Galicia y la Ruta de los Faros

Al filo de ese mar intratable que a tantos se ha tragado, un sendero de doscientos kilómetros hilvana por el litoral gallego la pescadora Malpica con el fin de la tierra. Hasta alcanzarlo en Finisterre, faros tan dramáticos como Punta Nariga, Roncudo, Vilán o Touriñán; lomas tapizadas de eucaliptus y pinares que se arriman a los acantilados y arenales solitarios, descomunales, pasmosamente vírgenes. Como advierten los “trasnos” –los duendes que merodean por estas trochas–, no se trata de un paseíto de coser y cantar, pero sí será, para el que se atreva a calzarse sus ocho etapas, un soberano espectáculo.

Elena del Amo
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Foto: LUIS DAVILLA

Desde la noche del naufragio, el 10 de noviembre de 1890, el mar no dejó de devolver cuerpos hasta Navidad. De los 175 tripulantes del buque escuela Serpent no se salvaron más que tres. Algunos nunca fueron encontrados. Los que sí, reposan frente a la Punta do Boi, donde encallaron, en el Cementerio de los Ingleses, que, en medio de un paisaje que no es de este mundo, se orilla a la duna rampante más grande de Galicia. Los muretes de piedra de este inquietante camposanto resisten al vendaval ante la zona cero de la Costa de la Muerte, un pedazo soberbio del litoral coruñés que, de faro en faro, se deja recorrer por un sendero al filo de los acantilados.

Parece que la denominación agorera de este tramo de costa no tiene en realidad que ver con su historial de hundimientos, y eso que solo en un siglo se contabilizaron cerca de centenar y medio. Al igual que Finisterre fuera bautizado por los romanos como “el fin de la tierra”, no pocos aseguran que su nombre alude de muy antiguo a que aquí, tan al Oeste, muere cada atardecer la luz del Sol. Fue ya cosa de la prensa británica del XIX, con el reguero de naufragios de la Royal Navy que siguieron al del Serpent, que se popularizara el mucho más sensacionalista nombre de Death Coast.

Aguas de trampas

El monte del cabo de Finisterre o el todavía más occidental cabo Touriñán ofician en las cartas náuticas como una referencia crucial para las rutas transoceánicas. De ahí que desde siempre tantos navíos hayan tenido que vérselas con sus marejadas y temporales, sus vientos pavorosos y el sindiós de roquedos de granito que una y mil veces recortan sus perfiles y salpican sus aguas de trampas. También estaban, o al menos así cuenta la leyenda, las de los piratas de tierra. Como en tantas orillas pobres de solemnidad, claro que se sacaba tajada de los naufragios, fuera saqueando los barcos destrozados o rapiñando cuanto arrastraban a tierra las olas. Sobre lo que hay versiones para todos los gustos es si algunas desgracias las provocaron los lugareños, dicen las malas lenguas que colocando candiles en los cuernos de las vacas para que, al ver su luz moviéndose en la lejanía, los marineros creyeran que de aquel lado navegaba otra embarcación y acabaran estampándose contra los riscos.

LUIS DAVILLA

Realidad, fantasía o hechos aislados fruto de la miseria, lo cierto es que raqueiros y praieiros protagonizaron una leyenda negra mucho más golosa para los lectores que incidir en la probada generosidad y el heroísmo de una población, entonces paupérrima y olvidada del mundo, por ayudar a tanto marino en apuros como socorrieron o recuperar sus cuerpos para darles sepultura. Muchos niegan la existencia de aquellos piratas de secano. Otros niegan incluso la de los trasnos, los diablillos que se parten haciendo de las suyas por las sendas de Galicia. Pero, al igual que las meigas, se ve que haberlos haylos, pues Traski ha ido dejando sus huellitas verdes a lo largo de los doscientos kilómetros del Camiño dos Faros.

La pista de “Traski”

Sobre una piedra, en el lomo de una barandilla o por cualquier superficie a la vista, de Malpica a Finisterre –y solo en ese sentido para no despistarse de su rastro– aparecerán las pisadas del duende, o un círculo o una flecha en verde chillón, guiando a los que se atreven por estos parajes de ensenadas y rocas, de bosques y arenales de una virginidad inaudita en la habitualmente enladrillada costa española. Sin encomendarse a nadie, seis trasnos con sus dos perros –es decir, los fundadores de la ahora asociación sin ánimo de lucro O Camiño dos Faros– comenzaron en 2012 a desbrozar trochas y a señalizarlas con las huellas de Traski para orientar a los senderistas por esta remota esquina que todavía conocen pocos. A veces la vegetación crece tanto que, rodeado de zarzas y helechos casi tan altos como uno, no resulta sencillo dar con la señal de por dónde tirar, aunque antes o después acabará apareciendo la pintada salvadora marcando la dirección.

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Tampoco será siempre fácil avanzar al filo de acantilados barridos por el viento sobre este sendero que en ocasiones se estrecha hasta convertirse en un camino de cabras. O auparse hasta alguna de las cimas que, sembradas de molinos eólicos, dejan a sus pies unas vistas de infarto. Aunque no atesore grandes alturas, el Camiño dos Faros, como coinciden todos los que lo han culminado, s un auténtico rompepiernas de continuas subidas y bajadas. No es preciso ser un campeón olímpico, pero sí estar en forma razonable, ir bien preparado y mejor calzado para enfrentarse a sus ocho etapas, cada una de una veintena de kilómetros y actualmente en proceso de homologación como GR o ruta de Gran Recorrido.

Ocho etapas a pie... o no

El Camiño dos Faros está concebido para recorrérselo a pie a lo largo de las siguientes ocho etapas: Malpica-Niñóns, Niñóns-Ponteceso, Ponteceso-Laxe, Laxe-Arou, Arou-Camariñas, Camariñas-Muxía, Muxía-Nemiña y Nemiña-Finisterre, aunque cada cual es muy dueño de hacerlo a su ritmo o de tomarse entre medias algunos días para descansar y conocer más a fondo sus principales atractivos y enclaves. También, quienes no estén por la labor de ultimar la totalidad de sus doscientos kilómetros siempre podrán decantarse por algunos de los tramos más sencillos –el tercero, cuarto y quinto–, e incluso llegarse en coche, a través de carreteritas comarcales entre los prados y el mar, para emprender caminatas puntuales por sus mejores escenarios. A lo largo de la primavera, desde hace ya ocho años, la asociación O Camiño dos Faros emprende la ruta con cientos de senderistas que, cada dos semanas, abordan una de sus etapas.

De Malpica al fin del mundo

Tras ajustarse unas buenas botas y planificar a conciencia cada jornada, el trekking arranca en la en otros tiempos ballenera Malpica. Si bien su puerto pesquero conserva el sabor de antaño, el pueblo, como casi todos los más grandes de la zona, sería la pesadilla de un urbanista. Cada casa es de su padre y de su madre, en un revoltijo caótico que sin embargo rezuma autenticidad y en cuyas tabernas de regusto marinero se come, como no podía ser de otra manera, de muerte. Salvo en aldeítas donde quedan cuatro gatos, cuajadas aquí sí de casonas de piedra y de hórreos en los que se sigue guardando la cosecha, no será pues la arquitectura sino la Naturaleza en mayúsculas el fuerte de esta costa que, de puro aislada y dejada de la mano de la Administración hasta hace bien poco, aprendió a funcionar con normas propias o, a tenor de su planificación urbana, en total ausencia de ellas. A sus paisajes, sin embargo, no hay guapo que les ponga ni un pero. Empezando por los que rodean Malpica.

LUIS DAVILLA

Entre playas y sembrados sin un alma a la vista, tras la ermita de San Adrián –o Santo Hadrián, según le dé a una nomenclatura que un poco a su aire también va– una pasarela de madera se asoma a las islas Sisargas, con su farito revoloteado por gaviotas y cormoranes. El siguiente, el de diseño y mejor armado de Punta Nariga, se adentra como una proa en un mar que, incluso en los días calmos, da miedo. También lo da, y mucho, el azote constante del viento, que obligará a ser de lo más cauteloso a lo largo de todo este recorrido cuya primera etapa termina en Niñóns, una maravilla de playa salvaje entre pinares que cada vez es más un secreto a voces.

La de Barda, tan escondida que se cuentan historias de contrabandistas de tabaco y fariña, es uno de los platos fuertes de la segunda jornada. Antes de ultimarla junto a las dunas cuasi caribeñas del estuario del río Anllóns, encoje el alma la fuerza del faro Roncudo. Allí los roquedos, salpicados de cruces blancas, recuerdan a algunos de tantos percebeiros como ha perdido la vecina república independiente de Corme, un pueblo de pescadores tan suyo que, desde que en 2002 un corte de luz les impidiera tomar las uvas en paz, celebran el Fin de Año en septiembre.

Al día siguiente, el impecablemente excavado castro celta de Borneiro y el dolmen de Dombate –algo así como la catedral del megalitismo en Galicia– preceden con unos retazos de historia al chapuzón en la playa perfecta de Rebordelo o la subida hasta los 312 metros del Monte Lourido, la cumbre de la Costa da Morte, amén de la dueña y señora de una de sus mejores vistas si la mañana anda clara. La próxima etapa arrancará en Laxe, cuyo señor playón urbano contrasta con las hechuras diminutas de su praia dos Cristais, donde un viejo vertedero de vidrio tuvo el detalle de devolver a tierra los despojos convertidos en repulidos cantos de cristales de colorines. Esta cuarta etapa, la más sencilla de todas, recala también por la surfera Soesto y por los casi tres kilómetros de arenal virgen de Traba. Desde allí, antes de alcanzar la aldeíta encajonada entre peñascos de Arou, aguarda un precioso paseo de roca y mar hasta Camelle.

Historias de naufragios

Imposible saber de qué barco se caerían las inmensas latas de mantequilla alemana que un percebeiro de Finisterre recuerda había, siendo él niño, en cada casa. Es imposible, también, saber cuántos habrán perecido desde la Antigüedad en este mar bravo que proporciona sustento, pero a cambio exige cada poco alguna pieza. El hundimiento de navíos como el Iris Hull, en 1883, o el Serpent, en 1890, provocó que los británicos denominarán como Costa de la Muerte estas aguas por las que también fueron sonados los naufragios del acorazado HMS Captain, donde se perdieron casi 500 vidas; el a su vez británico Sunrise, cuya treintena de tripulantes se salvó gracias a un pescador que faenaba cerca en su barquita de remos; el Priam, repleto de relojes de oro y plata que se repartieron los vecinos de Malpica, o el vapor francés Nil, un auténtico supermercado flotante cuya carga fue llegando hasta Arou y sus vecinos, convencidos de que aquellos botes blancos debían ser pintura, remozaron sus fachadas con leche condensada. Dramáticos, más recientemente, el del Casón, cuya misteriosa carga tóxica obligó a desalojar la zona, o el tristemente célebre petrolero Prestige.

LUIS DAVILLA

El anacoreta del “Prestige”

Este pueblo, uno de esos donde los vecinos se van a un recado dejando la compra en la puerta porque nadie se la lleva, es donde vivió como un ermitaño Manfred Gnädinger, alias Man, el alemán de Camelle o, para los de aquí, el tipiño. Con sus barbas de robinsón y a lo sumo un taparrabos, desde que se instaló en este rincón en los años 60 no paró de modelar las rocas y todo cuanto escupía el mar. Al mes de que el chapapote del Prestige emponzoñara su jardín de esculturas, este excéntrico icono de la Costa da Morte se murió literalmente de pena. Hace tres años, su obra de toda una vida se trasladaba a un moderno museo en su honor. Junto a la entrada, en una sala acristalada desde la que se ven las barcas, se reúnen a diario Angélica, Lola y demás palilleiras a “darle al bistec”, como apunta una de ellas señalándose la lengua, mientras trenzan a la velocidad de la luz los hilos de sus bolillos. Que no es solo un dicho eso de “donde hay redes hay encajes” lo demuestra este avenido grupito de esposas, madres y abuelas de pescadores, felices de pegar la hebra con los andarines que hacen aquí un alto en su camiño.

Les queda todavía por delante la etapa que, después de presentarle sus respetos a los enterrados por la ensenada del Trece en el Cementerio de los Ingleses, o tras tomarse un respiro en el café instalado en el mismísimo faro Vilán, finaliza en Camariñas. También la que, rumbo a Muxía y su santuario da Barca, recala por tesoros como la playa do Lago; la más extenuante hacia el cabo Touriñán y, a los postres, tras el paseo delicioso por la ría de Lires y los acantilados en picado sobre la praia do Rostro, la que pone la guinda en Finisterre. Ni más ni menos que un final de ruta en el fin del mundo.