Chile, la asombrosa región del Sur Chico

Lagos y volcanes. La provincia de Llanquihue muestra unos paisajes modelados por la fuerza de volcanes y glaciares reflejados en una plétora de aguas lacustres y un desfile de prístinas grandezas geológicas con el lago Llanquihue y el volcán Osorno a la vanguardia. por su parte, las ciudades de este destino son herederas en su fisonomía y estilo de vida de las usanzas introducidas por los inmigrantes alemanes que llegaron a mediados del siglo XIX.

Javier Jayme
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Foto: Serjio74 / ISTOCK

Encontrábame como por encanto en la margen occidental del gran lago de Llanquihue que, semejante a un mar, ocultaba en las brumas del norte y del sur el término de las limpias aguas que, tranquilas entonces, parecía que retozaban a mis pies por entre las raíces de los robustos árboles que orlaban la playa donde nos detuvimos. La pura atmósfera del oriente hacía resaltar con el azul del cielo los más delicados perfiles de las últimas nieves que coronaban las alturas de Pullehue, de Osorno y de Calbuco, conos volcánicos que alzándose al poniente del Tronador, de donde se desprenden, parecía que, alineados, se miraban en las aguas del lago”.

Escultura de la princesa huiliche Licarayén frente al lago Llanquihue. | Diego Grandi / ALAMY

El párrafo precedente está extraído del libro Recuerdos del pasado (1814-1860), narración autobiográfica de la que nuestro Miguel de Unamuno opinaba que era la mejor novela chilena. Su autor es Vicente Pérez Rosales (1807-1886). Estadista y diplomático, minero y comerciante, pintor y escritor, este personaje nacido en la Santiago de Chile del tiempo del imperio español es mayormente recordado por ser, a partir de 1849, el agente colonizador de la zona del lago Llanquihue, entonces prácticamente desconocida y habitada únicamente por los siempre combativos mapuches.

Vista aérea del Parque Nacional Vicente Pérez Rosales, el más antiguo de Chile, creado en 1926. | Cesar Santana / ALAMY

Casi al final de su relato, Pérez Rosales refiere sus exploraciones en compañía del naturalista alemán Bernardo Philippi a la búsqueda de terrenos aptos para ser poblados por aquellos expedicionarios europeos, a quienes si por una parte se les había prometido una patria, por la otra se les forzaba a conquistarla en los recónditos bosques sureños. Cuando, desde las empinadas faldas del Osorno, contempló la extensa superficie del Llanquihue y más al sur, solo separado de este por una angosta faja de tierra, el estuario de Reloncaví –al norte del cual se asoma hoy Puerto Montt– surcado por una que otra piragua, debió sentir una exaltación descubridora genuinamente equiparable a la de Núñez de Balboa al posar su mirada sobre el Mar del Sur.

Los pioneros alemanes 

Llanquihue es nombre derivado de la voz mapudungún (lengua de los mapuches) llanquyn-we, (“lugar donde zambullirse en el agua”). Tal lugar se originó por la acción de grandes ventisqueros que socavaron su cuenca, rellenada por los deshielos hacia el término de la última era glacial. El propio Bernardo Phillipi, su descubridor en 1842, lo describió a través de una óptica paradisíaca, asemejándolo a los paisajes de Suiza, país en el que residió durante su infancia.

Saltos del río Petrohué, cuyas aguas forman rápidos de clase III y IV.  | STEPHEN FLEMING / ALAMY

Actualmente, con una extensión de 877 km², el lago Llanquihue es el recurso hidrográfico más grande del país después del General Carrera. Cuenta con numerosos ríos tributarios, pero solo con uno emisario, el Maullín, que lo drena por su extremo suroccidental entre las ciudades de Puerto Varas y Frutillar, fluyendo durante 85 kilómetros hacia oriente para ir a desaguar en el Pacífico.  Precisamente con el nombre de Desagüe –la actual ciudad de Llanquihue– fundaron los colonos alemanes en 1852 su primer asentamiento en donde la corriente emisaria sale del lago. Sobre las riberas de esta se ven, al presente, decenas de esculturas de madera realizadas por artistas tanto nacionales como extranjeros.

Río Petrohué y el cono nevado del volcán Osorno (2.652 metros).  | Blanca Saenz de Castilllo / ALAMY

Pero el tabernáculo por antonomasia de toda la comuna es el Unsern Ahnen, el monumento a Los Antepasados, que se halla en una colina del sector de Totoral, a tres kilómetros de Llanquihue. Construido en 1937, consiste en un muro de piedra con placas de bronce en donde están grabados los nombres de aquellos pioneros, 80 en total. Hoy, orgullosas de su legado germánico, las poblaciones aledañas preservan ese patrimonio representado en la arquitectura local y en su gastronomía, donde las casonas de tejuelas de alerce imbricadas, los küchen (pasteles) y la cerveza artesanal son parte del encanto que emana de esta zona lacustre.

Puerto Varas 

La circunvalación del lago Llanquihue supone un recorrido de 185 kilómetros por la ruta 225, totalmente asfaltada, que puede completarse en un día, pero merece (y mucho) la pena hacerlo extensivo a tres. El punto de arranque –y asimismo de llegada– es Puerto Varas, un destino de tarjeta postal, considerada la capital turística del sur de Chile, puerta de entrada a la Patagonia Norte y una de las urbes más bellas del país. Emplazada en la punta suroccidental del Llanquihue, a 17 kilómetros de Puerto Montt –industrioso centro de transporte en expansión con pocos atractivos–, despunta entre los afectos y preferencias de los propios chilenos, los cuales, en el Estudio Merco Ciudad Chile 2017, la eligieron como el tercer mejor núcleo urbano nacional para vivir. 

Cabañas tipo palafito en Puerto Varas. | Oigres8 / ISTOCK

Al viajero Puerto Varas le ofrece un paisaje de ensueño –por instantes grandioso, con apabullantes vistas de los conos nevados del Osorno (2.652 m) y del Calbuco (2.003 m)–, buena infraestructura hotelera y gastronómica, un moderno casino de juegos, playa lacustre, una animosa vida nocturna y, en verano, actividades culturales al aire libre. Y al amante de los deportes de aventura le reserva un ramillete de emociones practicando senderismo, kayak, vela, descenso de aguas bravas y barrancos, escalada, ciclismo, pesca con mosca y, en invierno, esquí.   

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La asimismo conocida como Ciudad de las Rosas –por la cantidad de rosales presentes en sus espacios públicos– cuenta con paradigmáticas mansiones decimonónicas levantadas por los primeros inmigrantes germanos. En 1992, una decena ellas fue incluida en la lista de Monumentos Históricos de categoría 1, la máxima en cuanto a reconocimiento y protección patrimonial existente en Chile. Y entre las demás edificaciones sería omisión gravosa no mencionar la fotogénica iglesia neo-románica y barroca del Sagrado Corazón de Jesús, cuyo diseño se inspiró en sus hermanas de culto de Baden-Wurtemberg.  

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Edificada entre 1915 y 1918, fue declarada Monumento Nacional también en 1992. La imagen del rojo cardenal de sus techumbres y de sus tres torres en cucurucho –la principal supera los veinte metros de altura– y del blanco níveo de sus paramentos exteriores resaltando sobre el azul de las aguas del Llanquihue con el cono albo y (casi) perfecto del Osorno presidiendo el horizonte es uno de los iconos irrenunciables no ya de Puerto Varas sino de la entera región de Los Lagos, amén de la más perseguida por los fotógrafos.

Frutillar

Algo más al norte de Puerto Varas y con una estructura urbana bastante menos aglomerada, Frutillar se despliega al fondo de una recoleta bahía del lago Llanquihue. Esta preciosa villa se preserva virgen en las puertas de la Patagonia chilena, como una reliquia de las excelencias de la República. La fuerza sugestiva de sus vistas y contrastes, la pureza del aire, el lustre nostálgico de sus antiguas casonas y el abrazo lisonjero de la costanera de Philippi, a través de sus playas abiertas, a las límpidas aguas de la ensenada configuran un todo armónico difícil de igualar, no se diga ya de superar. 

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El Museo Colonial Alemán, situado sobre una loma frente al lago, está considerado el mejor de su clase en la región. Empezó a construirse en 1972 como homenaje a los inmigrantes que le dieron nombres a estas tierras, de manera que la historia de Frutillar comienza detrás de sus puertas. Consta de cinco reconstrucciones de madera absolutamente fieles a las originales –entre ellas un molino de agua, una herrería y una mansión–, rodeadas de pulcros jardines con árboles centenarios. Los mobiliarios, las maquinarias y los diversos utensilios son, en su mayoría, auténticos. En cuanto al ostentoso teatro del Lago, edificado sobre la orilla oeste del Llanquihue, constituye uno de los centros culturales más importantes de Suramérica y el coliseo internacional más austral del mundo, lo cual hizo de Frutillar la capital cultural y de innovación de Chile, así declarada por la Unesco en 2017. 

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El parque Pérez Rosales 

Creado en 1926 en homenaje al agente colonizador chileno de la X Región, el Parque Nacional Vicente Pérez Rosales es el más antiguo de los establecidos en el país. Extiende sus 253.780 hectáreas a partir de la margen oriental del lago Llanquihue, con el fin de conservar y proteger la vegetación de esta parte de su cuenca. Su relieve es el resultado de prolongados procesos tectónicos, volcánicos y glaciales que actuaron sobre Los Andes. El volcán Osorno, cuya presencia se impone como algo mirífico sobre el paisaje circundante, y el romántico lago Todos los Santos, cuya cuenca formaba una sola unidad con la del Llanquihue en las primeras épocas interglaciares, constituyen sus rasgos geográficos más celebrados. 

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Al menos otros dos grandes volcanes significan su presencia en el Parque: el Tronador (3.460 m), en la frontera con Argentina, y el Puntiagudo (2.490 m), que se cierne al norte, inconfundible por su afilada silueta y cubierto casi hasta su base por nieves eternas. Tiempo atrás la zona era recorrida por los araucanos y los misioneros jesuitas siguiendo el camino de Vuriloche, la ruta trasandina del paso al sur del Tronador para alcanzar el lago Nahuel Huapi, en territorio hoy argentino.

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El volcán Osorno 

Al Osorno le llaman los mapuches Hueñauca, que significa “riesgo en las alturas”. Peligroso o no, no son pocos quienes lo ensalzan, junto con el Fuji Yama, como el cono volcánico más bello del célebre Cinturón de Fuego del Pacífico. Conserva su forma excelsa gracias a los cuarenta cráteres agrupados alrededor de su base, vías de escape de todas las erupciones, las cuales nunca han tenido lugar por la cima. El ascenso a esta, con salida hacia las 05.00 h, requiere un día entero y es complicado, apto solo para escaladores con experiencia. En cambio, se puede acceder en vehículo por pista asfaltada hasta el centro de esquí y el refugio de montaña ubicados bajo el cono terminal, donde arrancan varias sendas que permiten un recorrido circular a pie en altitud para alcanzar el borde de las nieves perpetuas y apreciar los espléndidos panoramas circundantes. 

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Ahora bien, el sendero estelar del Parque es el de los saltos del río Petrohué, apto para todos los públicos, que a lo largo de 1,7 kilómetros ciñe la falda sur del Osorno a través de un bosque siempre verde. Puentes de madera y miradores incrustados en la roca conducen a las múltiples y muy publicitadas cascadas –la mayor tiene tres metros–, cuyas aguas de característicos tonos verdosos y azules se precipitan a través de un cañón tapizado por lavas basálticas cristalinas, un espectáculo arrebatador protagonizado por una naturaleza sonora y espumeante.

Serjio74 / ISTOCK

La región de Los Lagos es una zona turística consolidada. Tanto si viene del norte, del sur o incluso de Argentina, el viajero quedará hechizado, tal vez sobrecogido, por sus intimidantes volcanes nevados, sus espejos acuáticos como jade líquido, sus impetuosos ríos y sus bosques siempre verdes. En los días sin o con muy pocas nubes, la vista conjunta de cumbres despejadas y aguas lacustres exentas de brumas constituye una invitación impagable al regocijo del espíritu.