El peregrino, por Mariano López

"Ultreia", se dicen, que significa "Vamos más allá". "Suseia", se responden, que quiere decir "Y más arriba".

Mariano López

El tiempo es la única verdadera riqueza de los hombres, dice el judío Ben Saruq en El Peregrino, una deliciosa novela de Jesús Torbado que acaba de ser reeditada (Ediciones B) y que, como afirma con precisión y conocimiento de causa la portada del libro, es un "magnífico, irónico y pintoresco retrato de la España medieval", además de un gran libro de viajes. Su protagonista, Martín, viaja a Santiago de Compostela desde su aldea natal de Châtillon, entre Poitiers y Lyon, para escapar de la peste, buscar remedio a los males que han caído sobre su aldea, por sus muchos pecados, y beneficiar a su madre con su ausencia. Martín se echa al Camino cuando apenas han transcurrido unas décadas desde el año 1000. La Cristiandad aún cree que la Tierra muere en Galicia y que el Campo de las Estrellas, Compostela, es el nicho celeste donde se acuesta el Sol.

Martín verá otras muchas maravillas. Llegará a tocar de cerca los huesos del Apóstol, servirá al Rey de León, conocerá los secretos del Arca de Oviedo, oirá hablar sobre su propia santidad y comprenderá que no hay mejor vida que la del viajero ni mayor verdad que la que enseñan los viajes. ¡Herru Sánctiagu, got Sánctiagu! Señor Santiago, buen Santiago: gracias. Martín, el porquerizo, se convertirá en peregrino. Su viaje a Compostela será nuestro viaje y veremos, con el maestro Torbado, cómo era la vida en las tierras de León y de Galicia, en los caminos a Santiago de Compostela, bajo la Vía Láctea, en los tiempos oscuros del año mil.

Torbado se echa al Camino para crear con El Peregrino una novela de costumbres, de las costumbres de entonces, o sea, picaresca. El hambre, la necesidad, el miedo a la muerte y unas ganas, intensas, de vivir atraviesan la médula de todos los personajes que cruzan sus vidas por Estella, Sahagún o Foncebadón. Son monjes, caballeros, prostitutas, comerciantes, héroes, santos y bandidos. La mayoría busca reliquias. Las reliquias son el mayor de los tesoros, la llave de la riqueza terrenal y la salvación eterna. Los ojos y los oídos del porquerizo Martín se asombran por las reliquias que le va ofreciendo el Camino: una uña de San Juan el Bautista, una espina de los peces que Nuestro Señor multiplicó en Cafarnaún, el humo de las pajas del pesebre del Dios Niño encerrado en una ampolla.

Aquellas edades fueron también fértiles en leyendas. Como la de San Virila, que escuchó 300 años el canto de un ruiseñor, o como las de los santos Facundo y Primitivo, torturados una y otra vez por el mago Ático. Torbado está muy bien documentado. Es irreverente con las supersticiones y piadoso con las gentes que las animan. Sus personajes, salteadores, anacoretas, nobles y criminales, sólo aspiran a despertarse vivos al día siguiente. Moros, cristianos o judíos, no hay distinciones. Todos hallan refugio y esperanza en el Camino, que es una senda, un destino y una comunidad, la suya. "Ultreia", se dicen, que significa "Vamos más allá". "Suseia", se responden, que quiere decir "Y más arriba". El beneficio de la fe, dice un personaje, reside en el hecho de creer, no en lo que se cree.

El Peregrino ganó el Premio Ateneo de Sevilla cuando se publicó, en 1993. Antonio Gala alabó el exquisito léxico de la novela y la elegante mano de su autor, "un garbo -dijo- por el que se merece ser andaluz". Los lectores de esta revista conocen bien el excepcional talento narrativo de Jesús Torbado. Yo sólo quería comentar que es un placer releer esta maravillosa novela. Y que estoy de acuerdo con que el tiempo es la riqueza de los hombres. Cuando se emplea -tal y como decía una canción de Elis Regina- en los buenos amigos, los buenos discos y los buenos libros. Como El Peregrino.