Más de Nueva York, por Javier Reverte

NY tiene una estructura nórdica y un corazón sureño, un traje anglosajón y una ropa interior meridional.

Javier Reverte

Quizás lo más singular de la ciudad de Nueva York es que nunca se acaba de conocerla. O por lo menos que nunca se acaba para la literatura. Pero lo que me asombra en estos días, a causa de un libro, es que tampoco parece terminar nunca para la literatura española. Lo ha escrito Alfonso Armada para Espasa y se llama Nueva York, el deseo y la quimera. Es un libro estupendo, que no se parece a ninguno de los anteriores sobre la ciudad escritos por españoles, de la misma manera que ninguno de los otros se parecen entre ellos.

Los mitos literarios tienen dos cumbres neoyorquinas: la del viajero francés Paul Morand, que explica impecablemente la génesis de la ciudad, con caracteres casi bíblicos, y el Manhattan Transfer de Dos Passos, una novela que constituye una suerte de friso de personajes que van y vienen y describen entre todos lo que significa la vida de esta ciudad carnal y arisca, inabarcable y vigorosa, vesánica y apasionada. Todos los adjetivos le caben a Nueva York después de haber acabado de leer la novela. Como le caben al escuchar el himno dedicado por Frank Sinatra a la ciudad o los interminables homenajes de su rendido enamorado Woody Allen.

¿Alguien da más? Lo bueno de esta urbe es que parece que se ha dicho todo sobre ella y, a la postre, queda mucho por decir. ¿No es también una excelente novela sobre Nueva York la Maggie de Stephen Crane? ¿Y no lo son los textos de referencia sobre su carácter escritos por Djuna Barnes, o Pete Hamill, o André Maurois, o José Martí? Tantos...

A los españoles nos ha fascinado siempre, quizás porque se trata de la más latina de las ciudades de América, incluso más que muchas de Latinoamérica. Nueva York tiene una estructura nórdica y un corazón sureño, un traje anglosajón y una ropa interior meridional. Pocos han sabido cantarla con tal enjundia como García Lorca, que construyó el mejor libro de la historia del surrealismo poético precisamente sobre el alma de la ciudad, ese inimitable Poeta en Nueva York.

Decía aquello: "¡Qué ola de fango y luciérnagas sobre Nueva York!.../ Yo estaba en la terraza luchando con la luna./ Enjambres de ventanas acribillaban el muslo de la noche./ En mis ojos bebían las dulces vacas de los cielos/ y las brisas de largos remos/ golpeaban los cenicientos cristales del Broadway". ¿Por qué hubo de ser andaluz uno de los poetas que mejor cantaron -mejor incluso que Pound- el alma de una urbe engendrada por holandeses?

Otros españoles escribieron antaño sobre Nueva York, particularmente Julio Camba, que la llamó "la ciudad automática" y a la que dedicó un número importante de deliciosos artículos. También le dedicó su mirada Juan Ramón Jiménez. Pero la cosmopolita metrópoli ha seguido atrayendo las plumas españolas y no cesa de hacerlo, cual si fuera un misterio sin descifrar. "Cómo distinguir la verdad de la mentira -se pregunta Antonio Muñoz Molina en su lírico libro Ventanas de Manhattan- en una ciudad donde las dos parecen igual de inverosímiles". Y Enric González, en su Historias de Nueva York, nos traza un retrato perplejo, divertido y cargado de vocación de cronista sobre la historia de esta urbe estadounidense a la que nunca acabas de conocer.

El último en asomarse a la ciudad de los rascacielos ha sido Alfonso Armada. Y lo ha hecho con brillantez, desparpajo y, curiosamente, mezclando algo que sabe hacer muy bien, tal y como ha demostrado en otros libros: el lirismo con la crónica, la realidad con el sueño, la poesía con la carne. "La trama es la ciudad -nos dice de su obra-, un deseo y una quimera que aquí parecen la quintaesencia de las ciudades que nuestros antepasados han ido erigiendo a lo largo del tiempo que llevamos aquí". Pasen, pues, y lean.