Zaragoza cambia desde el agua, por Carlos Carnicero

Carlos Carnicero

No hay mejor guía de viajes que la memoria y no hay mejor destino que un regreso. Estas ideas me venían a la mente escrutando el Paseo de Independencia, en Zaragoza, después de salir de un agujero negro de más de 40 años en los que la ciudad y yo nos habíamos divorciado. Fue una separación taumatúrgica que me permitió conquistar una independencia de la que aún no soy consciente. Zaragoza, entonces, era provinciana. Ahora apenas identifico muestras arqueológicas archivadas en mi memoria de lugares que han podido sobrevivir. Me producen un placer inmerso al comprobar que se han salvado del salto a la modernidad que también se ha producido en mi ciudad.
Donde estaba el colegio de los Jesuitas radica ahora la sede central de Ibercaja, en la Plaza del Paraíso, justo frente a uno de los edificios actuales de El Corte Inglés. Los grandes almacenes eran el aposento de las monjas del Sagrado Corazón: dos instituciones que fabricaban cada generación de controladores de todas las cosas, porque en las aulas de los Jesuitas se forjaban los dirigentes locales que se casaban casi inevitablemente con una hija de María. Eso era Zaragoza en los años 50: media docena de familias que señalaban los límites de lo tolerable en sus dominios.
La ciudad, sobre todo sus accesos, está patas arriba porque la Expo empieza en junio y es una promesa definitiva de transformación radical de una Zaragoza que ya nunca girará alrededor del Puente de Piedra y el Puente de Hierro: eran los enlaces del epicentro de todas las cosas con la otra ribera del Ebro.
Interrogué a mi padre sobre aspectos fundamentales de mi memoria que no encontraban traslación en las excavaciones que estaba realizando por mi pasado. La pastelería Sánchez desapareció, como casi todos los comercios familiares. Los hijos no quisieron seguir al padre y comprobaron que el inmueble era adecuado para una sucursal bancaria o para un negocio emergente en el que no es necesario hacer masa de los pasteles y roscones en la madrugada. Casi no quedan cafés en Zaragoza tal vez porque la palabra ya no es necesaria o no tiene espacio donde aposentarse. Ambos Mundos era inmenso, provincial, señorial y exclusivo, desde unos parámetros en donde se podía andar escaso de dinero pero se exigía suficiente pedigrí. En esta galaxia zaragozana, ser de familia conocida era la condición suficiente para salir del enjambre de una multitud que no podía, en aquellos tiempos, soñar con la prosperidad. Luego vinieron cafeterías como Las Vegas o Imperia, que también han desaparecido. Llegaron los platos combinados y los sándwiches mixtos para los casados que se quedaban trabajando en Zaragoza cuando sus familias huían del calor y se refrescaban en Salou o en Panticosa; cambiar de aires, para los niños con posibles, era la condición de un invierno saludable soportando el cierzo del Moncayo.
El Ebro era un muro infranqueable, excepto para los agricultores ricos que venían a Zaragoza a tratarse la artritis con un médico de prestigio. Acudían con un par de pollos vivos atados por las patas, una garrafa de vino de Cariñena, unas tortas de Sádaba y unas longanizas de Grau o de Fuentes de Ebro. Miraban ya entonces las transformaciones de la ciudad con el recelo de los que saben que una época se estaba terminando.
Subir al alto de La Muela era una aventura inolvidable de fin de semana y los viejos coches ronroneaban en segunda hasta coronar la cima. Hoy se sube por una autovía para comprobar que los molinos que generan energías sostenibles permiten a los habitantes del municipio todo tipo de gastos sociales que ya son lúdicos.
Me he reencontrado con amigos viejos, he sentido aromas de mi infancia y he extrañado épocas que se escaparon veloces. Los lugares me parecen ahora más pequeños, como la distancia que separa la Plaza de Aragón de la del Pilar.
Ahora Zaragoza se reconstruye alrededor del agua como mito de cohesión social de una época en la que Aragón recobra una autoestima que se dejó atravesada en el Mediterráneo.