El cielo de Océn, por Mariano López

Ha instalado el observatorio en un pueblo bendecido con el mejor cielo de Castilla-La Mancha.

Mariano López
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Foto: Jaime Martínez

Estoy en La Hortezuela de Océn, un pueblito humilde, antiguo y bello de Guadalajara, y acabo de ver cosas que no creeríais. Un astrónomo aficionado, Juan Carlos Garrido, ha levantado en este pueblo un observatorio mínimo pero espectacular, que acoge a los vecinos y a los turistas interesados en disfrutar de las estrellas. Está en un cerro, a las afueras del pueblo, en el camino hacia la laguna. Las paredes son de piedra, bajas, para no perder horizonte, y el techo de hierro, deslizable con la ayuda de un motor que apenas suena. Dentro, Juan Carlos ha emplazado un telescopio y un refractor, varios ordenadores, que le conectan con la NASA y la Agencia Espacial Europea, y un sistema que regula la temperatura, durante todo el año, de la instalación. Nadie le ha ayudado en este empeño. Es pura pasión personal: amor por las estrellas y el convencimiento de que ha instalado el observatorio en un pueblo bendecido con el mejor cielo de Castilla-La Mancha. El telescopio se estrenó con una visión de Júpiter, fue la primera, maravillosa imagen que apareció en el visor. Luego se han visto galaxias caníbales, las tres estrellas que forman el trapecio de Las Lobas, el corazón de Andrómeda y el Ojo de Dios, el ojo misterioso y profundo que forma la nebulosa de La Hélice. Hoy hemos visto, de día, el fuego que consume al fuego, las manchas del Sol.

Huele a ajedrea. Un olor parecido al del tomillo, pero más intenso. Suena la cháchara de los pájaros y se divisa un paisaje ocre, marrón y verde, con lomeríos, típico de la Alcarria, palabra árabe que significa, según algunos, terreno alto, raso, de poca hierba, y, según otros, lugar de pueblos pequeños, alquerías. A Manu Leguineche le cautivaron los colores, los sonidos, los olores y las formas de la Alcarria. En uno de sus mejores libros, La felicidad de la tierra, Manu describe el afecto que cobró a este paisaje y a su paisanaje, cómo aprendió a disfrutar de la visita de los pájaros, el sonido del búho, la estampida de las perdices, los horizontes siempre abiertos, sin límites -"como en África", decía-, la figura huidiza del corzo entre los pinares y el espectáculo de las encinas. Manu llegó a estar fascinado por una encina, a la que puso de nombre La Guardiana. "Su contemplación no cansa -escribió-. Es como el mar".

Se cree que esta tierra comenzó a ser habitada hace muchos siglos. Hay restos de una necrópolis celtíbera y se supone que existió un poblado medieval donde hoy se levanta la ermita, en el cerro más alto, entre farallones de roca con forma de dientes de sable. Allí estuvo Océn y abajo nació La Hortezuela, un pueblo chico de calles en radio que convergen en la plaza de Juan Plaza, un clérigo natural de La Hortezuela que llegó a ser obispo en el siglo XIX y ahora es recordado por una placa junto a la pared, aún firme, de un antiguo frontón de pelota. En la plaza nacen los dos barrios del pueblo, el que lleva hacia la iglesia y el que baja a la vega. Las calles son rectas y limpias; las casas, notables -algunas- por sus portones de madera y sus fachadas de arenisca. Hay un molino de harina y lo que queda de una antigua herrería, que, según se cuenta, fue gobernada por un sabio. En una de las casas próximas a la vega vive un periodista ilustre, Víctor Márquez Reviriego, buen amigo del primer director de esta revista, el añorado, querido, Luis Carandell.

Un arroyuelo con más voluntad que agua recorre la vega, baja al pilón -donde era costumbre tirar a las novias o novios que no eran del lugar- y alimenta con ganas la pila del lavadero. Hay fuentes con fama de milagrosas, como la que brota en el camino hacia Sotodosos, y una laguna, circular, de 600 pasos de circunferencia, según la geografía de Madoz, sobre la que no conviene preguntar a los vecinos del pueblo si uno no quiere que le atemoricen con sus leyendas.

A medianoche, brilla en el cielo Orión. Era la constelación preferida por el astrónomo que despertó mi afición a las estrellas, Fernando Martín Asín, amigo del cielo y de las historias que lo acompañan. "Orión -narra en su libro Atlas del Cielo- era un temible cazador que perseguía a Aldebarán, el toro del cielo, y llevaba siempre junto a él a sus dos perros, el Can Mayor y el Can Menor. Orión descubrió un precioso estanque donde cantan y se bañan las siete ninfas, hijas de Atlas. Júpiter se sintió ofendido por la curiosidad de Orión y envió al toro Taurus para cerrarle el paso. Luego dispuso que todos permanecieran eternamente en el cielo". Esta noche, el toro, las ninfas, los perros y el cazador seguro que están mirando, desde el cielo, a La Hortezuela de Océn. No sería de extrañar que hubieran advertido la presencia del telescopio de Juan Carlos, un observador indiscreto que enfoca hacia los campos de estrellas desde una loma que antaño fue un mar de espigas.

Me gusta esta tierra, su calma, sus colores y su cielo, celebro la pasión de Juan Carlos y la instalación de su formidable observatorio. He visto cosas, decía, que no creeríais, porque las emociones se mezclan, a veces, con la mirada, y me ha parecido notar que algunas estrellas me hablaban, estoy seguro de que eran gente conocida.

Es fácil dejarse llevar por las leyendas, la magia de este pueblo, querido, que hace muchos años me pareció que era grande y ahora me resulta breve, que de día es África y de noche se cubre con un paisaje precioso, infinito, de luces firmes y fugaces, un techo brillante y común para el corzo, el búho y la ajedrea, el cielo que ahora rastrea el observatorio astronómico de Juan Carlos Garrido. El cielo de Océn, el mejor cielo de Castilla-La Mancha.

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