Paseo por el esplendor barroco de Murcia

El aroma de los naranjos acompaña los pasos del viajero por el casco antiguo de la capital murciana, alegre y bulliciosa, animada siempre. La ciudad está hecha para caminar, llena de rincones barnizados con un poco de historia. Árabe y barroca, Murcia es una ciudad muy acogedora que recibe a todo el mundo con los brazos abiertos.

Silvia Roba

Podría haber elegido cualquier medio de transporte -el aeropuerto está a 20 minutos-. Tras llegar a la Estación del Carmen , bajo la pasarela construida por Santiago Calatrava, muy al estilo de las de Valencia, y compruebo que el Segura está casi seco. Un poco más allá se alza el Puente de los Peligros, cuyo nombre recuerda que, siglos atrás, Murcia sufría inundaciones. Cómo han cambiado los tiempos...

Las mañanas en la ciudad comienzan en la Plaza del Cardenal Belluga, un buen lugar para desayunar en alguna de sus terrazas. Elijo la chocolatería Valor y, mientras degusto mi primer café, observo el contraste arquitectónico de sus dos laterales. El Edificio Moneo mira de frente a la Catedral, como retándola a los nuevos tiempos. Echo un vistazo a las obras de restauración y aprovecho para entrar. Con las visitas a las iglesias pasa lo mismo que con las misas de las bodas: se puede hacer por la vía rápida o por la vía corta. Tengo poco tiempo, así que voy a lo esencial.

La Catedral, construida entre los siglos XIV y XVIII, tiene tres grandes joyas: el retablo mayor, donde se encuentra en una urna el corazón de Alfonso X El Sabio, el San Jerónimo de Salzillo y la capilla de los Vélez, de estilo gótico, con ornamentos de influencia musulmana. Por fuera, esta capilla resulta sobria, con una cadena en piedra a la que hay que buscar un eslabón roto. Lo intento, pero no lo encuentro, así que me decido a entrar en la tienda de artesanía que hay justo enfrente, en la calle de los Apóstoles. Venden camisetas y souvenirs made in Murcia, pero lo que más me gusta es su nombre, Paparajote, en clara alusión al dulce más típico de la ciudad: una hoja de limón rebozada con masa de harina y un poco de azúcar.

El casco antiguo de Murcia se extiende en torno a la Catedral. Justo detrás de ella arranca la calle Trapería, la más famosa de Murcia, la de los bancos y comercios, donde se ubica el Casino. Es un club privado, pero me dejan pasar. Están acostumbrados a que cientos de turistas se acerquen a contemplar su patio de estilo nazarí. Mejor dicho, neonazarí, ya que fue construido en el siglo XVIII. Un grupo de jubilados juega al dominó y me anima a seguir la visita. "Entra en la biblioteca". Demasiado silencio, no quiero molestar. "Pues pasa al tocador de señoras, a todas las mujeres les gusta". No es para menos, está lleno de espejos. En él, las esposas se retocaban mientras esperaban que sus maridos se jugaran el sueldo. En el techo un fresco representa la alegoría de la noche. Una mujer desnuda me mira fijamente desde él: es la diosa Selene, que clava sus ojos en mí ya me mueva o esté quieta.

Pero aún hay más sorpresas en el Casino: un patio pompeyano en mármol, una sala de billar rescatada de otros tiempos y el gran salón de baile, que se ilumina echando un euro a una máquina. La señora que curiosea a mi lado lanza un ‘oh'' muy grande. No sólo brillan sus 326 bombillas traídas desde Francia, también suena la música y siento unas irresistibles ganas de bailar. Pero en este instante no tengo ni vestido estilo Luis XV ni pareja, así que agacho la cabeza y vuelvo al exterior.

Jardines dignos de la Alhambra
La calle Trapería atraviesa la calle Platería, la de las tiendas. La intersección de ambas se conoce como Las Cuatro Esquinas. Es el punto más concurrido de Murcia, próximo a la Plaza de Santo Domingo, en torno a cuyo ficus centenario se extienden multitud de terrazas. Pasa lo mismo en la paralela Plaza Romea, presidida por el Teatro Romea. Es hora de hacer un alto en el camino. Busco refugio en el Café del Arco, uno de los preferidos por los murcianos, con un mural en la planta baja donde están pintados personajes ilustres de la ciudad. Me decido por una de las muchas infusiones que ofrece la carta.

Tengo pinta de guiri con mi guía en la mano. El camarero piensa lo mismo y me sugiere una visita que no viene en mi libro. El Real Monasterio de Santa Clara la Real, a apenas unos pasos, abrió sus puertas hace unos meses con un importante cambio de look. Cuando las seis monjitas de clausura que vivían en él accedieron a que se hiciera una restauración para mostrarlo al público nunca imaginaron que bajo sus entrañas se escondieran los restos de un palacio islámico del siglo XIII, residencia de verano del emir Ibn Hud. Los objetos encontrados -jarras, joyas, dados, juguetes...- se exhiben tras vitrinas de cristal. De cristal también es la puerta a la que pego mi nariz: la remodelación del monasterio ha permitido recuperar la antigua alberca y sus jardines, dignos de la mismísima Alhambra.

Es la hora de comer. Hago indagaciones y descubro que, en fin semana, lo mejor es acercarse a la Plaza de las Flores, tomar allí el aperitivo y prolongarlo después. Me quedo en el mesón La Tapa. Pido una cerveza y señalo el canapé del señor que tengo al lado. "Quiero uno igual". Resulta ser una marinera, la especialidad de la casa: ensaladilla con anchoa servida encima de una rosquilla. Ya no puedo parar. Pido un matrimonio (anchoa y boquerón), un caballito (cola de gamba rebozada con sifón)... Estoy en la zona de tapas por excelencia. La cerveza da paso al vino con jamón en las barras de las tabernas de la calle Ruipérez, llamada popularmente la de las Mulas por el antiguo mercado de animales. Allí está la bodega de Pepico el del tío Ginés, con su mojama con pedigrí, la taberna de Perela, con sus huevos Real Murcia, o el Taste-Vin, con su estupendo bacalao al pil pil. En la terraza de El Fénix, en la Plaza de Santa Catalina, me planto en seco. Necesito una siesta, así que pregunto por mi hotel, el Silken Siete Coronas, en el que todavía no he puesto un pie. Es un cuatro estrellas -la calificación más alta en la ciudad- repleto de ejecutivos. A fin de cuentas Murcia se ha convertido en los últimos tiempos en una de las ciudades más demandadas para la celebración de todo tipo de seminarios y conferencias, tal y como lo demuestra su novísimo Palacio de Congresos.

Los pasos del maestro Salzillo
El despertador me devuelve a la realidad. Si quiero acabar de conocer Murcia no puedo obviar al que es el hijo más ilustre de la ciudad: el escultor del siglo XVIII Francisco Salzillo. Vuelvo a callejear: me han dicho que los taxis aquí tienen la segunda tarifa más alta de España. También, que los autobuses grandes, los naranjas, hacen demasiadas paradas y que, a pesar de que algún rayito (más rápidos, pequeños y amarillos) me puede acercar, lo mejor es ir andando. El museo, con bocetos, vídeos y figuras, está construido en torno a la Iglesia de Jesús, donde se guardan los pasos de Semana Santa creados por Salzillo para la procesión del Viernes Santo de la cofradía de Nuestro Padre Jesús el Nazareno: La última cena, La oración en el huerto, La captura... y un auténtico tesoro: un Belén de 556 piezas que nos aproxima a la época barroca y a todo su esplendor.

Las visitas culturales han terminado, así que mis pasos me conducen de plaza en plaza por la ciudad. Hay naranjos y palmeras, tiendas abiertas y gente a cualquier hora. "Los de aquí somos gente alegre", me explican en el restaurante Hispano, en la calle Arquitecto Cerdán. Es un clásico, murciano por los cuatro costados, en cuanto a decoración y carta. Tienen ensalada de pimientos asados, dorada al limón, chuletas de cabrito lechal al ajo cabañil y una golosa delicatessen, leche frita, que en medio del salón prepara un camarero en una sartén de la que salen grandes llamas. Él es quien me recomienda el lugar para tomarme la primera copa: el bar La Muralla, junto a la Catedral, con restos de la muralla original que en tiempos árabes envolvía a Murcia, fundada por Abd al-Rahman II.

Estoy de nuevo en pleno casco antiguo y me resisto a volver al hotel sin antes dejarme llevar por el espíritu estudiantil de la ciudad, en torno a su Universidad, donde el alba aguarda a los trasnochadores en alguno de los pubs que la rodean. Los bohemios prefieren perderse por las inmediaciones de la Plaza de Santa Eulalia, con bares como El Diablo Enamorado, El Bosque Animado o La Rata Escarlata. Entre tanta oferta, me quedo, al final, en el Pura Vida, en la zona de la Fuensanta, donde sus mojitos me trasladan a Cuba.