Polonia con mucho gusto: su gastronomía te sorprenderá

Abundante, suculenta… y a menudo desconocida, la cocina polaca se cuenta entre las más sabrosas de Europa. Platos contundentes basados en los productos silvestres y en las recetas de toda la vida

Noelia Ferreiro
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Puede que no lo sepas pero en Polonia el comer es un placer. Como encrucijada de las rutas comerciales entre Europa y Asia, sus fogones son el reflejo de su historia turbulenta y de su estratégica situación en el mapa, de las influencias que han vertido sus ilustres vecinos y de las múltiples minorías que han habitado el país durante siglos. El resultado sólo puede ser una cocina exquisita, ideal para los largos meses de frío y con el sabor popular de los productos de la tierra.

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Hay tres pilares básicos en el saber culinario de este país abrazado por Rusia y Alemania: los animales salvajes de los bosques, los pescados que se obtienen de su salida al mar Báltico y el trío vegetal (la col, la patata y el pepino) que son la base de la dieta polaca, preparados de incontables maneras. Tanto, que hasta son recogidos en un dicho popular: en Polonia, a los bebés no los traen las cigüeñas sino que se los encuentra en los campos de col.

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También hay dos platos polacos por excelencia: los pierogi, una suerte de empanadillas con diversos rellenos; y las sopas, de las que existen más de 200 variedades y que a veces se sirven en una hogaza de pan que hace las veces de plato. Los arenques (acompañados de diferentes salsas), el pan con manteca y pepino fermentado y el exquisito steak tartar (que se hace de solomillo de buey con guarnición) son bocados también muy comunes en la gastronomía de este país, que tiene en la variedad, tal vez, el rasgo más característico y que hace gala de una inteligente tendencia al aprovechamiento que resuelven con encurtidos, conservas, ahumados…

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Con los numerosos bosques que alfombran su territorio, los productos silvestres también juegan un papel primordial: carnes de caza, aves, setas y bayas. En primera línea figuran además los ricos quesos que se elaboran de manera artesanal y las ocas que se crían en las bucólicas granjas.

Y en la mesa polaca predomina a menudo el pescado, pero de aguas dulces. En definitiva, toda una diversidad de platos contundentes tan apetecibles como el bigos (un guiso de carne, tocino, col, cebolla, ciruelas secas y vino tinto, cuya elaboración puede alargarse hasta tres días) o las anguilas del Báltico con gelatina natural o el típico gulash (estofado de carne) a la polaca.

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En cuanto a los postres, dependen mucho de la temporada, aunque destacan los que se elaboran en verano directamente de las frutas. Esto y una lista interminable pasteles o crepes ponen la nota almibarada a esta cocina que combina los sabores de oriente y occidente, los métodos populares con los ingredientes exóticos, la exquisitez de la nobleza con la sabiduría del pueblo llano.

Y para regar tantos manjares está la bebida más consumida: el vodka que se elabora con sabores tan sugerentes como mandarina, caramelo o café. Manda la tradición polaca que ha de beberse bien frío, acompañado de arenques o frutos secos… o en lugar del vino, durante la comida.

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Para quienes no sean muy de su gusto, siempre quedará la cerveza, claro, con múltiples variantes artesanales. Y también un curioso trago típico del norte, más concretamente de la ciudad de Gdanzs: el goldwasser o agua de oro, elaborado con hierbas medicinales y partículas del preciado metal de 24 kilates.

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Un trago que por sus propiedades terapéuticas –dicen que alivia las dolencias reumáticas- ha sido codiciado por dirigentes como Nicolás Sarkozy, Margareth Thatcher o George Bush. Incluso el Papa Juan Pablo II se animó a brindar con goldwasser en una visita a esta metrópoli. Como se diría en Polonia… Nasdrovie! (¡buen provecho!).