que los italianos se empeñan en perpetuar la caricatura que han hecho de sí mismos y, tal vez, el juicio sea cierto. Exageran, gesticulan, exhiben a cualquier hora su portentoso talento para la mímica, te dicen las frases que estás deseando escuchar mientras sonríen para sí con sabia melancolía. Unos te interpretan un papel de Sordi, algunos el de Gassman y otros el de Mastroianni. Unas te exhiben su busto como la Loren, algunas las pantorrillas como la Mangano y otras te gruñen como la Magnani. Y, al contrario de lo que podría pensarse, tanto teatro no les ridiculiza sino que les hace, ante nosotros, más seguros de su propia naturaleza, firmes en su ego sutil y profundo. Una caricatura no es una ridiculez, sino una burla a medio camino entre la amabilidad y la crítica. La capacidad de reírse de uno mismo muestra, a la postre, una faceta liviana del equilibrio intelectual y, en ese sentido, los italianos saben reírse un poco de sí mismos al tiempo que se ríen algo de ti, turista amigo que llegas a esta tierra -parecen decirte- dispuesta a ofrecerte siempre lo que esperabas encontrar, para que no regreses decepcionado a casa y no puedas contar a tus familiares que los italianos siguen siendo lo que esperabas que fueran.

No es cosa baladí esa resistencia a dejar de ser lo que fuiste. Decía Fernand Braudel, el gran investigador-poeta del Mediterráneo, que en el universo que forman las orillas de este mar, al que concibe como una cultura en cierto modo única e integrada, lo antiquísimo convive con lo más rabiosamente contemporáneo. Este gran sabio francés murió en 1985 sin tiempo para ver, y quizás para su fortuna, cómo una buena parte del Mediterráneo, de "su" Mediterráneo, se desintegraba de pronto, atrapado por los brazos de la especulación, y caía en picado hacia la nada. Naturalmente que me refi ero a España cuando digo esto, y a propósito de ello he escrito alguna que otra línea en esta página. Pero no sucede así en Italia, por fortuna. Italia es sabia con hondura y con naturalidad. Allí creció Roma y allí germinó el Renacimiento. ¿Cómo van a rendirse los italianos ante el acoso de los nuevos horteras de este comienzo desaforado del siglo XXI?

Venecia continúa decrépita y solemne, pija y elegante, descascarillada, frágil y ardiente como un rubí en medio de un mar cochino. Huele a fango de alcantarilla, a sobaco de cura viejo, a cuarentona calentorra y a perfume de niña rica. Pero, a finales del último diciembre, el frío que venía del norte había limpiado el cielo de calima y los atardeceres lucían rosas como las perlas de los mares de Arabia, en donde tanto robaron los antiguos marinos venecianos. Al otro lado del Rialto, en la Nochebuena, los jóvenes atildados bebían altas copas de vino blanco casi helado, mientras la Luna era un gajo de naranja limpia que inundaba la altura de una luminosidad majestuosa.

Más al sur, en esa Roma repleta de turistas, en donde los clérigos sonríen como en ninguna otra parte del mundo -los curas españoles, por ejemplo, parecen esconderse en las esquinas de las calles para que no reparemos en su presencia, como si tuvieran vergüenza de ser lo que son-, la gente vivía un diciembre de alborozo permanente. ¡Cómo les gusta gritar a los romanos! Y se siguen haciendo las colas ante los restaurantes populares en medio de la calle, bajo el frío invernal, bajo la luz acerada y el aire denso del Tíber. No cambian porque no quieren cambiar. Italia te reconcilia con el ser mediterráneo. No va a rendirse. Por eso la amamos tanto.