Península de Snaefellsness: Islandia en miniatura

Aquí el viajero pierde por completo la noción del tiempo.

Carlos Hernández de Miguel
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Foto: Carlos Hernández de Miguel

En nuestro planeta los lugares verdaderamente privilegiados, turísticamente hablando, son aquellos en los que el viajero pierde por completo la noción del tiempo. Aquellos en que, cada pocos minutos, un nuevo paisaje perfecto mejora al anterior… supera a ese escenario idílico que ya parecía insuperable. Aquellos en los que las visitas, planificadas para durar medio día, se acaban prolongando hasta bien entrada la noche, dejando una agridulce sensación final de que ha quedado mucho… demasiado por descubrir.

Uno de esos lugares es la pequeña península de Snaefellsness. Noventa kilómetros de este a oeste y solo treinta de sur a norte en los que se concentran, a pequeña escala, todos los atractivos de un paraíso natural como es Islandia. Es aquí donde Julio Verne desarrolló la trama de su épico Viaje al centro de la Tierra. Un enclave de glaciares, fiordos, volcanes, cuevas, abruptos acantilados, pintorescos poblados en los que habitan pescadores que aún se dedican a la caza de la ballena y del tiburón. La granja de uno de ellos, Hildibrandur Bjarnason, es el lugar ideal para comenzar nuestro recorrido por esta Islandia en miniatura.

Hace años era realmente peligroso porque se adentraban en el océano en pequeñas barcas de madera. Ahora duermo más tranquila porque sale de pesca en un moderno barco que es muy seguro”. Hrefna es la esposa de Hildibrandur, uno de los últimos islandeses que se dedica a la pesca del tiburón de Groenlandia. Su familia lleva más de 600 años, generación tras generación, dedicada a este ancestral oficio. “Nuestros antepasados solo se comían el hígado del animal porque su carne era venenosa; puro amoniaco. Las hambrunas hicieron que acabaran hallando la forma de procesarla para el consumo humano”. Hrefna nos muestra cómo hoy se sigue utilizando el mismo método para hacer comestible la hedionda carne de este peculiar tiburón que puede alcanzar los 800 kilos de peso: “Durante 3 o 4 semanas se apilan los trozos en cajas para que su propio peso le haga expulsar parte del amoniaco. Luego hay que dejarlos secar, a la fría intemperie, 6 meses más”.

Cientos de trozos cuelgan, como si fueran jamones, del techo del secadero. Cada invierno su marido y su hijo Gudjón, que ha decidido continuar la tradición familiar, pescan unos 60 tiburones: “Tras procesarla la carne queda blanca, como el queso. Probadla”, dice Hrefna. El sabor es embriagadoramente intenso y conserva un profundo aroma a amoniaco. Definitivamente no es un plato para todos los paladares, pero para alegría de los Bjarnason el tiburón de Groenlandia se ha convertido en un manjar muy demandado por los restaurantes de toda la isla. La familia complementa sus ingresos con la entrada que cobran a los viajeros por visitar un pequeño museo en el que exponen desde aparejos marineros hasta pieles de osos polares y restos de otros animales que padre e hijo encontraron en los estómagos de los tiburones capturados.

Tierra de agua, hielo y fuego

Una pequeña pista de grava congelada nos conduce desde la granja hasta la carretera 54, que nos permitirá circunvalar la península de Snaefellsnes. La sal esparcida por las quitanieves posibilita la circulación durante todo el año. En  apenas seis kilómetros, la ruta atraviesa dos abruptos fiordos. El segundo de ellos, el Kolgrafar, cuenta con varios miradores a cual más espectacular. Cuando aún no nos hemos repuesto de unos paisajes más propios de otro planeta, alcanzamos el que quizás sea el lugar más fotografiado de todo el país: la montaña de Kirkjufell. Rodeada por el mar, su imponente apariencia resalta, aún más, desde la cercana cascada.

Carlos Hernández de Miguel

La 54 sigue su recorrido hacia el oeste sin despegarse del asalvajado Atlántico Norte. De cuando en cuando aparece alguna granja, en cuyas proximidades pacen mansamente manadas de caballos islandeses. Este animal, el más representativo del país, destaca por su corta estatura, apenas un metro y treinta centímetros, y por su robusto pelaje. Los turistas poco documentados se fotografían junto a ellos creyendo que se trata de ponis, cuando en realidad están ante una especie única. Importada por las tribus vikingas hace más de 1.100 años,  la raza equina islandesa ha conservado su pureza por el aislamiento al que ha estado sometida esta remota nación.

Los apacibles caballos se siguen avistando hasta llegar a la “gran ciudad” de la península: Hellisandur, una encantadora localidad de apenas 400 habitantes. Algunas de sus casas todavía conservan los tradicionales techos de césped, utilizados desde tiempos ancestrales para protegerse de la adversa climatología. Tras cruzar el pueblo, la carretera gira hacia el sur indicándonos que hemos alcanzado el extremo occidental de la península; solo tendremos que recorrer 25 kilómetros para atravesar completamente Snaefellsnes, de norte a sur. El océano vuelve a abrirse ante nosotros brindándonos un espectáculo sobrecogedor. Estamos en Djúpalónssandur. Varios senderos nos permiten acceder a la inmensa playa de arena negra o recorrer por la cumbre los afilados acantilados que la rodean.

Carlos Hernández de Miguel

Viaje al centro de la Tierra

Está a punto de anochecer y apenas nos hemos acordado del motivo que atrae hasta aquí, cada año, a miles de visitantes. Esta zona de la península, atrapada entre el Atlántico y el glaciar Snaefells, fue el escenario elegido por el padre de la ciencia ficción para situar a los personajes de una de sus novelas más conocida y reconocida. Julio Verne nunca estuvo en Islandia, pero tras documentarse concienzudamente decidió que su Viaje al centro de la Tierra debía partir desde este lugar. Los protagonistas, el profesor Otto Lidenbrock y su sobrino Axel, se adentraban en las entrañas de la tierra descendiendo por el cráter del Snaefells. El volcán lleva 800 años inactivo y cubierto por toneladas de hielo del glaciar con que comparte hasta el nombre. Verne pasó por alto este “pequeño” detalle por lo que nuestra aventura tendrá que ser mucho más modesta que la del excéntrico Lidenbrock.

Carlos Hernández de Miguel

Entre campos de lava, una pista de grava conduce hasta el Saxholl, un pequeño pero estilizado volcán. Para contemplar su apagada caldera es posible ascender hasta su cumbre, situada a algo más de 100 metros de altura, a través de una escalera siempre expuesta al gélido viento invernal. Catorce kilómetros más al sur, rodeando el gran glaciar por el oeste, alcanzamos nuestra humilde puerta de entrada al centro de la Tierra. Tres tubos de lava, a diferentes niveles, conforman la cueva de Vatnshellir. Una empinada escalera metálica nos sumerge en la profunda oscuridad de la gruta, solo rota por los haces de luz de nuestras linternas. Abierta al público en 2011, las caprichosas formaciones creadas por la acción de la lava tienen una antigüedad de entre 6.000 y 8.000 años. Durante una hora recorremos los 200 metros de galerías acompañados, únicamente, por el rítmico sonido del agua que se filtra desde el techo. Solo hemos descendido 35 metros pero no dejamos de sentirnos más cerca que nunca del verdadero centro de la Tierra.

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