Marsella, los dos rostros de una ciudad canalla

Esta hermosa metrópoli, la más antigua de Francia es pura esencia marinera y arte del buen vivir

Noelia Ferreiro
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Sus 26 siglos de vida le confieren un interesante regusto histórico que infunde al viajero un respeto especial. Pero también se trata de una ciudad del mañana, con una renovada fachada marítima y un flamante barrio cultural. Y por supuesto, es un trocito de La Provenza, esa región dibujada de sol y lavanda con una luminosidad única. Ese bello rincón del sur de Francia que fue el hogar de los impresionistas y la pasión de Picasso.

Cosmopolita y multicultural, pero también caótica y algo canalla, Marsella es pura esencia marinera y arte del buen vivir. Lo sigue siendo después de una notoria regeneración urbana acometida hace algunos años y que, lejos de acabar con su alma mediterránea, no hizo sino acrecentar su encanto. El resultado es una metrópoli en plena transformación capaz de ofrecer miles de propuestas.

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Una de ellas, la más popular y sencilla, es dar un paseo por el viejo puerto, el rincón donde se han escrito las páginas de su historia. Es el lugar donde tomarle el pulso a la ciudad, primero en el Mercado del Pescado (montado a su vera todos los días, excepto cuando sopla el mistral) y después por el resto del espacio, justo donde Norman Foster llevó a cabo una remodelación con motivo de la Capitalidad Cultural de 2013. Fruto de ella es el nuevo paseo peatonal, así como la llamada Ombriére, erigida en un emblema, que bajo el reflejo de su metal pulido ofrece sombra cuando el sol aprieta.

Marsella, que cuenta con una parte burguesa promovida por Luis XIV en 1660 (casas elegantes, palacios, barrios con líneas geométricas… ), que oculta también encantadores edificios de distintas épocas (el Ayuntamiento, Las Consignas Sanitarias, la Casa del Diamante o el antiguo hospital reconvertido en el lujoso Hotel Dieu) y que está rematada por dos fortalezas (la de San Nicolás y la de San Juan), tiene también un rostro rabiosamente contemporáneo.

Es el que exhibe el Museo de las Civilizaciones de Europa y el Mediterráneo con una arquitectura única: un cubo con encajes de hormigón, unido uno de los fuertes por una pasarela sobre el mar. El MuCEM forma parte del espacio cultural J4, que es el antiguo muelle reconvertido en todo un cúmulo de arte.

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Desde aquí, tomando el Bulevar del Litoral se inicia un bello paseo arbolado hasta el distrito de los negocios, protagonista de la mayor rehabilitación de la Europa del Sur. Afamados arquitectos dieron un soplo de modernidad a esta ciudad de mil rostros. La Torre CMA-CGM, de Zaha Hadid; los Muelles de Arenc de Jean Nouvel, plagados de restaurantes; y el Silo de Eric Castaldi, un auditorio gigantesco, son algunos de sus hitos. Antes o después hay que pasar por Las Terrases du Port, el templo del shopping y del ocio.

Más allá de estos símbolos de la nueva Marsella, nada hay como descubrir su lado más genuino. El de las calles enmarañadas, las cuestas imposibles, las coloridas fachadas al más puro aire de La Provenza. El que se esconde en Le Panier, el barrio histórico, silencioso y coqueto, ahora repleto de galerías de arte, ateliers de jóvenes creadores, tiendas vintages, apetecibles terrazas… No hay que perderse la Catedral de la Vieja Mayor, La Vieille Charité y plazas tan encantadoras como De Moulins, en el punto más alto, o De Lenche, con vistas arrebatadoras al puerto y la Basílica.

Entre ambos mundos, el moderno y tradicional, queda mucho por hacer en esta ciudad. Como subir a la colina de la Garde, el punto más alto de la ciudad. O recorrer La Canebière, su arteria más significativa, famosa en el mundo entero por una canción de los años 30. O dedicarse a las compras, en las que no puede faltar el famoso jabón de Marsella. O descubrir su rica gastronomía presidida por la bouillabaisse, probablemente la sopa de pescado más sabrosa del mundo.