Azores, las islas de las ballenas

Presumen las Azores, archipiélago portugués situado por la fuerza de los volcanes en medio del Atlántico como un oasis para navegantes oceánicos, de enviar con su anticiclón el buen tiempo hacia Europa. Y, sin embargo, no es tan popular que, aun estando tan próximas al continente, sus aguas litorales sean el mejor lugar europeo para descubrir a muchos de los gigantes del mar, las ballenas, y con ello ser testigos de uno de los mayores espectáculos naturales.

Ballenas
Ballenas / Juan Carlos Muñoz

Es una ballena de barbas! Grita entusiasmada la guía, una joven oceanógrafa canaria que pasa su verano trabajando con una de las empresas locales de avistamiento de ballenas de la isla Pico, la mejor del archipiélago de las Azores para buscar cetáceos. Los pasajeros, apenas acostumbrados a distinguir nada más que la inmensa masa de agua azul oscuro que salpica la embarcación neumática, se giran hacia el lugar donde emerge un gran lomo gris coronado por un espiráculo que identifica claramente a una ballena azul. El mayor animal vivo que habita el planeta (hasta 30 metros, la longitud de un Boeing 737) y que ha existido jamás está ante nuestros ojos. El sonido del aire que resopla por sus aventadores invade el silencio reverencial de la docena de observadores unidos por este emocionante y, sin duda, inolvidable momento.

El skipper, como familiarmente llaman en inglés al patrón de la embarcación, se sitúa en paralelo a la dirección en que navega la ballena azul, pero por detrás, para no interrumpir sus movimientos, apenas a unos quince metros. La siguiente vez que emerge evidencia ser una ballena de barbas cuando surge su gran boca tramada de líneas grisáceas verticales. Estas ballenas que perdieron sus dientes hace millones de años utilizan tales láminas de queratina, similares a las uñas de nuestros dedos, para filtrar el agua que pueden tragar al abrir su boca, aspirando un volumen similar a su peso. Puede inspirar un poco de temor contemplar su enorme tamaño de 180 toneladas, aunque el perfil de su maxilar curvado semejando una gran sonrisa parece mitigarlo. Sobre todo al saber que se alimenta de pequeñas gambas o krill del tamaño de un dedo meñique. Las aguas de las Azores, aunque ricas en alimento, solo las frecuentan de paso en sus tránsitos migracionales.

Algo más de tiempo permanece en ellas su pariente el rorcual común, que surge minutos después. Resulta inconfundible por su característico labio inferior derecho de color blanco, mientras que del otro lado su pigmentación es negra. Además de por su esbelto cuerpo y una velocidad que lo hace merecedor del apelativoel galgo de los océanos. Dos ejemplares salen al paso alejándose rápido y con sigilo, ya que ni siquiera sacan su cola del agua antes de sumergirse tras respirar. El skipper decide no permanecer más tiempo en su busca pues desde la costa de esa isla siempre presente en el horizonte, con su fisonomía presidida por el volcán Pico, la cumbre más alta de Portugal (2,351 metros), ha recibido el aviso del vigía. Ellos son los auténticos avistadores de ballenas que desde casetas situadas en las laderas de la isla avisaban de su localización, hasta los años 80 del pasado siglo, a las embarcaciones destinadas a la caza de ballena. Los descendientes de los antiguos y aguerridos balleneros se han convertido en observadores de ballenas.

El voraz cachalote

La familia de los mamíferos marinos es fascinante y muy diversaa, y observarlos en su medio natural lo hace aún más gratificante. Por ello la emoción vuelve a aguzar la vista al recibir la localización de un cachalote. Así, la embarcación vira con agilidad y acelera motores para ponerlo a la vista. No es uno, son dos ejemplares. Y afortunadamente es una madre que, aunque tímida, permanece confiada permitiendo que su cría se familiarice con ese extraño ser que son los humanos a bordo de ese otro pez flotante. Los cachalotes acuden a las aguas litorales de las Azores en busca de su riqueza en calamares, por lo que permanecen largas temporadas alimentándose en las proximidades de su costa. Ninguna salida de observación de cetáceos garantiza el encuentro con estos mamíferos marinos salvajes en libertad, pero en Azores es casi seguro el encuentro con algún cachalote y su extraordinaria presencia. Eso sí, hay que descubrirlos antes de que decidan sumergirse a comer ya que permanecen alrededor de media hora bajo el agua sin necesidad de regresar a la superficie para respirar. Además, son los grandes buceadores de los cetáceos pues nadan hasta dos kilómetros hacia el fondo del océano en busca del preciado bocado de calamares.

Afortunadamente continúa siendo la más abundante de las ballenas, a pesar de que fue la principal presa de la industria ballenera mundial por su grasa y su espermaceti, una cera casi líquida del interior de su cabeza empleada para fabricar velas en siglos pasados. Su gran cabeza, su color gris oscuro, su carácter familiar que les hace permanecer en grupos sociales y la posibilidad de avistar su aleta caudal, con su conspicua forma triangular, que sacan visiblemente del agua antes de sumergirse, los hace inconfundibles.

Después de esta sorprendente variedad de especies avistadas en apenas una salida, al pisar tierra firme, la isla negra, como se conoce a Pico, la más joven del archipiélago, todo seduce con su carácter único. Lo hacen con sus viñedos criados entre muros de piedra y sustrato volcánico que son considerados Patrimonio de la Humanidad, sus casas hechas con las piedras negras del basalto, o la historia que atesora Lajes, la más antigua población y en cuya iglesia Cristóbal Colón se arrodillaría a su regreso de América. Embriagadora con el aroma añejo de los viejos lagares algunos rodeados de dragos centenarios. Para rematar su disfrute con la ascensión al volcán Pico en un trekking que asoma al atardecer o amanecer más hermoso del Atlántico.

Entre Pico y la isla vecina Faial los delfines de diversas especies, siendo el de Risso el más llamativo por el color blanquecino y las numerosas marcas que distinguen su piel con la edad, hacen las delicias de los vistnates que viajan entre ellas en un trayecto de ferry que apenas dura media hora.

Faial es la prueba más reciente de que las islas Azores se sitúan en el encuentro de tres placas tectónicas. La última erupción ocurrió en 1957 y creó un nuevo territorio insular con el volcán de los Capelinhos. Hoy es un paisaje hermoso de intenso colorido volcánico, pero que anteriormente motivó la emigración de muchos azorenses a Norteamérica. Asomarse al cráter perfecto de la Caldeira que preside la isla o mejor aún descender hasta la exclusiva vegetación que ha colonizado su fondo es un viaje a otro mundo.

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