A la búsqueda de las grandes cumbres de Ordesa

Es uno de los santuarios naturales y paisajísticos más fascinantes de cuantos se pueden contemplar en España. Sus límites protegidos constituyen el tramo más puro y espectacular de los Pirineos aragoneses.

Manuel Mateo Pérez
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El caminante queda empequeñecido ante tanta magnificencia, ante tanta suntuosidad prodigada entre los bosques y pastizales, los valles fértiles, las altas cumbres, las nieves perpetuas y los lagos glaciales. Entender la orografía de este rincón del norte peninsular no es una tarea fácil.

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El Monte Perdido, con sus 3.355 metros de altitud, constituye el mayor macizo montañoso calcáreo de Europa. A su lado se encrespan las cumbres del Cilindro y el Pico de Añisco —el Soum de Ramond—, formando la mitológica y legendaria unión de las Tres Sorores.

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De estas aristas montañosas, que acarician el vientre del cielo, bajan a modo de brazos los valles de Ordesa, Escuaín, Añisclo y Pineta, que son como tiernas madres a cuyos lados nacen los pueblos centenarios, las villas románicas y los vetustos caseríos.

Las aguas de los ríos Arazas, Bellós, Yaga y Cinca riegan los campos siempre verdes, las colchas de hierba fresca, las laderas pintadas con los colores más bellos jamás soñados. Las cascadas salvan con indolencia los barrancos, los precipicios y los farallones de roca porosa, creando paisajes que no pueden explicarse ni con todos los adjetivos de una lengua.

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Los pueblos han desafiado a lo largo de la historia las inclemencias del tiempo, las rigurosidades de la geografía, las dificultades de los caminos, la cicatería de los elementos. Las casas del Alto Aragón han dado cuerpo a un abultado tratado de la más interesante arquitectura. Los tejados de las viviendas son de losa de arenisca, las paredes de piedra y las chimeneas troncocónicas, coronadas por “espantabrujas” que previenen, aseguran los oscenses, de los malos vientos.

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A las puertas de las casas hay troncos de madera vieja que sirven como asiento a los cuerpos cansados. Las cabañas de piedra que se alzan al lado de las casas guardan los aperos de labranza y el heno que sirve de comida para las bestias en los días más duros del invierno. 

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Los valles están tapizados de terrazas y bancales, de fajas y pequeñas presas donde se ha cultivado la huerta y donde se ha retenido el agua. A sus alrededores han crecido las mallatas, que son majadas pastoriles donde pernoctaba el ganado y su criador. Los hombres y mujeres de la histórica comarca del Sobrarbe han sabido mantener sus modos de vida tradicional, sus reglamentos, sus pactos y tratados. En sus pueblos queda recogida su memoria.

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Aínsa es una de las poblaciones más bellas de España. Dos ríos la abrazan: El Cinca, que baja del Valle de la Pineta, y el Ara, del Valle de Ordesa. Acariciando la falda sur del viejo castillo, erigido allá por el siglo Once, el caminante alcanza la más bella plaza Mayor del Alto Aragón. Su recinto asimétrico, sus casonas y soportales medievales le han valido el título de conjunto histórico artístico.

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De la plaza parte dos calles, la Mayor y la Pequeña, a cuyos lados se alzan casonas tardo medievales que aún conservan sus ventanas ajimezadas y sus blasones de rancio abolengo. La iglesia de Santa María es románica, como buena parte del mejor patrimonio monumental del Sobrarbe.

Construida en la segunda mitad del siglo Once aún conserva la esencia espiritual de su bello claustro, la soledad de su única nave y una torre campanario desde cuya terraza se divisa una inolvidable vista de la Peña Montañosa, el cíngulo de aristas pétreas que encierra a la villa.

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El valle de Chistau es uno de los espacios naturales que mejor conserva la biodiversidad del Pirineo oscense y los modos de vida tradicional de sus viejos pobladores. Aquí está Tella, un pueblo rescatado de una fábula pastoril. Sólo tiene una calle, un puñado de ermitas románicas y unas cuantas casonas medievales esculpidas en la piedra. Tella fue una villa muy dada a las leyendas brujeriles.

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Se cuenta que en el dolmen prehistórico que hay en sus cercanías se convocaban en las brumosas y frías madrugadas aquelarres que atemorizaban a los vecinos del lugar. Hoy el viajero está a salvo de pócimas y embrujos, pero no de poder evadirse de la belleza que tapiza estos parajes naturales.

Cerca de Tella está Plan, y no lejos de aquí San Juan de Plan, localidades que se hicieron famosas en toda España por la denominada “caravana de mujeres” que hasta aquí llegó en los primeros años de la década de los ochenta del pasado siglo.