Las Islas Fiji ha sido elegidas por el sol

El barco sale de Port Denarau y el sol de la mañana arranca reflejos de plata de las crestas de las olas. Una vez en mar abierto, la tripulación despliega las velas de intenso color naranja, que contrasta con el azul profundo del cielo y el mar. Estos marinos parecen tipos duros, de piel tan oscura que casi no se distinguen los tatuajes que cubren, como mínimo, los brazos que van al aire, pero cuando el catamarán enfila su rumbo todos se relajan, aparecen las sonrisas e incluso alguno saca una guitarra. Al fin y al cabo, esto no es una de esas canoas de guerra que surcaban las aguas del Pacífico en otros siglos, cuando los famosos capitanes Cook o Bligh (el del motín de la Bounty) surcaron estas aguas, sino un velero que busca las islas del placer de los legendarios Mares del Sur.

Los barcos salen todos los días, unos con destino a las cercanas islas Mamanucas y otros a las un poco más alejadas Yasawa. Aunque las primeras son casi todas pequeños islotes coralinos -la típica isla de náufrago-, las otras son de origen volcánico y presentan un perfil abrupto con laderas cubiertas de tupida vegetación. En lo que coinciden todas las etapas de los catamaranes es que recalan en islas con buenas instalaciones hoteleras, más caras o más baratas, donde cada uno puede encontrar su lugar al sol. Aquí estamos a sotavento de la gran isla de Viti Levu, la más grande de Fiji, que, con sus altos picos, detiene las nubes cargadas de lluvia, y parece que en las Mamanucas y las Yasawas el sol está garantizado en cualquier momento del año.

Algunos viajeros eligen una isla y no salen de ella hasta que llega el fatídico momento de emprender el viaje de vuelta a Port Denarau y de allí al cercano aeropuerto internacional de Nadi (que se pronuncia nandi). Otros, en cambio, practican el island-hoping, el saltar de isla en isla, con la misma felicidad con la que se pasa de un sueño a otro, a la búsqueda de otro arrecife de coral en el que bucear en un mundo silencioso de luz y colores brillantes, de otra playa en la que dejar pasar las horas hasta que la arena se vuelve de color miel al atardecer, de otra noche para sentirse perdido bajo las extrañas constelaciones del hemisferio sur. Elevuka, Tai, Malolo, Waya..., son algunas de las cuentas de este rosario interminable de perlas desperdigadas en esta parte del Pacífico.

Pero aunque el inmenso archipiélago de Fiji pueda ofrecer una imagen parecida a la de ese paraíso soñado de los lejanos Mares del Sur, evidentemente no lo es. Afortunadamente es algo más interesante. Desde las playas de estas islas tropicales se distingue el perfil rugoso de las montañas de Viti Levu, que atraen con la promesa de valles escondidos, de torrentes de agua fresca, de bosques en los que todavía se impone el sándalo, de aldeas en las que perviven costumbres ancestrales. Hay que emprender el camino de regreso, pero para iniciar un nuevo viaje, esta vez hacia el corazón de Fiji.

En la costa occidental de Viti Levu aparecen Nadi y Latuoka. A primera vista no son los lugares más atractivos, y parecen poco más que un conglomerado de calles repletas de tiendas de electrónica y repuestos de coches en manos de comerciantes de origen indio. Pero una mirada más profunda permite adentrarse en otra de las peculiaridades de Fiji, la de un verdadero cruce de caminos. El archipiélago se encuentra justo en esa frontera imprecisa que separa la Polinesia de la Melanesia, y los fijianos de pura cepa tienen unos rasgos muy diferentes de los de sus vecinos de Samoa, Tonga o las islas Cook. Además, durante casi un siglo han sido una colonia del Imperio Británico. Pero, sobre todo, lo que sorprende al recién llegado es que casi la mitad de la población sea de origen indio. Si todo el Pacífico es, al final, una fascinante mezcla de culturas, aquí es donde todo resulta más evidente.

La razón de este fenómeno hay que buscarla, como siempre, en la historia. A finales del siglo XIX los británicos llevaron a las islas a miles de indios para trabajar en las plantaciones de caña de azúcar, que en ese tiempo era el principal cultivo de la región. Un fenómeno similar al que se produjo en Mauricio y, en mayor o menor medida, en otros enclaves del Imperio, como Suráfrica o Kenia. Cinco generaciones más tarde, los indios forman parte consustancial de la sociedad y cultura fijiana, por lo que resulta de lo más normal comer curry y roti en los restaurantes o cruzarse con mujeres vestidas con saris de colores en mitad del Pacífico. Y no resulta extraño descubrir en Nadi el templo de Sri Shiva Subrahmanya Swami, el complejo religioso hindú más grande de todo el hemisferio sur, construido por obreros traídos especialmente del sur de la India. Así levantaron, como en su propia casa, una espectacular pirámide propia de los templos dravidianos tan característicos de Tamil Nadu, con su multitud de figuras de dioses pintados de brillantes colores.

Para viajar por tierra entre Nadi y Suva, la capital de Fiji, se ofrecen dos itinerarios posibles. El más transitado sigue la Queens Road -la carretera de las Reinas-, que pasa por la llamada Costa del Coral, el litoral meridional de Viti Levu, cerca de playas de ensueño como Natadola y Cuvu, y campos de caña de azúcar. Los ingenios azucareros vuelven de vez en cuando dulce el aire, y es fácil encontrar buenos hoteles que tientan al pasajero con la promesa de días perfectos al sol.

La otra opción es viajar por el norte de Viti Levu, siguiendo la llamada Kings Road -la carretera de los Reyes-, que se adentra por territorios más agrestes, por las montañas del corazón profundo de la isla. En estas cumbres, dice la tradición, vive Degei, el dios-serpiente, el creador de las islas, que marca el ritmo de los días y las noches según abra o cierre los ojos.

Este camino permite descubrir lo que debería ser evidente, que Fiji no está formado sólo por diminutos islotes coralinos, pura arena dorada, cocoteros y hoteles de lujo. También hay un par de grandes islas volcánicas con valles profundos en los que la población vive muy lejos de los turistas que se asolean junto a los corales. El interior de Viti Levu es una alta meseta rodeada de picos que llegan a sobrepasar los 1.300 metros. Allí los ríos se abren paso en valles cubiertos de bosques, y al mismo tiempo marcan el camino hacia el interior menos conocido del Pacífico. El monte Victoria, al que los locales llaman Tomanivi, es el faro que señala hacia este mundo secreto.

No hay más que apartarse de la ruta principal para obtener la posibilidad de adentrarse en un Fiji tradicional y diferente. Basta con aparecer en una aldea y solicitar al jefe permiso para pasar unas horas o unas noches. De hecho, en muchos pueblos las comunidades han construido instalaciones para recibir extranjeros. Como en otros lugares del Pacífico que mantienen vivas las tradiciones, se acepta al visitante que muestra interés sincero por el lugar. La llave que abre las puertas es un paquete de yaqona, con la que se prepara la bebida ritual de Fiji. Es el regalo más apreciado.

Una estancia en una aldea tradicional permite conocer unas vidas diferentes, la de la otra mitad del mundo. Y si hay suerte, comer cerdo asado con dalo y el fruto del pan cocido todo en un lovo, un horno de tierra cavado en el suelo, o de presenciar algunas danzas tradicionales que tienen muy poco que ver con las de los espectáculos de los hoteles.

No faltará sin duda una invitación a participar en una ceremonia de yaqona. Los viajeros que vienen de otras islas de la Polinesia conocen esta bebida como kava, y se obtiene de la raíz del pimentero. Se toma exclusivamente en grupo, con una sola copa -hecha con medio coco- que circula varias veces entre los participantes. Esta bebida forma parte de la vida diaria de Fiji hasta unos límites difíciles de imaginar, y se llega a decir que por las venas de los fijianos no corre sangre sino yaqona. Hay que recordar que tiene un ligero efecto narcótico y deja en la boca un sabor amargo que, posteriormente, algunos endulzan con un trago de los buenos rones locales.

Al final de todos los caminos de Viti Levu se llega a Suva. La capital recibe a los viajeros con sus antiguos edificios coloniales bajo un cielo permanentemente encapotado. Goza del dudoso privilegio de tener el peor clima de la isla, y un rumor muy extendido afirma que los fijianos eligieron este emplazamiento para su capital para hacer sufrir a los políticos. Con sus viejos almacenes, su población formada por gentes de todas las razas y su humedad aplastante recuerda las descripciones de los antiguos puestos comerciales del siglo XIX o de principios del XX de las novelas de Conrad o Somerset Maugham. Una especie de Singapur o Penang de otro tiempo, un melancólico puerto tropical en el que detenerse ligeramente antes de continuar el viaje.

Entre las razones para hacer escala en Suva, además de los mercados de Nausori y Mark Street, está el vivir y beber la noche en los bares de Carnavon Street y Victoria Parade y asomarse a la historia en el Fiji Museum. Aquí se recuerda el pasado guerrero y caníbal de las islas con un surtido de canoas de guerra, mazos con pinchos y tenedores para las ceremonias de comerse a los enemigos. Es el lugar para recordar la historia del reverendo Thomas Baker, que en 1864 fue cocido en una olla y trinchado en trocitos. Éstos fueron repartidos por varias aldeas para que pudiera ser comido por todos. Sólo quedó de él una bota que, después de ser cocinada durante horas, fue considerada incomestible y ahora se muestra en el museo.

Mas allá de Suva se abren de nuevo los mil caminos de Fiji. Los que llevan a Ovalau, donde aparece Levuka, el primer asentamiento europeo en Fiji, un antiguo puerto con ambiente de otro tiempo. O la aldea de Lovoni, en el cráter de un volcán (extinto, claro). Aunque para vivir emociones, nada como dirigirse a la isla de Beqa para bucear entre tiburones. Y, para terminar el viaje con estilo, hay que dirigirse a un resort de lujo en alguna isla perdida. Vatulele o Wakaya son dos opciones difíciles de mejorar, aunque hay muchas más.

Ambas islas son suficientemente grandes como para que haya colinas, bosques con animales y playas perdidas. Cada mañana aparece en la puerta de la cabaña una bandeja con frutas y flores exóticas. El mar brilla a pocos metros de distancia, como debió de hacerlo en el principio de los tiempos. Por la noche, la cena a la luz de las velas, las suaves canciones tradicionales de Fiji y el perfume de las flores de jiale que llevan las mujeres trenzadas alrededor del cuello hacen pensar al viajero que ha encontrado el lugar perfecto al final del camino.