Sevilla para enamorarse

Ciudad para enamorarse una y mil veces. De ella y con ella. ¿Cómo no va a ser romántica si aquí nació el mismísimo Bécquer? (Y no. No nos ponemos cursis. Nos ponemos románticos. Muy románticos).

Yolanda Guirado
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Foto: Ruhey / ISTOCK

Que me perdone Roma. Que me perdonen los Londres y los Parises (que diría Javier Ruibal). Nos escapamos a Sevilla (En pareja, por supuesto). Por su río corre el romanticismo a raudales. Besos en el callejón del Agua. Paseos interminables por el barrio de Santa Cruz. Un crucero por  el río Guadalquivir dejando atrás la Torre del Oro. Una visita a las cubiertas de la catedral. 

El huerto claro, la fuente y el limonero 

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Sevilla en coche de caballos tiene otro ritmo. Otro pulso. Y se lo tomamos. Paseo en un carruaje y llegada a las inmediaciones de una de las calles más telegénicas de Sevilla. Dueñas. Ahí siguen intactos. El huerto claro. La fuente. El limonero. Y la esencia de un palacio sin en el que no se entiende Sevilla. Porque hablar del Palacio de las Dueñas es hablar de la Casa de Alba.

Y recordar a Antonio Machado. Esta fue la casa del poeta. Atravesar el enorme portalón del número 5, pasear por sus jardines, adentrarse en el Salón de La Gitana o descubrir las caballerizas. Hay que vivirlo para entender esos versos de uno de los grandes: “Mi infancia son recuerdos de un patio de Sevilla y un huerto claro donde madura el limonero…”

Un paseo por aquellos antiguos jardines de San Telmo

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O lo que es lo mismo, por el parque de María Luisa. El tiempo se detiene en estos jardines donados por la duquesa de Montpensier. Pasear por las glorietas de Cervantes o Bécquer y detenerse en el estanque de los Lotos, es el plan con mayúsculas para tomar un respiro. Nenúfares y lotos se reflejan en el agua entre pérgolas cubiertas de enredaderas.

El banco del fondo nos espera. Sevilla nos conquista por momentos. Muy cerca, el Costurero de la Reina. Una joya arquitectónica (neomudéjar, por cierto). Cuenta la leyenda que Doña María de las Mercedes subía aquí a coser. Hoy es la oficina de turismo de la ciudad. 

Imponentes vistas del Alminar de Sevilla

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Nunca pensamos que íbamos a verla así. La Giralda, más cerca que nunca desde aquí arriba.  Estamos en las cubiertas de la catedral. Vistas inesperadas de la Giralda. El Giraldillo se acerca un poco más mientras descubrimos cómo se levantó este edificio. Pasadizos secretos por mucho tiempo, azoteas e historias de la catedral gótica más grande del mundo. Ahora ante nuestros ojos. Cuentan que se levantó sobre una mezquita. Y que La Giralda fue testigo de aquellos años. A punto estuvieron de tirarla. Hoy, ascender al alminar de Sevilla nos hace contener el aliento. 

La plaza de Doña Elvira y el callejón del agua

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“Dime tú si te han besado en el callejón del Agua”... o en esa calleja que desemboca en la calle Vida. Pegada a uno de los muros de la ciudad, por aquí se suministraba el agua a los jardines de los Reales Alcázares y a la ciudad. Lo leemos en un azulejo en este callejón. Uno de los rincones mágicos que atesora Sevilla. Da igual la hora del día.

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Tampoco importa la estación del año. Apetece siempre. Cuesta dejarlo atrás. Tras recorrer esta estrecha calle nos dirigimos a la Plaza de Doña Elvira y llegamos a la de Santa Cruz. Aquí nació Murillo. Callejuelas llenas de leyendas. La de la Reja del Diablo nos encanta. (Nos perdemos, por supuesto. Fuera mapas. Es parte del encanto del antiguo barrio de la Judería).

Cuatro puentes, dos orillas

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Un monumento. Y vaya monumento. Natural por los 4 costados. Hablamos del río sevillano. Por supuesto. El Guadalquivir es la herencia de aquella Sevilla. Puerto fluvial. Respetada en todo el mundo. Testigo de declaraciones de amor. Hay para todos los gustos. Por eso dicen los sevillanos que si el río hablara...

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Recorremos en barco el mismo cauce de aquellos barcos que partían rumbo a las Indias desde estas aguas. Zarpamos desde el embarcadero de la Torre del  Oro.  Atravesar el puente de Isabel II por debajo es un lujo. (Y para los románticos más aventureros, una ruta en kayak o paddlesurf.)

Arco del postigo y Plaza del Cabildo

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Llegamos al barrio del Arenal. Lugar de recogimiento en la Semana de Pasión. El tiempo se detiene en la Madrugá del Viernes Santo cuando pasa El Gran Poder bajo el arco del Postigo del Aceite. El único postigo que queda en pie en la ciudad. Acceso de la enigmática muralla que salpica la ciudad.

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Atravesado este arco del siglo X, llegamos a la Plaza del Cabildo. (Escondida entre unos soportales, hay que buscarla bien para encontrarla). Uno de los muros que la rodean es la mismísima muralla árabe. El gentío de fuera contrasta con el silencio y la calma que aquí respiramos. El sonido de la fuente es terapéutico. Y los domingos, mercadillo de filatelia.

Un paseo en barca por la Plaza de España

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Los cuatro puentes que cruzan el canal de la Plaza de España simbolizan los antiguos reinos. Bajo ellos, un canal el que disfrutar con un paseo en barca de remos. Y así, recorremos el país entero entre azulejos y escudos. “Yo de Madrid, tú de Badajoz”. Todos buscamos nuestra provincia en esos bancos que rodean la plaza. Y todos la encontramos. Menos los sevillanos. La provincia no tiene banco que la represente. Porque ella acoge esta plaza que no deja indiferente a nadie. Da igual las veces que vayas. (Siempre sentirás que es ahí donde tienes que estar. Y con quien tienes que estar. Que no es poco).

Triana. Puente y aparte

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Y como Triana es puente y aparte, dejamos el barrio marinero para la próxima. Que será pronto. Antes de volver a casa, este artículo va por todos los rincones que no caben en estas líneas. Por el mercado de la calle Feria y el de Triana. Por la rociera Castilla. Por la Alameda de Hércules que vive en la calle. Por Los Remedios y esa herencia de la Exposición del 29 (que va mucho más allá de la Plaza de España).

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Por el Salvador y ese gentío que es la vida de Sevilla. Por la cuesta de Rosario y la puerta de Carmona. Por la antigua Tabacalera hoy universidad. Por Sierpes y por Cuna. Por San Francisco y la Plaza Nueva. Por el barrio de la Macarena. Solera pura. Conscientes de que nos dejamos tantos y tantos rincones… Conscientes (muy conscientes) de que regresamos enamorados hasta la médula. De Sevilla. Una y mil veces.