Split, la ciudad que nació de un palacio y hoy es un monumento vivo

La segunda metrópoli de Croacia esconde uno de los entramados urbanos más bonitos del Mediterráneo

Noelia Ferreiro
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Encajada entre las montañas y el Adriático, entre una cordillera accidentada y unas aguas de color zafiro, Split conjuga el pasado solemne con el latir de nuestros días hasta el punto de confundirlos en una solución mágica: la que expone los vestigios del ayer, como si rebobináramos en el tiempo, y a la vez los integra en la vida de hoy y con vistas al devenir del mañana. 

Alegre, dinámica y siempre soleada, muchos no saben que la segunda metrópoli de Croacia, la joya de la costa dálmata, es un palacio convertido en ciudad. Literalmente. 

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Split es el palacio de Diocleciano, el emperador romano que protagonizó las más sangrientas campañas contra los cristianos –cuentan que incluso ordenó el asesinato de su mujer y de su hija por convertirse a esta religión- y que, próximo a morir, llevó a cabo su gran deseo: la construcción de una majestuosa villa para su retiro.   

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Sucedió entre los años 295 y 305 d. C., cuando se levantó un palacio que era todo un alarde de ostentación y para el que no se escatimó ni un solo gasto: no sólo se importó mármol de Italia y Grecia, madera del Líbano y piedra de la isla de Brac, sino que también se trajeron columnas y esfinges egipcias. Y para dar forma a todo ello se emplearon a fondo más de diez mil esclavos. 

Un proyecto grandioso 

El resultado fue una obra descomunal (nada menos que 30.000 m2 de edificio y tres hectáreas de superficie) que, en su día, acariciaba el mar y quedaba protegida por cuatro murallas y cuatro puertas. Pero lo más sorprendente de todo es que, con el tiempo, la ciudad fue inmiscuyéndose en el palacio –o viceversa- y se fueron adosando viviendas. Y los sucesivos habitantes, que comenzaron a vivir entre sus muros, fueron incorporando todo tipo de elementos nuevos. 

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A priori, todo esto podría parecer un crimen. Pero nada más lejos de la realidad. Convertir el palacio en ciudad es lo mejor que le pudo pasar a este capricho de Diocleciano para no quedar reducido a un mero monumento. Hoy es el único resto romano lleno de actividad, en el que la gente entra y sale por su interior laberíntico, y donde hay tiendas, restaurantes y movimiento continuo. Donde hay vida, en definitiva, con el privilegio de que tomarse un simple café es un acto que se enmarca en paredes milenarias. 

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La mejor prueba de ello es, tal vez, el Peristilo, uno de los rincones con más encanto del conjunto. Aquí donde antaño se recibía a las delegaciones del Imperio, hoy luce una romántica cafetería que, en la noche, ofrece música en directo iluminada por velas. Al lado, paradojas de la historia, el famoso mausoleo con la tumba del emperador, que fue implacable contra el cristianismo, fue decretado catedral de Split. Dicen que se trata de la catedral más pequeña del mundo. 

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Placeres de la vida

Más allá de su esencia trufada de historia, Split es una ciudad completamente rendida al hedonismo. Su posición privilegiada, con un impresionante escenario natural, contribuye mucho a este hecho. La ciudad se eleva sobre una península coronada por el boscoso monte Marjam, bajo el cual se esconden calas flanqueadas de pinos. Pero este disfrute de la vida también tiene que ver con su buen clima, con el carácter abierto de sus gentes, con la excelencia de sus vinos y con una excelente gastronomía que es todo un festín de productos frescos de la tierra y del mar.

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Todo esto se aprecia a lo largo de La Riva, el bullicioso paseo marítimo de corte moderno y cosmopolita, donde dejarse ver en las terrazas de moda. Y también entre las callejuelas de piedra que se esconden a su espalda, en las que admirar el rastro de la dominación veneciana (fachadas renacentistas, colores pastel…) y, ya de paso, detenerse a tomar un aperitivo.