El tesoro, de Torija, por Mariano López

La villa de Torija antes era la puerta de la Alcarria, ahora es la puerta de Guadalajara.

Mariano López

El castillo de Torija es de planta recia y altiva. En tiempos fue una ruina, pero lleva años recomponiendo su figura y ahora no le falta una almena. Este verano, acaba de inaugurar en su interior un laberinto de cuatro plantas con ordenadores, pantallas táctiles y televisiones de plasma, junto a los lienzos de piedra, las saeteras, los pórticos y los garitones. Dentro del laberinto, he visto bailar a los diablos de Luzón en tres dimensiones y me he llevado un lápiz de memoria con secretos que ya había olvidado: la ruta que lleva de Molina a Poveda, por los bordes del Alto Tajo; los pueblos entre Atienza y la Sierra de Ayllón; y el camino hasta la única hoz donde los buitres no vuelan por hambre sino porque les gusta el paisaje. El laberinto se llama CITUG, Centro de Interpretación Turística de Guadalajara, y es una obra admirable que no esconde misterios sino que los muestra. Orienta al viajero, le guía por el castillo y le enseña las muchas maneras de recorrer las tierras reunidas bajo el nombre del lugar que los árabes designaron como "Wad al Hayara", el río de la piedras, Guadalajara.

Torija ocupa un altiplano desde el que se divisa uno de los mejores caminos entre la meseta y Aragón. Se cree que la planta de su castillo pudo ser primero árabe, fue reformada por los templarios y adquirió su forma actual, ya en el siglo XV, por obra de Iñigo López de Mendoza y su familia, los Mendoza, los Médicis de la Mancha. Se sabe que el castillo tuvo foso y puente levadizo y que llegó a alojar a Carlos I y a Felipe II, agasajados con justas y torneos. La ruina le llegó durante la Guerra de la Independencia, cuando Juan Martín El Empecinado ordenó volar la fortaleza para que no cayera en manos de los franceses. En 1845, el párroco del pueblo declaró, en el primer inventario del Patrimonio Nacional, que el castillo estaba derruido. Y así seguía, o casi, cuando se lo encontró Camilo José Cela en su primer viaje a la Alcarria, en la primavera de 1946.

El castillo ha encontrado hueco, también, para las palabras de Cela. La torre del homenaje acoge el Museo del Viaje a la Alcarria, el único museo del mundo, dicen, dedicado a un libro. Hay fotos de los paisajes y los personajes que encontró el Nobel; también cerillos, zoquetas, trillos y mapas de escuela, de cuando los niños recitaban ocho pueblos de Guadalajara: Atienza, Sigüenza, Molina de Aragón, Pastrana, Cogolludo, Cifuentes, Brihuega y Sacedón. Cela estaría a muy gusto en esta torre, repantigado y feliz, rodeado por sus personajes y sus palabras, entre fotos que le recuerdan alto y delgado, curioso y andarín, muy viajero.

Torija antes era la puerta de la Alcarria, ahora es la puerta de Guadalajara. Una gran obra ha instalado ordenadores y otras máquinas del siglo XXI entre las piedras del año mil y ha creado un laberinto que conduce a un tesoro. El tesoro se llama Guadalajara. El viajero se ha llevado todo lo que necesita para descubrir el Hayedo de Tejera Negra, el río Gallo, las ruinas de Villacabras, la iglesia de Tortonda y la laguna encantada de La Hortezuela de Océn. Pero hay mucho más. En la tercera planta, leo: "En Sacedón el buen vino, en Poyos las aniebladas, en Buendía el mujerío y el azafrán en Villalba". La luz se cuela ahora por la terraza y saca brillo a los trastos del talabartero. Y yo creo que tardaré en salir del castillo. Me gusta este laberinto.