Desvelamos un secreto: Santo Tomé y Príncipe

Estas islas africanas ignoradas por el turismo masivo esconden un auténtico paraíso trazado de naturaleza virgen

Noelia Ferreiro
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Foto: tropicalpixsingapore / ISTOCK

Existe un país instalado en el olvido colectivo y que, sin embargo, tiene trazas de paraíso; un rincón remoto y alejado de las rutas comerciales cuyo nombre resuena ajeno y extraño pese a ser un destino hermoso, virgen y genuino. Este lugar es Santo Tomé y Príncipe, el archipiélago africano posado en el Golfo de Guinea muy cerca de la costa de Gabón. Un secreto del continente negro que aún está por desempacar.

Hablar de este destino es hacerlo del mismo centro del planeta. No es broma. Situémoslo primero en el mapa. Estas islas que son dos puntos verdes en la inmensidad del océano Atlántico están atravesadas por la línea imaginaria del Ecuador y a muy corta distancia del meridiano de Greenwich. En definitiva, constituyen el lugar más próximo a la posición 0º 0º, donde convergen los puntos cardinales. Además encierran otra curiosidad: es el país más pequeño de África... después de Seychelles.

Hospital abandonado de Roca Água Izé en São Tomé. | Thomas Wikle / ISTOCK

Fueron los descubridores portugueses quienes dieron con este territorio a finales de 1400. Cuentan que eran islas deshabitadas, dejadas de la mano de Dios. De aquellos tiempos de dominio se conservan no pocas huellas. Principalmente la lengua, adoptada del país vecino. También las roças, auténticas plantaciones agrícolas donde crecían -y en algunas de ellas aún crecen- los apreciados cafés y los cacaos. Roças que estaban presididas por una enorme casa colonial, la casa del patrón, bajo cuyo dominio trabajaban los esclavos llegados de Angola y Mozambique. Y que hoy son un reclamo turístico, reconvertidas en alojamientos con encanto.

Pequeñas, pausadas, de clima benigno y ritmo tropical, nada llama más la atención en la fisionomía de estas islas que su vegetación lujuriosa, su naturaleza superlativa. La mayor parte de la tierra está tapizada por bosques densos e intrincados que se extienden hasta morder el mar y que tienen su máxima expresión en el Parque Nacional Ôbo, repartido entre las dos porciones. Aquí se yerguen los puntos más elevados: el Pico de Santo Tomé (2015 metros) y el Pico de Príncipe (948 m). Un espacio que no sólo es una panacea para los amantes del senderismo o de los paseos en bicicleta, sino que además está considerado, sin caer en la exageración, uno de los más bellos jardines de la tierra: su fascinante riqueza floral incluye rosas de porcelana, picos de papagayo, begoñas gigantes, hibiscos, bromelias... Por si fuera poco, la fauna también es rica y variada, desde los murciélagos y musarañas que se encuentran por todos los rincones hasta cientos de especies de reptiles, anfibios y aves multicolores. Y todo ello coronado, además, por una misteriosa bruma.

Santo António, el mayor emplazamiento de la Isla de Príncipe. | AL-Travelpicture / ISTOCK

Más allá de la jungla, son las playas, como en todo archipiélago que se precie, las que más pasiones despiertan. Playas salvajes y solitarias, a menudo bordeadas de baobabs, manglares o cocoteros. Playas que no conocen los estragos del hombre y que por ello se mantienen vírgenes, con su arena de textura harinosa y sus fondos cuajados de peces y corales. En Santo Tomé no hay que perderse las playas de las Conchas, Tamarindos, Lagoa Azul, Santana, Boca del Infierno... Y en Príncipe, aún más idílicas si cabe, Bom Bom y Playa Banana. Y para disfrutar de un buceo espectacular existe un paraje perfecto: los islotes menores de San Miguel, Siete Piedras o Rolas.

Los macacos que irrumpen por los caminos atravesados por mujeres con sus cestos sobre la cabeza, las tortugas que vienen a desovar al sur, los pescadores capturando las presas con sus propias manos desde canoas tradicionales, los jóvenes moviendo el esqueleto como nadie a ritmo de quizomba o kudurru… Todas estas escenas y muchas más forman parte de este sorprendente rincón donde el reloj no tiene razón de ser.