Un paseo por la magia de Estambul

El exotismo y la sensualidad que le confiere vivir a caballo de dos continentes la convierte en una de las ciudades más románticas del mundo

Noelia Ferreiro
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Foto: prmustafa / ISTOCK

Un narguile exhalando humo con el marco azul del océano, un bazar refulgente de plata y cobre, un derviche en un vuelo perpetuo de vueltas sobre sí mismo. Son algunas de las imágenes que nos vienen a la cabeza cuando pensamos en Estambul, la ciudad que proyecta su mágico perfil sobre el Bósforo recortado por miles de agujas. Una estampa que permanece para siempre en la retina ligada al efecto narcótico que produce su peculiar sobredosis de exotismo.

Sensual, magnética, cautivadora, pero también caótica, enrevesada y ruidosa, la más famosa de las ciudades turcas es el lugar donde Europa y Asia cruzan sus destinos, el puente donde termina un continente para que el otro de comienzo sin solución de continuidad. Y es en este carácter de encrucijada, en esa condición de vivir a caballo entre dos mundos, en esa mística sensación de pisar a un mismo tiempo Oriente y Occidente, donde reside su encanto irresistible.

Xantana / ISTOCK

Esto y, claro, sus majestuosas mezquitas cargadas de opulencia, sus bulliciosos tenderetes plenos de aromas y sabores, su colorido desfile de alfombras, dátiles y pistachos… y, especialmente, la magia que gasta al amanecer, cuando las aguas se tiñen de rojo y la ciudad parece desperezarse sobre el horizonte brumoso.

Estambul fue durante generaciones el centro de la civilización. Un lugar al que ya los chinos, hace mucho más de mil años, dieron en llamar "la ciudad de las ciudades". Con su fabulosa concentración de inteligencia y riqueza, de lujo y fastuosidad, logró deslumbrar a la humanidad durante decenas de siglos.

ugurhan / ISTOCK

Hoy, cuando no todo (bien es verdad) sigue siendo glamour y elegancia, cuando las calles son un laberinto frenético y los coches circulan como locos en la que está considerada una de las metrópolis con peor tráfico del planeta, sí se mantiene la esencia de aquellos tiempos remotos. Estambul recuerda en ocasiones que fue la Bizancio de los griegos, la Constantinopla del Imperio Romano, la capital de los sultanes otomanos. Y a la vez, una Turquía en miniatura y un territorio excepcional dentro del propio país. Una hermosa contradicción que nadie puede (ni quiere) desentrañar.

Muchos son los atractivos de esta ciudad que sería una pena perderse. Está el Estambul de siempre con los renombrados monumentos de Sultanahmet (el centro histórico): Santa Sofía, la Mezquita Azul, el Palacio de Topkapi, la Cisterna Basílica, el Museo Arqueológico… y los dos grandes espacios reservados a la compra y venta en una ciudad donde el comercio, más que una simple tradición, es una forma de vida: el Gran Bazar y el Bazar Egipcio, también llamado de las Especias.

Gran Bazar. | Nikada / ISTOCK

Luego está el Estambul moderno, el que se despliega después de atravesar el Cuerno de Oro: el de las inmediaciones de la Torre Gálata, la bulliciosa plaza Taksim con el trasiego incesante de la calle peatonal Istiklal Caddesi, el barrio de Beyoglu con sus animados bares y restaurantes…

Y después queda el Bósforo, el canal entre dos mares que atraviesa la ciudad de norte a sur, del mar Negro al mar de Mármara, dejando a uno y otro lado sendos continentes. El Bósforo hay que descubrirlo por el agua, a través de un bonito crucero hacia las Islas de los Príncipes. O por tierra, paseando por sus dos orillas y admirando las diferencias.

Pero lo que hoy proponemos es simplemente pasear sin rumbo. Dedicar tiempo a explorar sus rincones menos transitados. Perderse por  su maraña de callejuelas atravesada por los grandes bulevares. Descubrir la desconocida mezquita de Sokullu Mehmet Pasa y la Pequeña Santa Sofía, el Palacio de Beylerbeyi, el Museo de las Artes Turcas… También los distintos barrios: el griego Fener, el judío Balat, los modernizados Eyüp y Kadiköy. Sentir, en definitiva, que se está asistiendo en cada vuelta de la esquina, al gran teatro del mundo.

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