Madeira, la isla fragante

En tan solo 50 kilómetros de largo por 20 de ancho, la isla portuguesa ofrece un paisaje exuberante, que invita a dejar el coche aparcado en la cuneta y explorarla palmo a palmo, empapándose de su encanto alegre, luminoso y lleno de fragancias. Madeira huele a orquídea, salitre, sardinas, laurel y eucalipto, una mezcla tan diversa como diversos son sus pueblos, sus levadas, sus picos kilométricos, sus acantilados de fantasía, sus piscinas naturales...

Miquel Echarri
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Foto: Ingus Kruklitis / ISTOCK

En Madeira se aterriza con el alma en vilo, con la conciencia de haberse jugado el pellejo. Visto desde el aire, el Aeropuerto Internacional Cristiano Ronaldo parece una estrechísima franja de hormigón y hierba encajada a contrapelo en lo alto de un acantilado, al borde del mar. Como si se les hubiese caído ahí, de cualquier manera, y hubiesen olvidado recogerlo. Los aviones se aproximan a él en lentos círculos, cual aves de rapiña. Luego dan un brusco giro de 150 grados y clavan las ruedas en el asfalto de la pista con solo un par de violentos revolcones. Imagínense un aterrizaje así en plena noche y con vientos de 12 nudos sacudiendo el fuselaje. En cuanto se les pasa el susto, los que llegan a la isla por vez primera suelen aplaudir con la alegría del que ha superado un peliagudo rito de iniciación.

Jardín Tropical Monte Palace, en Funchal. | pkazmierczak / ISTOCK

Los sabores de Funchal

El de la isla está considerado el noveno aeropuerto más técnico (es decir, más peligroso, en el argot de la aviación profesional) del mundo, el tercero de Europa. Pero visitar Madeira bien vale ese electrizante peaje. Porque en cuanto se toca tierra, todo empieza a mejorar. El Cristiano Ronaldo, con el peculiar busto de bronce del futbolista que le da nombre, está en el extremo este, pero a solo 14 kilómetros de Funchal, la capital de la isla. Una ciudad de 112.000 habitantes en la franja costera sureña, la primera que colonizaron los portugueses cuando comenzaron a frecuentar este rincón del Atlántico en el siglo XV.

Calle de Funchal. | T.W. van Urk / ISTOCK

El casco antiguo y el puerto pesquero de Funchal se recorren en una tarde, pero resultan adictivos. Piden ser revisitados una y otra vez a cualquier hora del día o de la noche. A pleno sol, en atardeceres brumosos o bajo una suave llovizna. La ciudad huele a orquídea, salitre, sardinas, laurel y eucalipto. Huele bien, en fin, y sabe aún mejor. Vale la pena probar las lapas grelhadas al vinagre, el diente de ajo y el limón en alguno de los restaurantes del espléndido paseo marítimo.

Y resulta imprescindible pasear por las calles exquisitamente adoquinadas en dirección a las puertas pintadas de la Rúa de Santa María, la elegante, gélida y sombría catedral (inaugurada en 1514), sus fortalezas costeras a prueba de corsarios y piratas, las tranquilas bodegas del monasterio de Sao Francisco, la bellísima Quinta das Cruzes o el mercado dos Lavradores, con su fruta fresca de temporada, su pescado de alta mar y sus bulbos de orquídea salvaje. Funchal cuenta también con un jardín botánico de visita obligada, lleno de cactus rotundos y geométricos, agaves que parecen esculpidos y dragos centenarios, árboles muy valorados por sus suaves cortezas y su savia roja, como brillantes coágulos de sangre.

Típicos trineos de mimbre en los que se baja de Monte a Funchal. | Thomas Demarczyk / ISTOCK

Para bajar, nada mejor que hacerlo en uno de los típicos trineos de mimbre sobre patines que se ofrecen a los turistas en las escalinatas de la iglesia neoclásica de Nuestra Señora de Monte. Desde allí, se alcanza el corazón de Funchal en apenas un cuarto de hora de traqueteo vertiginoso sobre adoquines, con pilotos de pantalón blanco y sombrero de paja encaramados en la parte trasera para evitar que el carro vuelque o descarrile.

Ernest Hemingway, que vivió muy de cerca la Primera Guerra Mundial y la guerra civil española, dijo que ese descenso había sido una de las experiencias más trepidantes e intensas de su vida, pero es probable que no lo dijese del todo en serio.

Caniçal | Sohadiszno / ISTOCK

El caso es que Funchal, recorrido a toda prisa o con deleite y parsimonia, tiene mucho que ofrecer. Incluso una vida nocturna efervescente, en absoluto provinciana. Se trata de una urbe coqueta, genuina y muy bien preservada pese al turismo masivo que venía recibiendo desde hace más de 50 años y que solo la pandemia ha frenado. De Funchal parten las rutas radiales que se internan por la isla en busca de las románticas bahías y playas de arena blanca del sur, la accidentada y agreste costa norte y el interior, fértil, húmedo y montañoso.

Cumbres de Madeira, con indicaciones hacia el Pico Ruivo, Ilha y Achada do Teixeira. | Chris Szabo / ISTOCK

Selva del laurel

Madeira está en el centro de la región geográfica de Macaronesia, un arco insular que va de Azores, en el norte, a Cabo Verde, en el sur, e incluye también el archipiélago de Canarias. Ya la mitología griega se refería a esta zona como las Islas de la Felicidad. Les atribuía el mejor clima del mundo (una eterna primavera) y las consideraba una de las posibles ubicaciones del paraíso terrenal. Madeira, fruto de una erupción volcánica, emergió de las aguas hace cinco millones de años y fue un vergel desierto, visitado muy de vez en cuando por bereberes, ibéricos, británicos y escandinavos, hasta que el marino João Gonçales Zarco la reclamó para Portugal en 1420. Cristóbal Colón se la describió a Isabel la Católica recurriendo a una metáfora visual: arrugó un trozo de papel para mostrarle su esquizofrénico relieve, su encrespada cordillera central y sus profundas playas al pie de promontorios y barrancos.

Madeira, Cascada de las 25 fuentes | Sjo / ISTOCK

Los portugueses se la encontraron al llegar cubierta por un impenetrable bosque de hoja perenne en el que predominaba el laurel, pero la desbrozaron de manera radical, calándole fuego por los cuatro costados para crear terrazas fértiles en las que plantar caña de azúcar, el gran negocio de la época. La actual Madeira es fruto de ese desastre ecológico inducido.

En los huecos que dejó el retroceso del bosque subtropical crecen hoy plátanos, uvas, fruta exótica y, sobre todo, flores silvestres: las hortensias, orquídeas y aves del paraíso más bellas del mundo, en opinión de Winston Churchill. Incluso el veterano político inglés, con el olfato atrofiado por décadas de consumo de cigarros cubanos y brandy añejo, se rindió a los intensos aromas de la isla fragante, aunque fue aún más sensible a sus colores. En enero de 1950, tras llegar al puerto de Funchal a bordo del navío de la flota británica Durban Castle y hospedarse unos días en el magnífico hotel Reid’s Palace, situado en un saliente rocoso sobre un acantilado, Churchill se desplazó en Rolls-Royce a la cercana aldea pesquera de Câmara de Lobos, donde permaneció varios días. En un mirador que hoy lleva su nombre, Sir Winston pasó las horas muertas puro en ristre, pintando la lonja, las barcas de los pescadores, la bahía y el cercano Ilhéu (en portugués, islote), que en realidad es una preciosa península unida al pueblo por una franja de tierra mínima.

Molinos en la isla de Porto Santo. | simonbradfield / ISTOCK

La pesca de sables negros

Hoy, Câmara de Lobos es lugar de peregrinación del turismo británico más refinado y fetichista. Los lugareños, pese a todo, han preservado su modo de vida tradicional, su cordial escepticismo y su pausa isleña. Las barcas multicolores que fondean en su playa de guijarros no son un simple decorado para nostálgicos de Churchill. Cierto que sus propietarios ya no capturan focas monje, como era habitual en estas aguas hasta hace unas décadas, pero siguen saliendo de madrugada cargados de largos sedales para pescar espadas pretas (sables negros), esos peces de mirada triste y lobuna que proliferan a unos 700 metros de profundidad y cuya carne, blanca y jugosa, es auténtica ambrosía del mar. Al amanecer, venden parte de sus capturas en el puerto a los turistas más madrugadores y envían el resto a Funchal en camiones refrigerados. Y es a esa hora, cuando están a punto de abrir las pescaderías capitalinas, cuando vale la pena lanzarse a recorrer Madeira de punta a punta, en la dirección de las agujas del reloj.

Curral das Freiras desde el mirador Eira do Serrado. | brytta / ISTOCK

Al oeste de Câmara de Lobos está Cabo Girão, el segundo acantilado costero más alto de Europa (580 metros), un paraje de fantasía descrito por Zarco, que lo descubrió en un día de niebla intensa, como “oscuro y gigantesco, hogar sin duda de espíritus malignos”. Puede recorrerse en barco turístico, en dirección a la idílica Ponta do Sol, o a pie, por los senderos que trepan al risco entre las viñas plantadas en terrazas sobre los pequeños resquicios que va dejando el lecho rocoso. Más allá del promontorio está Ribeira Brava, bonito pueblo partido en dos, a cuchillo, por un violento arroyo (de ahí su nombre) que trae al Atlántico el agua de los barrancos y montañas de la Madeira interior. Siguiendo su curso en dirección norte se llega al puerto montañoso de Boca da Encumeada, un paisaje de una belleza abrupta y casi marciana, sobre todo si se visita en los días en que lo rodea un mar de nubes bajas.

Madeira, Casa tradicional en Santana. | kavram / ISTOCK

A partir de ahí, en el centro neurálgico de la gran cordillera de Madeira, los senderos se bifurcan. Al noroeste, en una bahía de lava negra, está Porto Moniz. Esta pequeña ciudad ensimismada en un rincón de la isla resulta una delicia. Por su acuario, su fortaleza costera y su par de iglesias, pero sobre todo por sus bellísimas piscinas naturales, protegidas por espigones de roca de un mar que aquí es turbio y virulento y parece querer tragarse la tierra a bocados feroces. De Porto Moniz parten, además, algunas de las más populares levadas, esos senderos que se adentran en la isla siguiendo antiguos canales y acequias excavados en el lecho rocoso y que hoy son una de las mejores opciones para hacer senderismo por Madeira, en dirección a sus picos y a través del corazón de lo que queda de sus bosques de laureles.

Madeira, Cascada do Risco. | cicerocastro / ISTOCK

La Madeira alpina

De levada en levada, entre mariposas, amarilis y lagartijas de un verde musgoso o un intenso negro basáltico, puede uno acercarse a las cimas de la Madeira central, los picos Ruivo y Arieiro, de 1.862 y 1.818 metros de altura. Un par de gigantes gemelos desde cuyas cumbres es posible, en un día despejado, contemplar toda Madeira. El papel arrugado en todo el melancólico esplendor que le atribuyeron visitantes como el escritor George Bernard Shaw, al que fascinaba que paisajes alpinos cupiesen en el corazón de una isla tropical tan pequeña. No muy lejos del Arieiro, escondido en un cráter volcánico a la sombra de su imponente vecino, está Curral das Freiras, el valle en que se refugiaron las monjas (freiras) del convento de Santa Clara en 1556, cuando Funchal fue asaltada por una flotilla pirata. Aquí pusieron las primeras piedras de un pueblo hoy muy concurrido, célebre sobre todo por su licor de castañas de elaboración artesanal y por lo bien que preserva las esencias de la vieja Madeira. De vuelta a la agitada costa norte, ya en el este, vale la pena visitar las seis freguesías (parroquias) del municipio de Santana.

Piscinas naturales de Porto Moniz. | Juergen Sack / ISTOCK

De aquí procede una de las estampas turísticas más populares de la isla: los vistosos palheiros, las casas tradicionales con tejado a dos aguas (en forma de uve invertida) y cubiertos de paja prensada. Por lo general, eran graneros, establos y cobertizos a prueba de vendavales, pero ahora vienen a ser museos etnográficos en miniatura en que una familia madeirense recibe a los turistas y les obsequia con un surtido de pastas caseras y algún licor local. Sus fachadas triangulares suelen pintarse de blanco con contraventanas rojas y dinteles azules, tres de los cuatro colores (el cuarto es el amarillo) de la bandera de la región autónoma de Madeira.

Al sur de Santana, en un valle de camelias y helechos en el que abundan también las mariposas amarillas y los estanques rebosantes de truchas, está el pueblo de Ribeiro Frio, uno de los entornos más verdes de la isla. De aquí parte la levada do Furado, una de las más antiguas, dedicada desde 1822 a irrigar los campos de Porto da Cruz y las terrazas de la sierra do Faial. El camino que la bordea es una frondosa selva de tilos, laureles y crestas de gallos sobrevolada por pinzones y palomas torcaces. Un lugar, como algún otro en las entrañas de Madeira, en que el siglo XXI, con toda su toxicidad vertiginosa, puede llegar a parecernos una simple ilusión, como si viviésemos en un mundo virgen, aún por estrenar.

Mapa de Madeira | VIAJAR

De Machico a Caniçal

De vuelta a la costa y el bullicio, Madeira ofrece también lugares como Machico, el valle litoral en que naufragó, supuestamente, Robert Machin, el aventurero inglés del siglo XIV al que algunos atribuyen el descubrimiento de la isla. Al sur están Caniçal, con su bien surtido y profusamente documentado museo ballenero, y Camacha, con su reloj importado de Liverpool y sus talleres de artesanía de mimbre, en los que se pueden comprar peculiares cestas y sombreros con el sello local, entre refinado y rústico.

Por último, una ruta exhaustiva por la isla de Madeira se asomará también a las cascadas naturales y las plantaciones de plátanos del pequeño pueblo de Paul do Mar y a las grutas naturales y las típicas casas isleñas de madera y piedra que ofrece otra pequeña aldea, la de Ponta do Garajau. Otro par de ejemplos, en fin, de la diversidad y riqueza de esta isla atlántica de tan solo unos 50 kilómetros de largo por apenas 20 de ancho que puede recorrerse de costa a costa en un santiamén, pero que ofrece innumerables pretextos para dejar el coche aparcado en la cuneta y explorarla palmo a palmo, empapándose de su encanto alegre, luminoso y fragante.