Uganda salvaje

Un país como la mitad de España no deja de ser una nadería para las dimensiones bárbaras que se gastan estas latitudes; sin embargo, este verdísimo tarro de las esencias del África Ecuatorial concentra nada menos que la cordillera más alta del continente, las fuentes del Nilo que trajeran de cabeza a tantos exploradores decimonónicos y el privilegio de admirar a los últimos gorilas de montaña. Estos primos lejanos son para no pocos la razón de elegir Uganda. Y se equivocan, pues aquí les aguarda mucho más. Eclipsados por Kenia y Tanzania, los safaris convencionales tienen poco que envidiar a los de sus célebres vecinos, ¡y sin gramo de masificación!

Elena del Amo
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Foto: Sara Janini

"Las mañanas son de las jirafas; las tardes, de los elefantes". La máxima se cumple religiosamente en el Murchison, el Parque Nacional más antiguo y extenso de Uganda. Por sus casi 4.000 kilómetros cuadrados de sabanas y bosques ribereños podrán espiarse, a unas horas que se dirían pactadas, señoras manadas de estos dos gigantes, pero también rarezas como el oribí o el cainita picozapato, seis tipos de primates, amén de hienas, licaones, leopardos y, faltaría más, leones. Que su majestad campe a sus anchas por estos territorios no parece amilanar a los que se echan a caminar por esta descomunal zona de conservación accesible, en algunos tramos, a pie. El contacto con la naturaleza se reserva semejantes platos fuertes en este destino todavía minoritario del Este de África, donde las masificaciones en los safaris brillan por su ausencia y la relativa escasez de hedonistas lodges al estilo de los de Kenia o Tanzania se salda con el lujo, en absoluto menor, de acampar en plena espesura y despertarse cada mañana con los berridos de la fauna celebrando un día más haber sobrevivido a los peligros de la noche.

Cuentan que el topicazo de la perla de África se lo colgó a Uganda ni más ni menos que sir Winston Churchill tras enamorarse del país y contarlo en su libro My african journey. O puede que fuera alguno de los exploradores decimonónicos que, como Burton, Speke, Livingstone o Stanley, se desvivieron por localizar las fuentes del Nilo. Las cataratas Murchison, que dan hoy nombre a su primer Parque, las colocó en el mapa en 1864 la extravagante pareja formada por Samuel Baker y Florence Sass, rebautizándolas en honor al entonces presidente de la Real Sociedad Geográfica de Londres. Sin embargo, saltaron a la fama casi un siglo más tarde, cuando Hemingway y su cuarta esposa sufrieron junto a ellas un accidente de avioneta que casi no cuentan, o cuando el equipo de rodaje de La reina de África aterrizó por estos hostiles pagos. Las malas lenguas aseguran que John Huston eligió el lugar para salir a cazar, o que el director y Humphrey Bogart fueron los únicos de la troupe que no enfermaron gracias al riguroso tratamiento etílico al que se sometían, mientras Katharine Hepburn, abstemia recalcitrante que solo bebía agua, se agarró una buena disentería.

Imposible no recordar la escena en la que al cascarón con el que huían ambos protagonistas casi se lo tragan los rápidos cuando, tras embarcarse unas horas por el Nilo Blanco y caminar luego un buen trecho a su vera, el río, que por encima de esta triple cascada fluye mansamente por un ancho generoso de unos cincuenta metros, queda encajonado por una hendidura de apenas siete y, cual colador a presión, una tromba de agua se despeña contra los riscos con una potencia atronadora. Si ante los despampanantes paisajes africanos de la singladura habrán ido saliendo al paso cocodrilos, hipopótamos e infinidad de aves, de vuelta a los todoterreno será raro no toparse con el porte pandillero de los babuinos o los andares torcidos, como si hubieran hecho algo malo, de las hienas; con cantidades apabullantes de búfalos y antílopes, siempre alerta por si asomaran unas leonas con ganas de un tentempié o, con mucha suerte, con algún leopardo camuflado entre la vegetación.

El Parque Nacional de la Reina Isabel abarca dos mil kilómetros cuadrados de reserva natural. | Sara Janini

Salvar al rinoceronte

Aunque la fauna del Murchison se ha recuperado mucho de los años aciagos de Idi Amin que, entre otras barbaridades, casi acaban con sus jirafas y sus elefantes, ya no le quedan rinocerontes. Para lograr avistar al quinto de los big five no quedará otra que acercarse al santuario Ziwa Rhino, donde tratan de preservar estas fenomenales bestias en peligro de extinción en todo el continente por culpa de las cifras millonarias que los nuevos ricos de China y otros países del sureste asiático desembolsan por gozar de las supuestas propiedades afrodisiacas del polvo extraído de su cuerno.

Muy cerca también, por el verde rabioso del bosque de Budongo se camina en riguroso silencio tras los rastreadores a la búsqueda de los chimpancés que, de localizarse por las copas de las caobas, electrizan los sentidos con sus alaridos al percatarse de que un puñado de intrusos ha osado colarse en sus dominios. Si bien muchos eligen Uganda por el privilegio de mirar a los ojos a los últimos gorilas de montaña del planeta, los safaris en 4x4 por sus parques a rebosar de fauna no se quedan atrás, ni tampoco los trekkings al encuentro de estos primates por Budongo u otras tres reservas del país.

Parque Nacional del Bosque Impenetrable de Biwindi. | Sara Janini

Siempre al sur, rumbo a las colinas de los gorilas, la vida cotidiana discurre como un documental del otro lado de la ventanilla. Sobre el asfalto y las pistas de tierra roja ruedan camiones cargados hasta las trancas y un enjambre de motos con media familia a cuestas en precarios equilibrios sobre el sillín. O a reventar de racimos de plátanos con los que cocinar el matoke nuestro de cada día, de pilas de leña y chillones bidones amarillos repletos de agua. Al borde de los caminos, con a sus espaldas los maizales y las plantaciones de té, cacao o caña por las que doblan el espinazo las campesinas, una empalizada infinita de casitas de colores que les pintan gratis Airtel o el omnipresente detergente Magic a cambio de estamparles sus logos. En cada población no faltará la parada de moto-taxis que aquí llaman boda-bodas y los talleres donde arreglar tanto pinchazo como provocan sus carreteras molidas de baches; ni parrillas por las que se asan en plena calle las mazorcas y mesas de billar a la intemperie donde los chavales ven pasar las horas. Y en cuanto la chiquillería se percata de que hay blancos a la vista, un revuelo de carreras tras el coche y saludos desgañitados de bienvenida al grito de ¡Muzungu! Porque a sonrisas pocos ganan a los ugandeses.

Las Montañas de la Luna

Siguiendo el valle del Rift y el lago Albert que, al igual que el Edward, el George o el mismísimo lago Victoria, atestiguan la impronta colonial de Gran Bretaña, antes de alcanzar Fort Portal –la capital del reino de Toro– comienzan a despuntar entre las nubes las cumbres de hasta 5.000 metros de las Montañas de la Luna o cordillera del Rwenzori. Aguardan por aquí las caminatas entre el azul zafiro de lagos-cráter de Kasenda y los avistamientos, también a pie por el bosque de Kibale, de los colobos y cercopitecos que, entre muchos más primates, se balancean con sus saltos ingrávidos entre los ficus, las palmeras y los prunos africanos de esta reserva tropical. Tampoco habrá que tener mucha suerte para, en los safaris por el área de Ishasha del Parque Nacional Queen Elizabeth, toparse con alguno de sus leones de melena negra, e incluso con las leonas que, imitando a los leopardos, han aprendido a trepar con sus cachorros a los árboles para protegerlos del calor, las picaduras de los mosquitos y hasta de los predadores, incluido algún rey de la selva dispuesto a eliminar futuros rivales.

La gran diversidad de etnias hacen de Uganda un destino de, también, profundo interés humano. | Sara Janini

Los encuentros con los gorilas tampoco se garantizan por eso de no pillarse los dedos, aunque también se ven prácticamente siempre. La duda es cuánto habrá de caminarse entre las colinas embarradas por las que se refugian estos parientes lejanos de hasta más de doscientos kilos en canal. Ya lo avisan en el briefing previo a la expedición los guardas del Bosque Impenetrable de Bwindi, cuyo jefe, Geoffrey Twinomuhangi, presume lleno de orgullo que "de los diez parques nacionales que tenemos en Uganda, este no tiene comparación pues es el hogar de la mitad de los gorilas de montaña que quedan en el mundo". La aproximadamente otra mitad se la reparten las reservas de la cadena de volcanes de los Virunga, con porciones en la propia Uganda, Ruanda y la República Democrática del Congo. Entre los tres países apenas suman unos novecientos ejemplares, una cifra alentadora si se tiene en cuenta que las guerras de los 90 resultaron demoledoras también para estos animales, cuya población llegó entonces a estimarse en no más de seiscientos.

Familias de gorilas

En grupos de ocho visitantes, escoltados por un pequeño ejército de pisteros y porteadores en katiuskas, el trekking arranca al final de esta charla en la que los rangers, además de advertir que solo podrá permanecerse una hora con los gorilas, aleccionan sobre cómo comportarse una vez en su presencia. Los más afortunados apenas habrán de sudar un par de horas entre la espesa jungla por la que los rastreadores van abriendo el paso a golpe de machete, pero la cosa podría prolongarse unas extenuantes seis o siete más hasta dar con la familia que le haya sido asignada a cada equipo. Porque solo se accede hasta aquellas que los guardas, antes de arriesgarse a llevar viajeros, han ido visitando a diario durante unos dos años con el fin de acostumbrarlos a los humanos.

Los últimos refugios de los gorilas de montaña. | Sara Janini

Aseguran quienes han participado en estas fases iniciales de contacto que sobre todo los espalda plateada se muestran tremendamente agresivos en las primeras semanas. Y resulta fácil creerles cuando, tras localizar en un claro a nuestra familia de gorilas y pasar a su lado la hora más corta del mundo, dos machos jóvenes se arrancan a toda velocidad contra los muzungus y varios acaban rodando por el suelo. A pesar del susto, solo están jugando, o al menos eso dicen los guardas mientras urgen a despejar sin aspavientos la zona. En esta ocasión han sido los gorilas los que se han saltado a la torera la norma, en la que tanto se insistió durante el briefing, de no acercarse a menos de siete metros de los animales.

Los últimos refugios de los gorilas de montaña

Estos colosos de mirada conmovedoramente humana hoy solo viven en libertad en un puñado escaso de reservas de Uganda, Ruanda y la República Democrática del Congo. Si la inestabilidad política de este último sigue en ocasiones dificultando alcanzar sus dominios, en los dos primeros el encuentro con los gorilas está prácticamente garantizado. Los permisos para penetrar en las colinas donde se refugian oscilan en Uganda entre los 450 y los 600 $, una nadería comparado con los 1.500 $ que exigen en Ruanda, donde se accede con mayor facilidad gracias a unas mejores carreteras y, como denuncian algunos conservacionistas, habrá que caminar bastante menos hasta localizarlos, ya que se ha atraído a los animales cultivando cerca apetitosas, pero perjudiciales para su salud, plantaciones de caña de azúcar.

Línea del Ecuador en Uganda | Sara Janini

Puzzle étnico

Medio centenar de etnias, en su mayoría de origen nilótico y bantú, hacen de Uganda un destino de, también, profundo interés humano: desde los acholi y los pigmeos batwa, en cuya compañía emprender caminatas junto al Bosque Impenetrable de Bwindi, hasta los ankole, que portan el mismo nombre de las vacas de inmensos cuernos que merodean por todo el país, o los igualmente pastores karamojong de Kidepo. Esta espectacular zona en las lindes con Kenia y Sudán del Sur, de puro remoto a menudo protagoniza un segundo viaje a Uganda para los viajeros que no dispongan de como mínimo tres semanas para poder incluirla en su recorrido por lo mejor del país.