Hemos encontrado el baño más apetecible del verano (y no, no está en la costa)

La comarca de La Vera merece una refrescante excursión

Noelia Ferreiro
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Foto: Nedrofly / ISTOCK

El agua a borbotones define el paisaje de esta comarca extremeña emplazada en la esquina noroccidental de Cáceres, allí donde la sierra de Gredos se descuelga para llegar hasta el río Tiétar. Es agua que baja con fuerza de las montañas y que, en su erosión arrolladora, ha terminado por labrar incontables oasis cristalinos. Agua que se materializa en un río, 47 gargantas y 1.423 arroyos donde darse un merecido chapuzón.

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Estas poderosas cascadas, estos refrescantes arroyos, charcas o piscinas naturales, son lo más parecido a la playa en las entrañas de Extremadura. Al fondo siempre quedarán las cumbres presididas por el Pico Almanzor y, escoltando los manantiales y los ríos saltarines, una ladera alfombrada de olivos y chumberas, de nogales y alcornoques que conforman un paisaje verde y fresco.

Aguas gélidas

Alardos, en Madrigal (casi todas las poblaciones llevan el apellido de la Vera), es tal vez la estampa más característica de la comarca con su puente de origen romano alzado 16 metros sobre el lecho del río. Aquí, bajo el arco de piedra, un estrechamiento rocoso sirve como concurrido lugar de baño en unas aguas frías, muy frías.

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Pero conviene avanzar hacia Villanueva para disfrutar de las piscinas naturales que conforman la garganta de Gualtaminos, no sin antes detenerse en el fenómeno más impactante de La Vera: el rugido de la espectacular Cascada del Diablo, un salto de más de 60 metros que se desploma vertiginoso sobre el valle.

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Como en la costa

También en Villanueva, aunque algo menos accesible, la garganta Minchones deja a su paso varios charcos bendecidos con un mayor caudal para nadar más a pierna suelta. Y lo mismo hace la garganta Jaranda a su paso por Jarandilla, y las de Guachos y San Gregorio, ambas en Aldeanueva.

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Ya en Losar, cerca de Robledillo, la garganta de Cuartos dibuja en estos días de sopor otra peculiar escena veraniega: un puente de cantería levantado en el siglo XV se eleva sobre unas aguas profundas en cuyas márgenes no faltan equipamientos de ocio tales como un restaurante, un bar y un merendero, al más puro estilo de los arenales de la costa.

Bellos pueblos

Pero así como el rumor constante de las aguas se erige en protagonista de esta tierra, tampoco hay que olvidar sus pueblos serranos, enmarcados siempre por la naturaleza. Pueblos que se esconden en el valle o que se agarran a la cresta de las lomas con una bella panorámica. Juntos conforman una magnífica muestra de esa arquitectura tradicional verata que decora sus cascos históricos, con sus entramados de madera y sus pintorescos soportales con robustas columnas de piedra.

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Conviene no perderse Villanueva y Valverde de la Vera para apreciar ese tipismo auténtico que se resiste a los embates del tiempo. Pero tampoco Losar, Jaraíz, Pasarón, Garganta la Olla, Guijo de Santa Bárbara o Cuacos de Yuste, donde Carlos V en sus horas más bajas dejó la huella de su presencia.

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La Vera fue el lugar en el que emperador puso sus ojos para saborear su retiro. Su viaje final por estas tierras de agua y piedra hasta alcanzar el Monasterio de Yuste (previo paso por el Castillo de los Condes de Oropesa, reconvertido hoy en el Parador de Jarandilla), conforma la ruta del emperador, uno de los cientos de recorridos turísticos de esta comarca impregnada de Historia.