Ginebra, por Javier Reverte

Ginebra, sede de la ONU y de la Cruz Roja, es famosa por ser tierra de acogida de políticos y pensadores descarriados.

Javier Reverte
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Foto: Raquel Aparicio

Uno pasea por las ciudades suizas y no hay un papel en el suelo, ni un borracho tirado junto a la farola en la noche del sábado, ni una voz más alta que otra, ni un policía que deje de controlar -sutilmente, eso sí- el simple aleteo de una mariposa que se mueva alrededor. Hay papeleras en las montañas y guardias forestales vestidos de uniforme tipo abuelo de Heidi para indicarte los senderos más apropiados. Solo les falta poner ascensores en los Alpes. Cualquier cosa está regulada por un Estado de apariencia tolerante y tan discreto que guarda el secreto de todas las cuentas bancarias, aunque éstas pudieran ser de reclutadores de terroristas islámicos, gánsteres de Sicilia, evasores de impuestos de toda Europa y deportistas de élite de cualquier rincón del planeta. Es un país ejemplar en su respeto a todos los golfos del planeta, sobre todo los que en mayor o menor grado delinquen con dinero. Y, eso sí, lo visten casi todo con un cierto toque de informalismo: por ejemplo, ves chicos en bicicleta, con coleta y pendiente, que parecen salidos de una foto de Podemos y resulta que son los herederos de un banquero que nada en billones, como el Tío Gilito de la factoría Disney. Los hijos del más feroz capitalismo se visten de hippies en Suiza, como en Seattle, y puede que incluso se fumen, de cuando en cuando, un pito de marihuana en aras de una apariencia transgresora, lo que resulta muy cool en estos tiempos.

De sus dotes creadoras e intelectuales vale destacar que su único gran invento fue el reloj de cuco (oído a Orson Welles en El Tercer Hombre). Y por no tener, ni siquiera echan mano de un idioma propio -la lengua nacional, el romanche, está a punto de desaparecer-, ya que utilizan siempre los de sus vecinos: alemán, francés y, en menor proporción, italiano. Sus más famosos personajes son el mítico arquero Guillermo Tell y el elegante tenista Roger Federer. Su mejor escritor, J.J. Rousseau, escribió en francés y pasó la mayor parte de su vida en Francia. La gran obra literaria del país -su Quijote o su Hamlet, por decirlo así- es Heidi, la que recorría las montañas dando saltitos con las cabras, escrito en alemán. Declarada, pues, y con ardor, mi pasión por Suiza, viene al pelo contar algo de lo que me he enterado recientemente. Como muchos lectores sabrán, el escritor argentino Jorge Luis Borges se educó de muchacho en Ginebra, durante los años de la Gran Guerra, y en 1986, cuando ya se sabía enfermo de un cáncer terminal, decidió trasladarse a la ciudad para pasar allí sus últimos días y ser enterrado al morir, por deseo propio, en el cementerio de Plaipalais. Borges amaba Ginebra, en sus palabras "una ciudad propicia a la felicidad", y de la que también dijo que era "una de mis patrias". Vivió alquilado en la ciudad vieja durante sus últimos meses, en un piso de un lujoso edificio cercano a la catedral, en la calle Grand Rue, no muy lejos de donde, en el siglo XVI, había elaborado sus doctrinas reformistas Calvino. Pues bien, cuando murió, el Ayuntamiento ginebrino quiso poner una placa en su recuerdo en la fachada del edificio. Y los dueños de los pisos -gente muy rica, sin duda- se opusieron, pues pensaban que dañaba la armonía del edificio.

Ginebra, sede de la ONU y de la Cruz Roja, es famosa por ser tierra de acogida de políticos y pensadores descarriados. Y yo estoy dispuesto a amarla el día que publique las listas de sus cuentas bancarias. A pesar de los vecinos de Borges.