Atacama, el desierto de los colores

Alejado en el nordeste chileno, entre las cimas volcánicas andinas y una extraña cordillera de sal, el desierto de Atacama reúne cada año mayor número de viajeros ansiosos por conocer uno de los lugares más áridos y fascinantes del planeta, un mundo aparte donde aún se impone el silencio de la Naturaleza.

Jaime González de Castejón

Durante siglos olvidado por el resto del mundo, con las fronteras desdibujadas y confusas por la falta de interés, el desierto de Atacama pasó a primera plana a finales del siglo XIX, reivindicado por Chile, Bolivia y Perú, quienes de pronto descubrían el alto potencial mineral de aquellas tierras inhóspitas. El gato al agua se lo llevó finalmente Chile, implantando con rapidez montones de oficinas salitreras que florecieron con enorme auge hasta que, tras la Primera Guerra Mundial, Alemania comienza a fabricar fertilizantes sintéticos. La plata y, sobre todo, el cobre tomaron el relevo de lo que de inmediato se convierte en puntal de la economía chilena. Sin embargo, el aspecto de región inexplorada y desnuda se mantuvo. Los paisajes y los ancestrales cultivos en terrazas regadas por acequias, el tipo de edificaciones e incluso la fisonomía de sus gentes siguen respondiendo a las descripciones de los cronistas que acompañaron a los colonizadores españoles en el siglo XVI, quienes tampoco mostraron gran interés por una zona que tildaban de infamada y desamparada.

En los textos del burgalés Gerónimo de Vivar, compañero del conquistador extremeño Pedro de Valdivia, queda descrito el lugar: "Las casas de adobes y dobladas, con sus entresuelos hechos de gruesas vigas de algarrobas, que es de madera recia. Son todas estas casas lo alto de ella de tierra de barro, a causa que no llueve. (...) Esa gente sirvió al inca. (...) Las mujeres se precian por traer los cabellos largos y negros, y ellos por consiguiente". Cuando se entra en San Pedro de Atacama, se siente como si nada hubiera cambiado desde entonces, ni desde once mil años antes, cuando fue por primera vez habitado este oasis de agua dulce en mitad de la nada. A pesar de lo inhóspito, esta pequeña población irradia un extraño magnetismo. San Pedro de Atacama recibe cada temporada más de cincuenta mil visitas, con una tasa de aumento anual del 7 por ciento. Uno de sus más fervientes enamorados fue el belga Gustavo Le Paige. Llegó como misionero jesuita en 1955 y de inmediato se vio arrebatado por el ignoto pasado de estas tierras, convirtiéndose en entusiasta buscador de sus orígenes. Las más sobresalientes de las miles de piezas que desenterró en sus treinta y cinco apasionados años de excavaciones se exponen hoy en el museo que lleva su nombre, contándonos tras las vidrieras la historia de un pueblo de pacíficos agricultores, diestros ceramistas, refinados orfebres y chamanes inhaladores de alucinógenos. Considerada la Capital Arqueológica de Chile, San Pedro de Atacama puede presumir de haber acunado a una de las civilizaciones más antiguas del actual Chile, los atacameños.

Hoy las calles de San Pedro de Atacama siguen siendo pocas y polvorientas, y desde el siglo XVII se arremolinan en torno a la pequeña iglesia cristiana, sencilla pero armoniosa, con las viejas paredes de adobe pintadas de pulcro blanco y la techumbre envigada con troncos de algarrobo amarrados con cintas de cuero. A su alrededor, la plaza de trazado clásicamente colonial se empedró de guijarros y rodeó de frondosos pimientos. Las casitas siguen siendo humildes, de un solo piso. En ocasiones, las puertas son de sorprendente madera de cactus, uno de los materiales constructivos más abundantes en estos parajes carentes de piedra. Convertida en arteria primordial, la calle Caracoles se ha llenado de hostales, restaurantes y locales de reunión, y tras muchas de las pequeñas puertitas se amontonan las artesanías locales, reclamando la mirada de viajeros que parlotean en todos los idiomas del mundo.

Pero no sólo se llega hasta la apacible San Pedro -apenas cinco mil habitantes- para inhalar esta suerte de paz atávica sostenida en el tiempo. A San Pedro se viene principalmente a explorar los increíbles parajes circundantes. Al pie de la imponente cordillera de los volcanes andinos, entre los valles altiplánicos apareció una geología sorprendente, cuajada de impenetrables misterios. Aquí la Pachamama -la Madre Tierra de los incas- se vistió con galas complejas, de níveos salares y ásperos roquedales. Durante siglos los enigmas de estos majestuosos paisajes durmieron en solitario, bajo los implacables soles y unas lunas enormes, y finalmente la fiebre del turismo ritualizó una suerte de peregrinaje constante hacia el misterio, y San Pedro de Atacama se llenó de touroperadores. En toda estación -aunque mucho más durante el verano austral-, viajeros de todo el mundo acuden en fila india a contemplar los incendiarios atardeceres del Valle de la Luna y los gélidos amaneceres de los géiseres del Tatío. Todos los programas giran en torno a estas dos excursiones imperdonables: caminar hasta la Duna Mayor del centro de la Cordillera de la Sal para sobrecogerse ante uno de los espectáculos más maravillosos de la naturaleza, y subir a 4.320 metros de altitud, al helador campo geotérmico -a temperaturas bajo cero- vinculado al volcán Tatío -"el abuelo que llora"- para sorprenderse ante las inquietantes fumarolas de vapor que las entrañas más profundas de la tierra escupen a 85 grados centígrados tan sólo para los más madrugadores. Pero aún hay muchas más sorpresas a la redonda, como las Termas de Puritana, acondicionadas para disfrutar de sus templadas aguas en plena naturaleza. Nada como recurrir a los versos que Neruda dedica al desierto en su Canto General, enciclopédica oda en busca de las raíces de su amada patria: "Escuchad el sonido quebradizo de la sal viva, sola en los salares; el sol rompe sus vidrios en la extensión vacía y agoniza la tierra con un seco y ahogado ruido de sal que gime".

El silencio impresiona, pero también la luz, la aridez del aire y los cielos estrellados. Atacama es perfecto para implantar telescopios internacionales. Por su sequedad, estabilidad, aislamiento y claridad, y por sus vientos predecibles, la zona se ha convertido en una ventana abierta sobre las galaxias, nebulosas y planetas del Polo Sur Celeste, con su mítica Cruz del Sur, invisible desde nuestro hemisferio norte. El radiotelescopio más ambicioso del mundo está a punto de ser instalado en las llanuras de Chajnantor, a 40 kilómetros de San Pedro. Otros importantes observatorios -como el del cerro Las Campanas- funcionan ya en regiones cercanas.

Formada por presiones horizontales de la corteza terrestre, la Cordillera de la Sal despertó sedimentos inusualmente verticales, y hay quien ve perfiles de dinosaurios en las crestas que el agua y el viento esculpieron. Algunos de sus rincones adoptaron nombres turbadores, como el Llano de la Paciencia, la Quebrada del Diablo o el Valle de la Muerte, o ese otro que titula Las Tres Marías a un trío de esculturas naturales que parecen tres vírgenes orantes.

Y es que viajar a este remoto rincón del planeta es como viajar a otro mundo, un mundo reseco y agrietado, de cuarzo, cal y barro. Visiones desalentadoras y fascinantes a un tiempo, escenarios irreales, oníricos, que de día refulgen con reflejos metálicos bajo implacables soles y al atardecer cobran su mayor dramatismo y se tornan fantasmagóricas en noches de luna llena, cuando la sal adquiere un resplandor alucinante. Al fondo, los volcanes cierran el sueño. En su Canto General, Neruda escribe bajo la palabra Atacama: "¿Qué material, qué cisne hueco hunde en la arena su desnudo agónico y endurece su luz líquida y lenta? ¿Qué rayo duro rompe su esmeralda entre sus piedras indomables hasta cuajar la sal perdida?".