Leyendas, misterio y guerra en la Llanura de las Jarras

Las tierras de la provincia de Xiengkhouang han sido sembradas con lo mejor y lo peor de la historia de Laos. Hasta aquí llegan arqueólogos de medio mundo atraídos por unas grandes vasijas megalíticas cuyo origen sigue envuelto en un halo de misterio. El hermoso paisaje que las cobija esconde también otra herencia más reciente y dolorosa: la generada entre 1964 y 1973 por los masivos e indiscriminados bombardeos estadounidenses.

Carlos Hernández. Phonsavan (Laos)
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Foto: Carlos Hernández. Phonsavan (Laos)

El todoterreno avanza por la agujereada pista que conduce al yacimiento 2. Los primeros rayos de sol no consiguen disipar el intenso frío que ha reinado durante la noche. El clima tropical monzónico del que disfruta Laos es una quimera a 1.400 metros de altitud. De cuando en cuando, se vislumbran entre los matorrales unos siniestros carteles rojos que advierten de la existencia de artefactos explosivos sin detonar. Nadie parece inquietarse por su presencia; los habitantes de estas onduladas llanuras llevan más de 40 años conviviendo con esta permanente amenaza.

La carretera finaliza abruptamente, en una pequeña explanada que hace las veces de aparcamiento. El resto del camino hay que hacerlo a pie, sin salirse del sendero marcado con unas piedras rojas y blancas que señalan el límite entre la seguridad y la zona que todavía no ha sido limpiada de bombas. Tras una suave ascensión llega la recompensa: varias jarras de piedra de diversos tamaños, enverdecidas por una capa de musgo, reposan bajo un árbol. El contraste de luces y sombras, así como la caprichosa forma en que cada vasija se inclina sobre el suelo, dan a la escena un matiz misterioso, casi místico, similar al que el viajero puede sentir en lugares como Stonehenge, la isla de Pascua o en el mismísimo Machu Picchu.

Vasos de gigantes, tumbas de mortales

La imaginación de los lugareños encontró, a lo largo de la Historia, varias explicaciones a la presencia de estos extraños artefactos. La leyenda más extendida apunta a que,en el siglo V, el héroe local King Khung Jueang derrotó al dictador Chao Ankha que mantenía oprimida a la población. Para celebrar el fin de la tiranía, se fabricaron estas grandes jarras que fueron rellenadas con lòw-lów, el popular aguardiente de arroz laosiano. Los cuentacuentos de la cercana ciudad de Phonsavan conservan en su tradición oral otra versión aún más fantástica sobre el origen de las jarras: las tallaron unos gigantes que dominaban estas tierras hace miles de años para utilizarlas como vasos.

La realidad no es menos apasionante e inquietante que la ficción. Las jarras fueron fabricadas por una civilización desconocida que habitaba la zona en la Edad de Hierro. Su única finalidad era funeraria. Los cadáveres eran introducidos en las vasijas hasta que se descomponían por completo. Posteriormente se recogían los huesos y se enterraban directamente en un hoyo o dentro de pequeñas urnas de cerámica. La trascendencia y singularidad de estos enterramientos megalíticos llevó a la UNESCO a declararlos Patrimonio de la Humanidad.

El número 2 es quizás el más impactante, pero hay nada menos que85 yacimientos que albergan más de 2.500 vasijas funerarias. Solo 7 han sido limpiados completamente de explosivos y están preparados para recibir visitantes. En ellos puede verse alguna jarra que conserva su tapa original y varios discos de piedra con rústicos grabados. La pieza de mayor tamaño alcanza los tres metros de altura, pesa cerca de 6 toneladas y se encuentra en el yacimiento 1, junto a otras 333 vasijas. Los arqueólogos están convencidos de que, con el paso de los siglos, varios miles de piezas más han sido robadas, dañadas o destruidas. Los propios lugareños, ignorando lógicamente su valor histórico, las reutilizaban para cimentar sus casas o construir abrevaderos para los animales. Las distintas invasiones y guerras que azotaron la región también se cobraron un altísimo precio. La mejor prueba la encontramos en cada yacimiento; junto a las jarras dañadas vemos enormes agujeros. No son cráteres naturales sino el resultado de las proyectiles lanzados en los años 60 y 70 por los bombarderos B52 estadounidenses.

Cicatrices que siguen sangrando 40 años después

Aunque algunos viajeros tratan de pasar rápidamente esta difícil y amarga página, su lectura sosegada resulta imprescindible para conocer la realidad de este país. Laos ha sido el país más bombardeado en toda la historia de la Humanidad. Salpicado por la guerra del Vietnam y envuelto en su propia contienda civil, la intervención estadounidense dejó una negra huella que perdura hasta nuestros días. Sin la autorización del Congreso ni el conocimiento de la opinión pública, la Casa Blanca llevó a cabo una guerra secreta en Laos en la que lanzó más de 2 millones de toneladas de bombas. Un tercio de ellas no explosionó y se siguen cobrando víctimas 40 años después, muchas de ellas en Xiengkhouang.

Cinco lugares cercanos a los yacimientos arqueológicos ilustran perfectamente esta letal herencia. Muang Khoun fue la capital de la provincia hasta que los aviones norteamericanos la redujeron a un montón de escombros. Hoy resulta conmovedor recorrer los restos de su templo más emblemático: Phia Wat. Seis columnas de ladrillo, pese a estar semidestruidas, parecen empeñadas en seguir cumpliendo su misión de escoltar a un gigantesco buda herido. Los impactos de la metralla han desfigurado el rostro de la estatua de piedra, pero no han logrado borrar su afable y pacífica sonrisa. Los ataques masivos e indiscriminados sobre la región tampoco consiguieron acabar con la estupa de That Foun. Construida en el siglo XVI, su estructura de ladrillo todavía se eleva desafiante hasta una altura de más de 25 metros.

El segundo punto de esta "ruta de la guerra" nos lleva hasta la pequeña localidad de Tha Jok, conocida popularmente como "Bomb Village". La explicación a este elocuente apodo la encontramos en el patio trasero de una de sus humildes tiendas. Cuatro bombas de metro y medio de altura han sido utilizadas como columnas para sostener un chamizo de madera. Bajo él se encuentra un verdadero arsenal, supuestamente desactivado, preparado para ser vendido como chatarra. En las casas vecinas el panorama no es muy diferente. Las carcasas de las bombas se emplean para reforzar paredes, construir vallas, fabricar rústicas barbacoas o, simplemente, como adorno para flanquear la puerta de acceso a la vivienda.

Recordar para que no se repita

No muy lejos del "Pueblo Bomba" se encuentra una verde explanada en la que pacen mansamente caballos y vacas. El idílico paisaje rodeado de montañas puede hacer que el viajero no repare en los incontables y extraños charcos que salpican la llanura. Acercándose a ellos se descubre la terrible realidad. 40 años después, los enormes cráteres provocados por los bombardeos estadounidenses permanecen inalterables. Tres metros de profundidad y cerca de diez de diámetro. Mirando hacia el horizonte se ve la tierra perforada, como un queso de gruyere, permitiendo adivinar el rumbo que seguía el B52 aquel fatídico día en que se fijó en este remoto paraje.

Los dos últimos lugares de la visita invitan a la reflexión y a la esperanza. En la actual capital de la provincia, Phonsavan, algunos bares y varias ONGs proyectan vídeos y realizan exposiciones sobre los efectos que tuvo y sigue teniendo aquella guerra. En una pizarra del Centro de Información de Supervivientes se van anotando los nombres de las nuevas víctimas; esos hombres, mujeres y niños que mueren o quedan lisiados al activar accidentalmente alguno de los millones de artefactos explosivos que no detonaron durante la guerra. Una muestra de ellos se ve por toda la ciudad. Dentro de restaurantes, casas de huéspedes... hasta en el centro de información turística hay un verdadero arsenal desactivado que deja sin palabras al extranjero. Es la prueba de cómo un pueblo se acostumbra a convivir con el horror y trata de superarlo. El mejor símbolo lo encontramos en la difícilmente accesible aldea de Ban Napia. Sus habitantes funden el metal de las bombas estadounidenses para fabricar cucharas, pulseras y pequeñas figuritas plateadas que hoy se venden en los principales centros turísticos del país. Su lema parafrasea un famoso eslogan pacifista y resulta dramáticamente acertado: «Make spoons, not war!».