Una ruta mítica y remota: Tasmania 'on the road'

La isla del sur de Australia encierra una variedad y una belleza apabullante

Noelia Ferreiro
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Foto: JanelleLugge / ISTOCK

Carreteras solitarias, paisajes sin sombra de civilización y siempre el horizonte generoso de una naturaleza que todo lo envuelve. Pocos lugares hay como Tasmania para descubrir la viva encarnación de lo remoto, para aspirar la mística del fin del mundo. Recorrer esta isla que se descuelga al sur de Australia es adentrarse en uno de los territorios menos contaminados del planeta. Un lugar agraciado con nada menos que quince parques naturales cuajados de playas, lagos y bosques fluviales.

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La bella Tassie, como se le apoda de forma cariñosa, está dibujada con vastas extensiones vírgenes que, por su aislamiento y su vida salvaje, adquieren un componente épico. Un territorio en el que los espacios naturales ocupan el 40% de la superficie y en el que muchos de los parques tienen el título de patrimonio mundial.

Desde la capital

Aunque a Tasmania se suele llegar en ferry desde Melbourne (o en avión quienes no quieran perder tanto tiempo), la isla ha de explorarse por carretera, sin la dictadura de los horarios, como se hacen los grandes viajes. En la misma Hobart (la capital, que ejerce de puerta de entrada) existen varias oficinas de car renting donde adquirir el vehículo y ya de paso, disfrutar de uno de los pocos lugares donde encontrar atractivos urbanos (aunque en otras poblaciones como Launceston o Burnie hierve el panorama artístico).

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Emplazada entre colinas y bañada por el mar y por el estuario del río Derwent, Hobart es la ciudad más antigua de la isla, con una gran tradición musical y restaurantes de cocinas exóticas. No hay que perderse el animado Salamanca Market, el bello jardín botánico y el MONA (Museum of Old and New Art), ubicado en un edificio impactante.

Fauna sorprendente

Una vez devorada la capital, lo suyo es lanzarse a las pistas para disfrutar de una conducción apacible, alterada tan sólo por el peligro de atropellar a alguno de sus animales estrambóticos: ornitorrincos, wombats, equidnas... Una ruta por carretera que consiste en subir y bajar por una geografía escarpada en busca de los hitos del lugar.

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Hacia el norte, hay que descubrir la calma marinera de las islas satélites (King y Flinders), que son un santuario para miles de pájaros; explorar la impresionante Bay of Fire con sus largas playas de arena blanca separadas por rocas gigantes y visitar el Parque Nacional de Mount William, plagado de canguros y walabíes.

Mosaico de paisajes

En el centro, tras dejar atrás las soleadas llanuras de las Midlands, con sus mansiones georgianas al estilo de la campiña inglesa, hay que llegar a The Western Wilderness, la zona montañosa que alberga los grandes parques naturales de la isla. Entre ellos, el imprescindible Cradle Mountain y Lago San Clair, por donde transcurre el Sendero Overland (80,5 km para recorrer en seis días) que atraviesa elevadas cimas, bosques de eucaliptos y valles a merced de los vientos.

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El trayecto por carretera alterna los prados y las colinas, las cataratas y los lagos, las masas de pinos y de acacias, la selva tropical de Liffey Valley con las formaciones volcánicas de The Nut. Así se llega, ya en el sur, al Parque Nacional Freycinet, una península rodeada de playas blancas y aguas cristalinas donde se emplaza el rincón más fotografiado de Tasmania: la Bahía de Wineglass, un entrante de mar con la forma perfecta de una copa de vino, que debe su nombre a la sangre que antaño teñía las aguas durante la caza de las ballenas.