La ruta del Año Rembrandt

Cuatrocientos años después de su nacimiento, Rembrandt vuelve a pasear por Amsterdam y Leiden. Las ciudades que le vieron nacer y morir no han escatimado esfuerzos para dibujar un grandioso cuadro del artista que más veces se autorretrató. Exposiciones únicas, rutas por sus cascos históricos y eventos musicales constituyen los pigmentos usados en este espléndido lienzo que repasa la vida y la creatividad del genio holandés del Siglo de Oro.

Nuria Cortés
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Foto: Richard T. Nowitz/Corbis

De Leiden a Amsterdam hay apenas 45 kilómetros. Aparte de una escapada a Friesland para contraer matrimonio con Saskia, Rembrandt Harmensz Van Rijn no viajó más. Tampoco le hizo falta. En tan poco paseo llegó a conocer el alma humana y a plasmarla en sus cerca de cuatrocientas pinturas, más de mil dibujos y casi trescientos grabados. No pensó siquiera en viajar a Italia. Se limitó a beber de los colegas que volvían de allí cargados con la intensidad de Caravaggio. Tampoco se conformó con asegurarse una clientela fija que le proporcionara ingresos cuantiosos de forma regular. Necesitaba algo más que los guilders pagados por los burgueses que levantaban fortunas con el comercio transoceánico. Él quiso crecer con su arte y definitivamente el arte creció con él. Hoy, cuatrocientos años después de su nacimiento, las ciudades que le vieron nacer, pintar y morir recuerdan su figura mediante rutas, importantes exposiciones y otros eventos de sumo interés.

El siglo XVII fue el Siglo de Oro para los Países Bajos. Amsterdam pasó de ser una urbe de provincias a convertirse en el centro monetario y comercial de Europa. Por su puerto pasaba el vino de Francia, el grano de Rusia, la cerámica de Delft y especies llegadas de Asia, como la pimienta, presente en muchos bodegones de la época como símbolo de riqueza.

Y, por supuesto, la apreciada lana de Leiden, una próspera e importante ciudad amurallada, en pleno crecimiento justo cuando nace Rembrandt, el 15 de julio de 1606. La localidad presenta un casco histórico bien conservado que invita a conocer con calma los diferentes enclaves vinculados al pintor. Lamentablemente, su casa natal fue derribada a principios del siglo pasado, aunque perduran, entre otras localizaciones, la escuela donde descubrió su talento para la pintura, la primera Universidad de los Países Bajos -aunque acudió más bien poco-, la iglesia que acogió la tumba familiar, el edificio donde compartió su primer taller con Jan Lievens y una réplica exacta del molino que se podía ver desde su casa y que remite a su abuelo, padre y hermanos molineros.

Pero no sólo esta ruta recuerda a Rembrandt. Además de las dos destacadas exposiciones programadas para los próximos meses que mostrarán su maestría en los aguafuertes y los paisajes, las calles de la ciudad holandesa ya se han adornado con reproducciones gigantescas de algunos de sus primeros cuadros, los comercios venden quesos, vinos y chocolates con su nombre, un enorme mosaico de flores dibuja su rostro e incluso en el Hotel Niewe Minerva han decorado una de sus habitaciones al estilo de la época, con una reproducción fidedigna de la cama usada por Rembrandt en su domicilio de Amsterdam. Un verdadero homenaje que se encuentra a tan sólo media hora en tren de la capital y que descubre una bonita urbe universitaria de apenas 120.000 habitantes donde el Rhin se va deshilachando camino del mar, tranquilo como las calles por las que discurre, sin otro objetivo ya que el de cumplir su destino. Tal y como haría el pintor cuando decidió marchar hacia el principal puerto del Viejo Continente.

Cuando Rembrandt llega a Amsterdam por primera vez, en el año 1625, para estudiar junto al maestro Pieter Lastman, la ciudad acababa de dar su gran estirón. El elegante cinturón de canales de Herengracht, Keizersgracht y Prinsengracht se había construido para responder al considerable aumento demográfico que se había producido con la llegada de inmigrantes en busca de un futuro y la oleada de judíos y hugonotes que huían de las persecuciones religiosas que tenían lugar en Europa.

En el nuevo barrio no vivirían los recién llegados sino los comerciantes más adinerados que pronto levantaron sus bellas mansiones y almacenes. Los delfines, el tabaco y otras novedades traídas por los barcos de las Compañías Holandesas de las Indias Orientales y de las Indias Occidentales adornaron las fachadas de muchos de aquellos edificios que hoy siguen embelleciendo estos canales, convirtiendo el paseo a través de ellos en una interesante búsqueda de monstruos marinos y rostros de indígenas.

Para seguir los pasos de Rembrandt por la ciudad se ha elaborado un recorrido que parte desde la Rembrandthuis y termina en la Rembrandtplein, la plaza que lleva su nombre y en la cual se ha instalado un grupo escultórico de bronce a tamaño natural que representa el lienzo más popular del genial pintor: La Ronda de Noche . En Jodenbreestraat, 4, se encuentra la Rembrandthuis -la casa de Rembrandt-, cuya visita permite conocer las dependencias y el taller que ocupara en su día el artista, además de muchas de las obras que aquí fueron pintadas y que ahora regresan por primera vez gracias a las exposiciones programadas para el aniversario.

Este edificio de aspecto sobrio le costó la friolera de 13.000 guilders , una adquisición más propia de un banquero que de un pintor por muchos clientes que éste consiguiera. Aquí vivió junto a su esposa, Saskia, con quien se había casado en 1634. A estas alturas ya era un pintor afamado que recibía encargos de Frederick Hendrick, príncipe de Orange, y cuyo primer retrato de grupo, la Lección de anatomía del Dr. Tulp , había producido un gran entusiasmo. La vecina Iglesia de Zuiderkerk, donde fueron enterrados sus tres primeros hijos, y el edificio De Waag, un antiguo peso público y sede del gremio de los cirujanos, representan otras de las paradas de la ruta que remiten a esta fructífera época de la vida de Rembrandt.

Las luces del Barrio Rojo y el tránsito entre disimulado y nervioso de los extranjeros curiosos conducen a la Oude Kerk. Aunque es fácil imaginar las calles adyacentes como destino de marineros sedientos de los placeres de tierra firme, la realidad es que en el siglo XVII éste era un barrio señorial donde fluía el dinero. Bajo el suelo del templo gótico fue enterrada Saskia en 1642, un año después del nacimiento de su hijo Titus y justo cuando Rembrandt estaba en plena ejecución de La Ronda de Noche .

La tumba no deja de ser una austera lápida más donde, sin floritura alguna y con tan sólo su nombre propio, se recuerda a la esposa del pintor. Al poco de la muerte de Saskia, Rembrandt mostró su lienzo más popular en el Doelen, la antigua sede de las guardias cívicas convertida hoy en hotel. Algunos de los retratados no quedaron muy contentos con el trabajo porque apenas se les veía entre el barullo de la escena y la broma les había costado 100 guilders por cabeza. Dirigidos por el capitán Frans Banning Cocq, cuya elegante casa perdura en Singel, 140, el cuadro describe un momento de la ronda que los arcabuceros efectuaban al final de la tarde y no por la noche, como se pensaba hasta hace poco. Sería imperdonable no ir al Rijksmuseum y perderse la visión de esta obra y los retratos de milicianos firmados por sus contemporáneos Frans Hals y Pieter Codde. Es la mejor manera de apreciar porqué este lienzo marcó un antes y un después dentro del género.

La Plaza del Dam, escenario de tránsito rutinario más que de paseos de domingo, remite a uno de los momentos más delicados de la vida de Rembrandt. El edificio que hoy es el Palacio Real se construyó en 1655 sobre más de 13.000 pilares de madera enterrados en arena para albergar al Ayuntamiento, en un tiempo donde el poder en los Países Bajos no lo detentaban reyes sino hombres de negocios. En su interior se encontraba la Cámara de Bienes Insolventes, a la que tuvo que acudir el pintor para declararse oficialmente en bancarrota. La reciente y primera guerra entre Holanda e Inglaterra y las continuas compras de antigüedades y obras de arte, que él priorizaba frente al pago de antiguas deudas, fueron las causas que le llevaron al embargo de todos sus bienes. Llegado a ese punto, se mudó junto a su nueva compañera y su hijo Titus a una humilde casa en Rozengracht, 184, donde abrió una tienda de arte.

El nuevo barrio del Jordaan era la cuarta expansión de la urbe, que en sólo medio siglo había cuatriplicado su población, llegando ya a 200.000 habitantes. Por estas calles con nombres de flores -Jordaan significa "jardín"- transcurrieron los últimos años de la existencia de Rembrandt, entre sus horas dedicadas a obras postreras como Los síndicos de los pañeros o su Autorretrato como el apóstol Pablo y sus, parece ser, escapadas al Café Chris, uno de los pocos cafés marrones que ya existían en aquel tiempo.

El 8 de octubre de 1669 era enterrado, pobre pero afamado, en la Westerkerk, pues el mismo Cosimo de Medici le había visitado recientemente en el deseo de conocer en persona al "pittore famoso ". Su tumba no ha sido identificada y sólo una placa en el interior del templo recuerda al pintor. Quizás un final demasiado humilde, similar al de su compatriota Vincent Van Gogh, quien después de admirar en 1885 el lienzo de La novía judía , exclamó: "Daría diez años de mi vida por poder quedarme sentado ante este cuadro durante diez días con sólo un mendrugo de pan para alimentarme ".