El Hierro, meca del submarinismo

La más joven, pequeña y remota de las islas del archipiélago canario es un dechado de naturaleza donde se dan la mano singulares bosques de laurisilva con centenarias sabinas retorcidas por los vientos alisios y el Mar de las Calmas, meca del submarinismo internacional. El faro de Orchilla era la última luz divisada por quienes partían hacia América y el santuario del Lagarto Gigante es todo un paraíso donde no hay semáforos ni ascensores y que fue declarado Reserva de la Biosfera por la Unesco en el 2000.

PEDRO JAVIER DÍAZ-CANO

Una sensación que nadie debería perderse en El Hierro es asistir a la mágica puesta de sol en el faro de Orchilla, al que se accede por un camino de tierra rodeado de lava volcánica, tras llegar por la carretera que viene del Pozo de la Salud, en Sabinosa. A la hora del crepúsculo, lo normal es que no haya ni un alma en este extremo que fuera el auténtico finis terrae hasta que Cristóbal Colón descubrió América, lo que amplifica la ocasión de sentirse justo donde comenzaba el Mar de las Tinieblas. El punto más occidental de España y el fin del mundo conocido cuando se creía que la Tierra era plana fue donde el astrónomo griego Ptolomeo fijó el meridiano cero, y así permaneció hasta 1883, cuando el imperio británico lo permutó a su conveniencia por el meridiano de Greenwich. Con más de 150 especies de flora de las 580 endémicas de Canarias -once exclusivas de aquí- y una fauna en la que destaca un fósil viviente, el lagarto gigante de El Hierro (Gallotia simonyi machadoi), la isla se ha conservado relativamente salvaje. Para conocer cómo vivían sus primitivos habitantes, los bimbaches, hay que visitar el Ecomuseo de Guinea, situado entre las localidades de Frontera y Las Puntas, donde se ha recuperado un asentamiento del siglo XVII con la reconstrucción de viviendas de piedra volcánica, que los aborígenes también recubrían con brezo, y cuyas paredes interiores revestían con adobe y bosta de vaca. Junto al Ecomuseo se halla el Lagartario, en el que se contemplan de cerca algunos ejemplares criados en cautividad del célebre lagarto gigante, un endemismo de la isla que estuvo en grave peligro de extinción.

A veces resulta increíble que las sensaciones se multipliquen en una isla cuya longitud máxima es de 29 kilómetros de largo por 15 de ancho, y cuyo perímetro no pasa de 100 kilómetros. Pero esto ocurre, por ejemplo, cuando se atraviesa el Pico de Malpaso (1.400 metros) y después se desciende hacia el puerto de La Restinga. Tras hallarnos por encima de un algodonado mar de nubes, se pasa rápidamente al nivel del mar; y después de contemplar un rebaño de ovejas pastando alrededor de una palmera en medio de la niebla, dibujando un paisaje norteño, nos damos de bruces con unos buceadores preparados para la inmersión en la Reserva Marina Punta de la Restinga-Mar de las Calmas, que es una de las mecas del submarinismo deportivo de nuestro país. En cualquier época del año se puede disfrutar en la isla del baño en piscinas naturales como las de La Maceta, en el Golfo de Frontera -por cierto, un buen lugar para disfrutar del ocaso del sol-. En El Hierro, por supuesto, también hay playas, algunas tan bellas como la de El Verodal, de arena casi rojiza por el efecto del picón erosionado del risco, a cuyos pies se halla, a medio camino entre el balneario del Pozo de la Salud y el faro de Orchilla. No obstante, aquí el baño ha de hacerse con precaución por el fuerte oleaje, siendo más propicio en otros arenales del sur de la isla, como la cala de Tacorón, a la que se accede tomando una desviación en la carretera que lleva a La Restinga.

Este trayecto tiene el aliciente añadido de poder pararse a contemplar de cerca la colada de lava de la ladera de El Julán, donde los bimbaches esculpieron 400 metros de indescifrables petroglifos. Tras el preceptivo baño en esta cala o la inmersión en la zona costera de El Bajón, situada en La Restinga, acto seguido se puede descubrir, atravesando las tierras comunales de La Dehesa donde las vacas pastan a su antojo, otro emblemático paisaje de sabinas retorcidas por la acción de los vientos alisios durante siglos: El Sabinar. A continuación, podemos prosegui por una carretera asfaltada hasta la Ermita de la Virgen los Reyes, donde se venera la imagen de la patrona que cada cuatro años es llevada en procesión hasta la iglesia de la Concepción en Valverde -la próxima Bajada de la Virgen será en 2009- para acabar la ruta en el faro de Orchilla, cuya luz era la última referencia que veían los miles de herreños que emigraron a América -sobre todo a Venezuela- en busca de una mejor fortuna.

La naturaleza indómita de la isla de El Hierro se manifestó ferozmente hace unos 50.000 años, cuando sufrió un devastador seísmo que precipitó a las profundidades marinas parte de la misma, dando lugar a un gigantesco anfiteatro natural que representa uno de los paisajes más peculiares de esta ínsula por su impresionante perspectiva desde la montaña al mar. Esta zona es conocida como El Golfo y su tierra es la más fértil, aprovechándose para los cultivos de la vid, la piña y, en menor medida, el plátano.

El Hierro es también un paraíso para los que gustan del senderismo. Se recorre bien a pie, con cadencia para saborear esta isla de la calma, degustando la transición del mar de lavas de El Lajial a los bosques de hayas, brezos, pinares y de laurisilva, estos últimos una herencia del Terciario.

Desde algunos impresionantes observatorios, como el Mirador de Las Playas, en la villa de Isora, donde se divisa el corte en vertical de los acantilados que descienden hasta el conjunto de calas de piedras, o desde el Mirador de la Peña, con su extraordinaria panorámica de El Golfo, se da fe del vértigo que producen riscos y precipicios que llegan a alcanzar los mil metros de altura.

A Frontera, la segunda ciudad en importancia de la isla, puede llegarse divisando en la lejanía el fotogénico campanario de la Iglesia de la Virgen de la Candelaria (siglo XVII), separado del edificio principal y construido en lo alto de un cráter de rojas cenizas volcánicas, como si estuviera dispuesto así para avisar enseguida de una posible erupción. El tañido de sus campanas se oye en todo el valle, donde tampoco faltan las vides con cuyas uvas se elabora un exquisito vino blanco, un complemento ideal de pescados típicos canarios, como la vieja.

Detrás de la Iglesia parroquial de Frontera descubrimos el ruedo de arena, donde se disputan numerosos combates de lucha canaria, un deporte autóctono que también se preserva con ahínco para mantener bien enraizadas las tradiciones de esta tierra.

Así es El Hierro, una isla que hace honor a su primitivo nombre de Esero en la lengua autóctona de los bimbaches, que luego se convirtió en Fero, y, finalmente, en Hierro con la conquista de los castellanos.

En contadas ocasiones un apelativo hizo tanta justicia a unos moradores, cuya férrea voluntad para que su terruño no se malograra se vio recompensada con su declaración como Reserva Mundial de la Biosfera.