Nómadas, los eternos viajeros de África

Viven igual que hace siglos. No entienden que se pueda poner límites a su constante movimiento, a su libertad. Son los últimos pueblos nómadas de África, protagonistas de este reportaje realizado por el único español que ha convivido con los eternos viajeros de África.

Juan Antonio Muñoz
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Foto: Juan Antonio Muñoz

Viajar, moverse para conseguir la supervivencia, es la razón de ser de todos los pueblos nómadas de África. Su necesidad de viajar no responde solo a cuestiones materiales. La libertad, el rechazo a que sean otros quienes decidan por ellos, es una característica común a todos los grupos nómadas con los que me he encontrado en África. Poco importa que se desplacen por el vasto desierto del Sáhara, por las sabanas de Chad, por los desconocidos valles y cumbres de la cordillera del Alto Atlas o por los áridos terrenos pétreos del norte de Namibia.

Juan Antonio Muñoz

Todos ellos aman la libertad y el respeto a sus tradiciones. El mundo en el que viven les obliga a valorar los aciertos de sus mayores. Una mala decisión les conduciría al desastre. Les salvan el respeto y el conocimiento de su pasado y de ahí que cada una de estas comunidades haya conseguido acumular, durante siglos, un tesoro cultural único, un modo de vida extraordinario que hoy parece condenado a la inmediata desaparición.

La mayoría de los pueblos nómadas de África son ganaderos. Sus movimientos tienen sentido dentro un ciclo anual que tiene como objeto la búsqueda de pastos con los que alimentar a sus animales. Ovejas, cabras, mulas y dromedarios son conducidos durante las diferentes estaciones a los lugares en los que las lluvias han tapizado de verde un suelo yermo y desolado durante gran parte del año. En estos movimientos migratorios, los mercados son una especie de alto en el camino para vender un número de animales que les permita ganar lo suficiente para cubrir sus necesidades más inmediatas.

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Durante cientos de años, los nómadas de África han conservado sus pautas culturales, sus tradiciones, su libertad. Su comportamiento ha ido modificándose desde que comenzaron a recibir la influencia de otros modos de vida. Ahora, el cambio se ha acelerado. El resultado, en muchos casos, está cerca: la mayoría está a punto de extinguirse por completo o, cuando menos, está cerca de perder sus raíces y, con ellas, sus señas de identidad.

Existe una obligación imperiosa de emprender acciones que ayuden a paliar este fenómeno. La historia de la civilización descansa sobre la necesidad de viajar, el impulso nómada. Y aún tenemos mucho que aprender de los últimos pueblos nómadas de África.

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Bereberes

Nómadas en el Sahara

Poco va quedando de esa imagen romántica de caravanas de dromedarios atravesando el desierto del Sáhara con los animales cargados de mercancías. En su día, largas líneas de animales y caravaneros cruzaban por el valle del Draa procedentes o con destino al África subsahariana. Cargados con marfil, oro, sal, plumas de avestruz y esclavos, constituyeron una de las principales rutas comerciales del continente. Actualmente, las fronteras, camiones y la política han hecho desaparecer ese tráfico caravanero. Sin embargo, el nómada del desierto, aunque en peligro de extinción como forma de vida, sigue existiendo en el sur de Marruecos.

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A diferencia de los bereberes del Alto Atlas, los desplazamientos no son en altura. En este caso, las precipitaciones, estado de los pozos y los pastos, son los factores que determinan sus movimientos acompañados de sus animales. La sequía que está padeciendo la región está obligando a muchas familias nómadas a sedentarizarse y buscar refugio en poblaciones. Solo una acción urgente de salvaguarda de esta cultura nómada podrá evitar la desaparición definitiva de los auténticos señores del desierto.

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Amazigh

Trashumancia en las alturas

Los amazigh son el grupo bereber que reside en las montañas del Alto Atlas. El nombre, que significa “hombres libres”, define el carácter de un pueblo que históricamente se ha revelado contra todo tipo de invasiones. Una de las razones por las que todos los habitantes del Alto Atlas tienen como lengua madre el bereber, y no el árabe, es precisamente porque fueron capaces de frenar la penetración de los invasores árabes que llegaron en el siglo VII desde la península arábiga.

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Tanto en el Medio Atlas como en el Alto Atlas, se lleva a cabo una trashumancia denominada alpina por definir un desplazamiento periódico de los animales entre dos regiones marcadas por la altitud. Durante el invierno, el frío y las nevadas obligan a desplazar a los animales hasta las zonas más bajas de la vertiente sur del Alto Atlas. Conforme llega la estación cálida, nuevamente buscan pastos y refugio en zonas cercanas a los 2.000 metros de altitud. Los mercados son los puntos de encuentro de las diferentes familias de nómadas. Allí pueden vender los animales y comprar lo necesario para mantener al grupo durante varias semanas.

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Wodaabes

Seducción en la sabana

Los wodaabes, también llamados bororos por los peuls o fulanis sedentarios debido a la relación que tienen con su ganado, son despectivamente conocidos como “aquellos que viven junto a las vacas en el campo y no se lavan”. Son insultos que les resbalan. Su identidad, la firmeza con que forman un clan inseparable, no solo les hace superar las situaciones más difíciles, sino que también les permite encontrar momentos de fiesta en los que agradecer al Más Allá lo mucho o poco que tienen.

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Se mueven principalmente por Chad, República Centroafricana, Níger, Nigeria y Camerún. Fueron islamizados, aunque siguen practicando rituales animistas. Generalmente, viajan en pequeños grupos familiares a lomo de sus burros con todas sus pertenencias. Son conocidos por la celebración anual de la Gerewol, el mejor momento para encontrar amigos, intercambiar información y, sobre todo, para encontrar pareja. Los hombres se pintan y muestran su blanca dentadura y sus ojos como expresión de su belleza. Las mujeres pueden tener más de un marido e incluso practicar sexo con otros hombres, sin que sea reprendido por la comunidad.

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Mauras 

Los caballeros del desierto

Desde la antigüedad, los mauras, que en la actualidad se encuentran en el desierto de Mauritania, han sido siempre nómadas y buenos comerciantes. Controlaban las caravanas que, procedentes del África subsahariana, transportaban sal, oro, marfil y esclavos. En la actualidad, las caravanas siguen existiendo, aunque ahora la razón comercial que impulsa las caravanas de cientos de dromedarios reside precisamente en ellos, en su carne, y ya no es la sal el principal artículo para transportar.

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En el transporte de sal, los camiones sustituyeron a los dromedarios. Los pozos se convierten, sobre todo en época de escasez de agua, en auténticos meeting points del desierto. Un paso obligado para caravaneros y animales. Son momentos de encuentro en los que saludarse, hablar de los conocidos e informarse sobre los lugares en los que se encuentran los pastos más recientes. Conforme van llegando, hombres y rebaños esperan en un riguroso orden para que los que le preceden satisfagan las necesidades más vitales de saciar la sed de los animales. Dentro de los nómadas, los caravaneros —afar, tuaregs o mauras— forman un grupo aparte, la élite de la trashumancia.

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Turkanas

El milagro de las aguas

Turkanaland, una extensión de 65.000 kilómetros cuadrados al noroeste de Kenia, es el nombre otorgado al territorio que habitan los turkanas, pastores nómadas que se desplazan en la época seca a la búsqueda de agua y pastos para sus animales. Desgraciadamente, la enorme sequía que están padeciendo a lo largo de los últimos años, unido a las recientes plagas de langostas, les obliga a seguir su perpetua búsqueda del “oro líquido” incluso en la estación de lluvias.

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Durante mi estancia en la zona, pude ser testigo de la precariedad en sus condiciones de vida. Su existencia se basa en una continua construcción de refugios de ramas y matorrales de espinas para cobijarles de las inclemencias durante algunas semanas. Son gente orgullosa, muy altiva. Los foráneos, sea cual fuere su condición —misioneros, gente del gobierno, antropólogos, reporteros…—, suelen ser recibidos con desconfianza después de décadas de promesas incumplidas. No todos: pude ser testigo del trabajo realizado por la comunidad misionera de San Pablo Apóstol para mejorar las condiciones de vida de este pueblo y del agradecimiento de los turkanas al trabajo de estos misioneros.

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Peuls

Nómadas de la prehistoria

Las impresionantes pinturas rupestres del Tassili, en medio del desierto del Sáhara argelino, puede que muestren las formas de vida de una población de pastores que se remonta a la prehistoria. Poco se diferencian con los peuls o fulanis, que presumiblemente aparecieron en la Edad Media en los valles del río Senegal y de las regiones adyacentes. En el siglo XV iniciaron su andadura hacia el este en busca de más tierras para sus animales, una migración que les llevó a ocupar gran parte del territorio del Sahel.

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En el siglo XVIII habían conseguido una importancia política en lo que ahora es Guinea, Mali y, sobre todo, Nigeria y Camerún. Tradicionalmente los peuls son pastores trashumantes que forman una población de casi 40 millones de personas. De entre ellos, muchos se han vuelto sedentarios. Los nómadas sufren una gran represión por otras etnias o por las fuerzas gubernamentales de algunos países ante la dificultad de poder controlarlos. Jugaron un importante papel en la introducción del islam, razón por la que muchos les consideran parte del problema del radicalismo religioso en el Sahel.

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Surmas

Herederos del pasado

No existe otro lugar en el continente africano que asemeje mejor al vivido por los exploradores Livingstone y Stanley como la región comprendida entre el suroeste de Etiopía y sureste de Sudán del Sur. Una parte de África que parece ajena a la occidentalización y al avance de un mundo globalizado. Si no fuera por la presencia de los kalashnikov, se podría pensar que uno había viajado siglos al pasado. Allí, en medio de frondosos bosques y montañas casi inaccesibles y, a sabiendas de que existe otro modo de vida, se han refugiado los surmas.

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Su población es difícil de calcular, pero se estima que forman una comunidad de entre 40.000 y 45.000 individuos. Una de las características estéticas que les representa es el plato labial que portan gran parte de las mujeres y que empiezan a llevar desde la infancia. Su origen se remonta a la época en la que comerciantes árabes secuestraban a las mujeres para venderlas como esclavas. Los platos las afeaban y de ese modo se libraban de ser raptadas. Ahora son un signo de belleza. Los enormes rebaños de ganado representan su medio de vida y de subsistencia.

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Himbas

Las damas de barro

Los himbas, cuya población se estima en unos 50.000 habitantes, se reparten por el noroeste de Namibia y sur de Angola. Su peculiaridad, que les difiere de la etnia herero con la que comparten territorio, es la manera de vestir y de teñirse el cuerpo con una mezcla de tierra rojiza y mantequilla casera. Su lengua, el otijihimba, es una variedad del herero, perteneciente a la familia de las tribus bantúes del Congo.

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El peinado y la manera de llevar puestos los abalorios de decoración indican el estatus social dentro de la comunidad y la edad del individuo. Las chicas jóvenes se peinan el cabello trenzándolo hasta conseguir formar dos especies de cuernos que les caen por delante del rostro a la altura de los ojos. La falta de agua obliga a desplazarse en busca de acuíferos y a profundizar continuamente en el terreno para encontrar algo de líquido que apague la sed de los animales. Los himbas se debaten entre sus raíces ancestrales y la presión ya muy cercana de otras formas de vida, incluido el turismo. La inaccesibilidad del terreno juega un papel importante en su protección cultural.

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Afar

Los señores del infierno

Sobre un antiguo fondo marino, en uno de los terrenos más áridos, tórridos y hostiles del planeta, al noreste de Etiopía, sobrevive uno de los pueblos nómadas menos conocidos de la Tierra, los afar. Una población de poco más de un millón de personas sigue practicando el transporte sobre dromedarios. A diferencia de lo que ocurre con los tuaregs o los mauras, los afar continúan empleando el animal para transportar la sal que recogen de las salinas del desierto del Danakil. Los camiones no han podido sustituir a los dromedarios, ya que es imposible circular con vehículos por esa superficie.

Juan Antonio Muñoz

Una desolación que tiene la media de temperatura más alta del planeta, con 34,4 grados de temperatura a 150 metros bajo el nivel del mar. Un terreno volcánico de sal, azufre y potasio sobre el que los afar siguen una vida de nomadismo amenazada por la sedentarización que está atrayendo a gran parte de su población. Pero aún no a todos: las caravanas de los afar, miles de dromedarios cruzándose en ambos sentidos, unos transportando la sal y otros en búsqueda de ella, constituyen uno de los espectáculos más grandiosos del mundo.

Nómadas, los eternos viajeros de África